Skip to main content

Más jóvenes que hoy, nunca.

Caballero de Rodas

Por la mañana mi madre se despierta en una casa que no reconoce. Mira las paredes buscando algo que la haga sentir en casa dentro de su propio hogar, y acaba mirándome como un visitante amable al que no termina de ubicar. Suele preguntarme quién soy, dónde está mi padre, o por qué la llaman por un nombre que le resulta familiar. El Alzheimer es un duro golpe para toda la familia, que siente cómo esa persona poco a poco se va desvaneciendo en un mar de recuerdos.

A veces la memoria se pierde por capas, como si fuera una cebolla, otras por bloques como si fueran barrios de una ciudad. Primero se van los nombres, luego los cumpleaños y después las miles y miles de historias compartidas. Lo último que se pierde, aquello que resiste, es lo que aprendimos con hábitos e ilusiones.

Lo descubrimos una tarde de invierno, sin pretenderlo. Pusimos la radio para escuchar las noticias y sentir la cálida compañía radiofónica, cuando de pronto sonó un viejo pasodoble que ella había bailado toda su vida en fiestas y verbenas. Yo estaba recogiendo la cocina, cuando la vi levantarse lentamente, como si algo la llamara por dentro. Dio un paso. Luego otro. El movimiento era torpe al principio, pero pronto encontró su eje y su ritmo. La espalda se enderezó, los pies empezaron a sentir la magia y marcar el compás, y algo extraordinario simplemente sucedió: mi madre volvió.

No volvió como antes, con relatos, historias y anécdotas. Volvió con una sonrisa y ganas de bailar. Durante esos minutos no preguntó quién era yo, ni dónde estaba su bolso o dónde estábamos. Me miró directamente a los ojos. Me dijo: "¿Bailas?" Y no lo preguntó como una persona enferma, sino como la mujer fuerte y alegre que había sido siempre.

La neurociencia explica que existen diferentes tipos de memoria. Caminar, montar en bicicleta, tocar el piano, bailar... estas habilidades se apoyan en circuitos cerebrales distintos a los que se empiezan a deteriorar cuando nos alcanza el Alzheimer. Por eso el cuerpo recuerda cuando la biografía y el cerebro ya no pueden hacerlo.

Así que hemos convertido el baile en nuestro pequeño ritual, nuestro gran tratamiento para frenar el Alzheimer y ganarle calidad de vida al día a día. Bailar no le devuelve la memoria, pero le permite reorganizarse alrededor de un compás, engalanada con su mejor sonrisa. Durante varios minutos la demencia retrocede, como una marea que deja al descubierto una playa intacta. Quizá no pueda recordar su juventud, pero su juventud la recuerda a ella con cada paso de baile que damos juntos.

He aprendido que no toda lucidez pasa por la palabra. Hay una inteligencia intrínseca al ritmo de la cultura. Por eso la danza ha acompañado a la humanidad desde antes de que existiera la escritura, sin necesidad de textos o libros.

A veces pienso que ella se niega a desaparecer. Una capa profunda que no entiende de diagnósticos ni de pronósticos. Una zona que permanece intacta al paso del tiempo.

Cuando la música termina, el mundo vuelve a fragmentarse poco a poco. Ella me mira otra vez con esa cortesía de amable desconocida. Me pregunta quién soy. Yo le digo mi nombre. Ella asiente, como quien acepta un dato que no puede retener.

Pero ya no me importa tanto.

Porque sé que, mientras exista una canción que podamos bailar con los pies, mi madre no estará del todo perdida.

Estará bailando en algún lugar donde el olvido no llega. Y con una sonrisa en su rostro, me preguntará: ¿Bailas?