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Métodos tradicionales

Roque Nublo

Mi abuela siempre quiso estudiar. Sabía leer y escribir un poco gracias a su hermano mayor, que había dedicado algunas tardes a enseñarle, pero para ella nunca fue suficiente. Era consciente de que el mundo existía porque ella estaba en él, y le apenaba saber que nunca llegaría a comprenderlo.
Cuando era solo una niña, suplicó que la dejaran ir al colegio, porque ella también quería saber por qué las nubes se movían o por qué las plantas eran verdes. Una mañana, cuando su hermano salía por la puerta de casa para ir a clase, mi abuela comenzó a llorar desconsolada; se agarró a una de sus piernas y declaró que, si ella no podía estudiar, nadie lo haría. Su madre, mi bisabuela, que ya había tenido suficiente de sus berrinches, la agarró del brazo y le dijo:
—Niña, si quieres aprender algo de provecho, aprende a coser y déjanos a los demás tranquilos. Se despidió de su hijo mayor y cerró la puerta—. Lávate la cara. Todavía eres pequeña para usar la máquina, pero dejaré que te sientes a mi lado mientras yo lo hago. Así tendrás algo en lo que ocupar tus días.
Mi abuela, que sabía que a su madre no le gustaba que nadie la molestara mientras cosía, no dudó en aprovechar la oportunidad que le estaba brindando. Se enjugó las lágrimas y la siguió hasta la habitación.
Su madre cogió un taburete y lo puso al lado de su silla.
—La mejor forma de aprender a coser es mirando.
Los primeros días, así lo hizo; se sentó al ladito de su madre y observó cada puntada y cada movimiento con esmero. A la semana siguiente, llevó una libreta donde dibujaba y escribía palabras sueltas para saber cómo enhebrar la máquina de coser, cómo colocar la canilla, dónde colocar la aguja y cualquier otro detalle que ella consideraba importante.
Pasaban las semanas y mi abuela se cansaba de mirar y anotar; ella quería coser de verdad. Su madre, que notaba que mi abuela volvía a sus viejas lamentaciones, comenzó a darle tareas concretas. Poco a poco, mi abuela empezó a pasar más tiempo en la silla y menos en el taburete. Sus libretas con notas se multiplicaron y, a medida que mejoraban sus habilidades, menos las consultaba. Hoy se sienta delante de su máquina sin necesidad de tener esas libretas cerca, pues ha memorizado cada nota, cada puntada.
—Todo lo que sé sobre la vida está en esas libretas —me dijo una tarde mientras almorzábamos.
—¿Y todavía las conservas? Me gustaría verlas —le pregunté.
Mi abuela se levantó de la silla. Se ausentó unos diez minutos y regresó con cinco libretas llenas de notas, retales cosidos a las páginas, medidas de su cuerpo y de los de sus amigas de la infancia, dibujos de los diseños que imaginó de pequeña... Al ojear las libretas, no pude evitar reparar en que en muchas páginas había escrito preguntas, seguidas de tablas de datos muy rudimentarias, junto con algunas muestras de tela con diferentes puntadas.
—¿Qué son todas estas preguntas y tablas? Se parecen a los experimentos que hacemos en clase —inquirí con curiosidad.
—Cuando empecé a observar a mi madre coser me surgieron muchas preguntas: ¿Por qué se enreda el hilo de la canilla? ¿Cada cuánto hay que cambiar la aguja? ¿Qué tensión es adecuada?
»Así que las apunté todas, con el objetivo de encontrar una respuesta más adelante. Cuando yo empecé a coser, mi madre se sentaba conmigo, pero nunca me explicaba nada y tuve que ir averiguando todo por mi cuenta. Iba haciendo pruebas y apuntaba todo lo que se me ocurría, para luego ir descartando por tipo de tela, por puntada… No me daba por vencida hasta que encontraba la solución a cada problema.
Seguí ojeando las libretas, sorprendida por el rigor y la sistematicidad de sus notas.
—Abuela, entonces aplicabas el método científico.
Me miró con extrañeza, como si me hubiera olvidado de que ella no sabía de esas cosas. Cogí una de sus libretas y le fui señalando cada paso:
—Primero, observas un fenómeno específico. Luego formulas la pregunta, como muchas de las que tienes aquí escritas. Luego planteas la hipótesis (lo que tú crees que puede estar pasando), que después pasas a comprobar con la experimentación —le dije señalando las tablas y las muestras de los retales—. Por último, analizas los datos y determinas qué hipótesis eran ciertas y cuáles no.
Fui mostrándole cómo ella, sin saberlo, había estado aplicando el mismo proceso que los científicos usaban en los laboratorios. Le enseñé mis libretas de ciencias y le mostré cómo ambas lo habíamos aplicado en contextos diferentes.
Mi abuela me miró con asombro. Sonrió, me abrazó y me susurró al oído:
—Entonces tú y yo no somos tan diferentes.