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Particulas en movimiento

Almi

Micaela caminaba por el parque al final de la tarde, observando cómo el sol se reflejaba en los charcos que había dejado la lluvia. Siempre le había fascinado el tiempo, pero no el de los relojes, sino el de los recuerdos y los momentos que pasan por la cabeza cuando menos lo esperas.

Unas calles más adelante, vio a Alonso sentado en un banco, leyendo un libro que ella también había visto aquel verano en la biblioteca. No eran amigos cercanos ahora, pero se conocían de antes, habían compartido veranos llenos de charlas, risas y pequeñas confidencias. Sin embargo, hacía meses que apenas se habían cruzado, y el recuerdo de aquella cercanía parecía más lejana de lo que era.

Se detuvo un momento, dudando si acercarse. Ha pasado tanto tiempo… y ahora apenas nos hablamos. ¿Será raro hablar otra vez? Respiró hondo y dio un paso adelante.

—Hola… no esperaba verte aquí.

Alonso levantó la vista y la reconoció. Su sonrisa era tímida, mezclada con sorpresa.

—¡Micaela! Sí… hacía mucho que no coincidíamos.

Se sentaron juntos, dejando un espacio respetuoso entre ellos. El viento movía suavemente las hojas y el parque estaba tranquilo. Micaela pensó en cómo algunas cosas cambian lentamente, otras esperan el momento adecuado, y algunas simplemente se quedan como recuerdos guardados, invisibles pero presentes.

—Ha pasado tiempo desde aquel verano —dijo Alonso, rompiendo el silencio—. No hemos hablado mucho.

—Sí… demasiado —respondió ella—. Supongo que… bueno, la vida.

Hubo un pequeño silencio incomodo. Micaela miraba el reflejo del sol en los charcos, recordando cómo todo parecía más simple antes, y cómo ahora las cosas parecían más complejas, aunque no necesariamente mejores ni peores.

—Hoy en clase hablábamos de química —dijo, casi para sí misma, intentando sacar un tema de conversación—. Me hizo pensar en cómo cambian las cosas.

—¿Ah, sí? —preguntó Alonso, curioso.

—Sí —continuó ella—. Aprendimos que para que una reacción química ocurra, las partículas deben chocar con suficiente energía, la llamada energía de activación. Si no se alcanza ese paso, aunque estén juntas, no hay cambio. Como muchas cosas en la vida, pensó. Algunas personas están cerca, pero nada cambia hasta que se da la situación adecuada.

Alonso asintió, sin decir nada por un momento.

—Y cuando la reacción ocurre —añadió Micaela—, el vínculo se rompe y se forman otros nuevos. La sustancia final es distinta, y la energía se redistribuye. Y todo cambia de forma permanente, aunque la energía total siga siendo la misma.

El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo. Ambos miraban a su alrededor, pensando quizá en lo mismo.Cómo las personas y los recuerdos se transforman con el tiempo.

—También aprendimos que la energía no desaparece —continuó ella, casi sin darse cuenta—. Solo se transforma de un tipo a otro. Así que, aunque algo cambie, cierta energía de lo que fue sigue estando presente, aunque de otra forma.

Alonso la miró y asintió levemente, y Micaela se sintió tranquila al ver que él parecía entender lo que quería decir, aunque no lo dijera.

—Supongo que algunas cosas solo necesitan tiempo —continuó ella, —. Un pequeño empujón, las condiciones adecuadas y ocurre el cambio.

Alonso sonrió suavemente.

—Tiene sentido.

Se quedaron un momento en silencio, dejando que la luz del atardecer iluminara el parque. Micaela observó cómo las pequeñas gotas de lluvia en los charcos brillaban, y pensó en cómo incluso los cambios más lentos podían alterarlo todo a su alrededor, de manera sutil pero real.

La conexión entre ellos no necesitaba palabras, era como una reacción química que ya había empezado y continuaba sin que nadie la dirigiera. Micaela se dio cuenta de que la vida funcionaba de forma parecida.No se trataba de controlar nada, sino de dejar que las cosas sucedieran. Y mientras lo pensaba, entendió que la verdadera ciencia y la vida eran así , impredecibles, raras y asombrosas.