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Nuestro último suspiro

Anabel

Desde tiempos inmemoriales los humanos han tenido una obsesión por detener el paso del tiempo y conservar lo efímero. Tus estudios y las horas y horas que dedicaste a explicarme con entusiasmo tus trabajos en el laboratorio me enseñaron que todo esto era posible gracias a la magia de la química: el formol permite conservar los cuerpos, congelándolos y permitiéndonos observarlos en su forma más vulnerable.

Por eso, cuando escuché tu último suspiro, supe que estarías a mi lado para siempre.

Te cargué en brazos y sentí la frialdad de tu piel contra la mía. Algo se removió en mi interior, pero la decisión me impedía llorar; tenía que actuar rápido o nada de esto habría servido para nada.

Tosí y sentí que todo tu cuerpo se agitaba, como si por un instante volvieras a la vida y aquella imagen me hizo entrar con decisión al laboratorio. Quizá nunca podrías volver a llenarlo con tus carcajadas, pero si todo salía tal cual estaba planeado, tu sonrisa nunca abandonaría aquel lugar, preservada gracias a la casi milagrosa acción de aquel líquido.

Al tiempo que te deposité sobre la camilla y destapé las botellas de formol, tosí de nuevo y sentí que me ahogaba contigo. Pero no podía fallarte, no otra vez. Continué colocando el líquido en la máquina que llevaba semanas construyendo, aquel olor ya tan familiar inundándolo todo, y cuando te inyecté ambas vías y la sangre comenzó a salir de ti por aquel tubo retorcido que recorría la sala como un remolino, secando tu cuerpo poco a poco y haciendo hueco al formol, sentí las arcadas acumularse en mi estómago.

Con cada gota de aquella sustancia que entraba en tu cuerpo el aire se saturaba de vapores que me llenaban los pulmones, trayendo recuerdos que me obligaban a cerrar los ojos para no dejar caer las lágrimas. Intenté respirar profundamente, pero me faltaba el aire. Ahora que ya estaba todo en marcha y toda la tensión comenzaba a disiparse era imposible ignorar el dolor que sentía todo mi cuerpo. Cuando bajé la vista hacia mis manos, pude ver las quemaduras que las llenaban, mi piel en carne viva.

Preso del dolor y en busca de aire, me dejé caer sobre la camilla, a tu lado, como lo había hecho todas las noches desde los últimos diez años. Y cuando la última gota de las botellas se deslizó hacia tu cuerpo, decidida a mantenerte aquí más allá de la muerte, sustituyendo a tu sangre y fijando tus proteínas, fui plenamente consciente de que aquel líquido infernal me había estado corroyendo por dentro, como si me estuviera preservando poco a poco junto a ti hasta acabar conmigo. De que conservarte a mi lado significaba morir contigo.

Pero me fui en paz, porque desde el principio supe que no sabría funcionar sin ti. Porque incluso el formol sabía que no había ninguna realidad en la que tú y yo nos separáramos.