Skip to main content

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

Sofia

Hace mucho tiempo, en un bosque muy bonito de Navarra llamado “La Selva de Irati”, había dos pequeñas hembras de insecto que se llamaban Amapola y Rosa. Muchos decían que eran muy parecidas y que se llevarían muy bien, pero dado que Amapola era una abeja y Rosa era una avispa su amistad no era muy buena y se pasaban todo el día chinchándose.

En el colegio, Amapola aprendía lo esencial sobre cómo espolvorear el polen de una flor por campos más pobres en naturaleza, y cómo construir sus panales en equipo correctamente, mientras que a Rosa le enseñaban lo esencial para poder cazar y construir su nido, que estaba hecho de celulosa de madera para que fuese más duradero y para que también ayudara a protegería el avispero por si algún depredador de las avispas aparecía.

Después del cole Rosa siempre iba con Amapola para intentar chincharla o tratar de fastidiarla con la intención de que no hiciera bien su trabajo; mientras que Amapola le decía que lo único que hacía era cazar y esperar a que la reina de su colonia construyera la parte más importante, pues ella fabricaba el material de su nido a partir de su propia saliva: "¡Lo único que sabéis hacer las avispas es comer!" decía Amapola.

Cuando volvían de sus clases, se pasaban todo el camino discutiendo, hasta que un día una plaga de chinches rayadas, una especie de chinches que se caracterizan por el hecho de que son rojas con unas rayas negras que les dan un aspecto de superioridad, estaba intentando entrar a la fuente de alimento de una Esfinge Isabelina, una especie de mariposa muy poco común fuera de España y Francia. La mariposa, en un intento de protegerse de las chinches, pidió ayuda a Rosa y esta, que vio esta situación, fue a por las chinches, que huyeron nada más verla, pues, al ser una avispa, era una gran depredadora. Así, Rosa consiguió salvar a la Esfinge isabelina, que le dio un montón de madera para su avispero y un poco de comida. Al volver con Amapola, Rosa se puso a alardear de su buena función en el ecosistema y de lo bonita que era ella por ser una avispa.

Unos metros más adelante encontraron un lugar quemado por un cigarrillo ya chamuscado que se encontraba en el suelo junto al resto del campo. Había habido un gran incendio y todo estaba lleno de insectos como: caballitos del diablo, chinches mediterráneas, escarabajos pequeños capriconio, polillas de la hierba lazo, libélulas, mariquitas de 8 y 16 puntos, etc., y plantas heridas. Amapola, al ver esto, se dispuso a ayudar, pues su función como abeja también era ayudar con la replantación yendo de un lado al otro expandiendo el polen de las flores como le habían explicado en la escuela para que así se fuera familiarizando sobre cómo debería hacerlo. Mientras que ella hacía esto, otros insectos la animaban para que siguiera y otras abejas que se encontraban allí también la ayudaron formando un vínculo entre todas. Mientras, Rosa miraba lo que estaba pasando y pensaba que lo que le había pasado antes a ella era bastante bueno, aunque no se esperaba que el trabajo de su amiga fuera también así de importante.

Después de un tiempo seguían discutiendo y solucionando problemas bastante graves de otras especies de insectos que necesitaban más ayuda, en algunos casos, solo de Amapola y, en otros, solo de Rosa. Ellas no querían admitir que ambas eran igual de importantes.

Un día conocieron a una gran hembra de mariposa Nacarada que se llamaba Abigaelle, que era una sabia del bosque y, en un intento de mejorar su convivencia, les dijo un pequeño refrán: “El trabajo en equipo divide el esfuerzo y multiplica los resultados”.

Amapola y Rosa, sin ninguna idea de lo que significaba, continuaron con sus malos hábitos entre las dos, hasta que un día tuvieron que hacer un trabajo juntas, pues sus colonias se estaban derrumbando por escasez de alimento y útiles materiales para sus nidos/avisperos. Las dos, al recordar las palabras de la sabia, por fin las entendieron y comenzaron a trabajar dándose cuenta de que los puntos fuertes de cada una podían solucionar los problemas de ambas.

Al final consiguieron formar mejores refugios para las fuertes tormentas de invierno y el bochorno del calor del verano. Y, así, ambas consiguieron un refugio y amistad mucho mejor de lo que podían haber tenido en su anterior vida, pues uno solo no va a ser ni a hacer lo mismo que un equipo de individuos que son capaces de dejarse ayudar y ayudar a los demás.