Menos humanos
Ralosa
Ralosa
Siempre me pregunté cómo sería el mundo dentro de cientos de años, cuánto avanzaría la tecnología y de qué modo evolucionaría la especie humana. Imaginé que alrededor del año X ya tendríamos la cura de cualquier enfermedad y seríamos incluso capaces de habitar en otros planetas. De estas hipótesis han pasado ya varios siglos y ni en mis peores presagios pensaba que acabaríamos así, siendo prácticamente robots, controlados por máquinas incrustadas en nuestro cerebro, mecanismos que, según nos aseguran, mejoran nuestra calidad de vida. Carecemos de dolores musculares y no sentimos el cansancio, bueno, en realidad, ya no sentimos nada. Tengo conciencia, pero soy una máquina, una máquina perfectamente pensada y elaborada para vivir sin restricciones, sin problemas y sin enfermedades y todo esto a cambio de dejar de ser humanos.
Aún recuerdo cuando tenía quince años. Soñaba con convertirme en una famosa ingeniera aeroespacial. La inteligencia artificial apenas comenzaba a utilizarse, pero ya se intuía el peligro que conllevaba. La IA era capaz de generar cualquier tipo de vídeo o imagen, además de poseer la respuesta a cualquier duda imaginable. Su aparición provocó una gran transformación en el mundo, pronto crearon robots inteligentes, usados para tareas domésticas. Más adelante prosiguieron sus mejoras y eran ya aptos para tomar decisiones por sí mismos. No tardó en salir a la venta el primer prototipo con aspecto humano, capaz de hacer todo aquello que se le ocurriese: resolución de problemas, dar consejos...una revolución para esos tiempos, pues todo el mundo podía permitirse el lujo de adquirir uno de ellos. Significaban comodidad, bienestar y prosperidad.
Después de esto, ¿qué faltaba por crear? Todo el mundo disponía lo que deseaba. Recuerdo de aquellos tiempos las luchas entre países y las crisis constantes. La gente solo estudiaba ciencia algorítmica, el resto de las disciplinas ya no importaban a nadie, porque los robots eran el futuro y estaba previsto que dominasen el mundo. Acabé trabajando en el diseño de piezas de aviones inteligentes capaces de volar sin necesidad de piloto. Prácticamente no había empleos, todo lo elaboraban las máquinas, no se necesitaban cajeros ni abogados, tampoco profesores. Lo más positivo de aquella época fue el desarrollo de la medicina, era habitual que se diseñaran dispositivos mecánicos que sustituían a cualquier órgano vital. Así es como empezaron a proliferar seres humanos con partes robóticas, maravillosos seres humanos que no enfermaban, que no envejecían. Así éramos nosotros.
El problema es que nunca nos conformamos con lo que poseemos, siempre queremos más y más.
Llegó un punto en el que el panorama se nos fue de las manos. Comenzaron a modificar a los recién nacidos para evitar problemas de salud en el futuro. A los siete años eran sometidos a cirugías para instalar en su cerebro mecanismos que almacenaban información, mejoras en la visión, en el corazón y en las articulaciones. Dejamos de ser humanos. Dejamos de morir. Nuestro cuerpo estaba tan alterado que ningún órgano podía dejar de funcionar. Nos volvimos todos locos, ¿cómo habíamos llegado a esto? Antes, nuestro sentido vital consistía en nacer, crecer, estudiar, encontrar sueños, enamorarse, trabajar, formar una familia y ser felices, tener descendencia y por tanto permitir que el ciclo de la vida continuase.
Ahora es todo mucho más fácil. Han eliminado nuestra capacidad de aprender y la de memorizar, porque ya lo sabemos todo. Absolutamente todo. Si no hay problemas ni baches en nuestro camino, ¿dónde está la motivación para superar nuevos retos? Ya no hay nada que nos haga especiales. Ya no podemos destacar entre el resto. Tras nuestra larga y monótona vida solo podemos elegir entre seguir adelante o desconectar los aparatos de nuestro corazón para descansar en paz.
Pero aún tengo alguna ilusión, sí. Mantengo la esperanza de que mañana mismo despertaré y todo será igual que antes, me ducharé, desayunaré, organizaré la mochila para el instituto y antes de salir besaré a mamá y la escucharé decir, cariño, no te olvides de subir el pan, hoy comemos cocido.
Siempre me pregunté cómo sería el mundo dentro de cientos de años, cuánto avanzaría la tecnología y de qué modo evolucionaría la especie humana. Imaginé que alrededor del año X ya tendríamos la cura de cualquier enfermedad y seríamos incluso capaces de habitar en otros planetas. De estas hipótesis han pasado ya varios siglos y ni en mis peores presagios pensaba que acabaríamos así, siendo prácticamente robots, controlados por máquinas incrustadas en nuestro cerebro, mecanismos que, según nos aseguran, mejoran nuestra calidad de vida. Carecemos de dolores musculares y no sentimos el cansancio, bueno, en realidad, ya no sentimos nada. Tengo conciencia, pero soy una máquina, una máquina perfectamente pensada y elaborada para vivir sin restricciones, sin problemas y sin enfermedades y todo esto a cambio de dejar de ser humanos.
Aún recuerdo cuando tenía quince años. Soñaba con convertirme en una famosa ingeniera aeroespacial. La inteligencia artificial apenas comenzaba a utilizarse, pero ya se intuía el peligro que conllevaba. La IA era capaz de generar cualquier tipo de vídeo o imagen, además de poseer la respuesta a cualquier duda imaginable. Su aparición provocó una gran transformación en el mundo, pronto crearon robots inteligentes, usados para tareas domésticas. Más adelante prosiguieron sus mejoras y eran ya aptos para tomar decisiones por sí mismos. No tardó en salir a la venta el primer prototipo con aspecto humano, capaz de hacer todo aquello que se le ocurriese: resolución de problemas, dar consejos...una revolución para esos tiempos, pues todo el mundo podía permitirse el lujo de adquirir uno de ellos. Significaban comodidad, bienestar y prosperidad.
Después de esto, ¿qué faltaba por crear? Todo el mundo disponía lo que deseaba. Recuerdo de aquellos tiempos las luchas entre países y las crisis constantes. La gente solo estudiaba ciencia algorítmica, el resto de las disciplinas ya no importaban a nadie, porque los robots eran el futuro y estaba previsto que dominasen el mundo. Acabé trabajando en el diseño de piezas de aviones inteligentes capaces de volar sin necesidad de piloto. Prácticamente no había empleos, todo lo elaboraban las máquinas, no se necesitaban cajeros ni abogados, tampoco profesores. Lo más positivo de aquella época fue el desarrollo de la medicina, era habitual que se diseñaran dispositivos mecánicos que sustituían a cualquier órgano vital. Así es como empezaron a proliferar seres humanos con partes robóticas, maravillosos seres humanos que no enfermaban, que no envejecían. Así éramos nosotros.
El problema es que nunca nos conformamos con lo que poseemos, siempre queremos más y más.
Llegó un punto en el que el panorama se nos fue de las manos. Comenzaron a modificar a los recién nacidos para evitar problemas de salud en el futuro. A los siete años eran sometidos a cirugías para instalar en su cerebro mecanismos que almacenaban información, mejoras en la visión, en el corazón y en las articulaciones. Dejamos de ser humanos. Dejamos de morir. Nuestro cuerpo estaba tan alterado que ningún órgano podía dejar de funcionar. Nos volvimos todos locos, ¿cómo habíamos llegado a esto? Antes, nuestro sentido vital consistía en nacer, crecer, estudiar, encontrar sueños, enamorarse, trabajar, formar una familia y ser felices, tener descendencia y por tanto permitir que el ciclo de la vida continuase.
Ahora es todo mucho más fácil. Han eliminado nuestra capacidad de aprender y la de memorizar, porque ya lo sabemos todo. Absolutamente todo. Si no hay problemas ni baches en nuestro camino, ¿dónde está la motivación para superar nuevos retos? Ya no hay nada que nos haga especiales. Ya no podemos destacar entre el resto. Tras nuestra larga y monótona vida solo podemos elegir entre seguir adelante o desconectar los aparatos de nuestro corazón para descansar en paz.
Pero aún tengo alguna ilusión, sí. Mantengo la esperanza de que mañana mismo despertaré y todo será igual que antes, me ducharé, desayunaré, organizaré la mochila para el instituto y antes de salir besaré a mamá y la escucharé decir, cariño, no te olvides de subir el pan, hoy comemos cocido.