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LA MATERIA CURIOSA

MATERIA CURIOSA

La diminuta partícula de materia oscura viajaba por el universo cuando se topó por casualidad con un planeta pequeño, rocoso y azul. Se propuso atravesarlo con la misma indiferencia con la que atravesaba otros cuerpos celestes —a lo largo de su extensa vida había visto millones de planetas como aquel, hechos de una materia que nunca se había parado a intentar comprender—; pero de repente, no supo muy bien por qué, sintió un destello de intriga y decidió detenerse para echar un vistazo. Eso sí, se limitaría a observar, sin interaccionar con nada ¡Eso iba contra las leyes!
Se paseó por la superficie del planeta e instantáneamente sintió una gran fascinación por cómo aquella materia se organizaba. Después de un largo rato de observación, creyó entender que la componían tres tipos de partículas: neutrones, que eran bastante aburridos, protones, de carácter algo más positivo, y electrones, muy inquietos y siempre negativos. Estas tres partículas, agrupadas en distintas proporciones, formaban diferentes átomos. La visión de los átomos le pareció de lo más entretenida: neutrones y protones se abrazaban en el centro, mientras los electrones se mantenían a una distancia prudencial, danzando rápidamente a su alrededor ¡Casi ni los veía!
Aun habiendo cierto distanciamiento entre los electrones y el resto de las partículas del átomo, le sorprendió lo extremadamente juntas que estaban todas entre sí.
—¡Los átomos son extremadamente densos! Con lo poco que a mí me gustan las aglomeraciones…—pensó. Pues ella solía viajar prácticamente sola y rara vez se cruzaba con alguna de sus compañeras.
Prosiguiendo con su análisis, descubrió que el enlace de diferentes átomos podía formar infinidad de moléculas, además de otras estructuras con diferentes cualidades físicas que le asombraron. Podían ser entes sólidos, líquidos, gases, conductores de la electricidad, de la temperatura…
También le resultó fascinante algo que se encontraba en gran cantidad en aquel planeta: la vida. No porque fuese algo único de aquel lugar. La materia oscura la había encontrado en otros planetas, incluso en aquel mismo sistema estelar, pero nunca se había parado a observarla tan detenidamente. La vida le parecía tan solo un montón de aminoácidos y un poco de energía muy bien organizados. Pero entre las cosas provistas de vida, le sorprendió especialmente una especie conocida como humanos. Eran los únicos que, como ella, parecían ser conscientes de su propia insignificancia ante la grandeza del universo.
La diminuta partícula se sintió intrigada por el conocimiento que tenían aquellos seres sobre ella. En su paseo por la Tierra descubrió con asombro que los humanos solo intuían su existencia, sin haberla detectado nunca directamente. Se enteró de que habían averiguado que la cantidad de materia que sus telescopios eran capaces de detectar no era suficiente para explicar el comportamiento del universo que conocían y por ello teorizaban sobre la existencia de algo dotado de una enorme gravedad que fuese la causa de todo ello. La diminuta partícula, al sentirse aludida, no pudo evitar sonrojarse.
—No iban desencaminados aquellos humanos… —reflexionó.
Ella y las de su naturaleza en conjunto ejercían en efecto una gravedad enorme, tan enorme que era capaz de estructurar el universo, envolviendo las galaxias y uniéndolas entre sí en una especie de telaraña galáctica. Una gravedad tan descomunal que incluso era capaz de curvar la luz de objetos lejanos.
—¿Cómo van a poder detectarnos? —les excusó— ¡Con lo que nos gusta la discreción!
Ella y sus compañeras no emitían luz ni interactuaban con la materia de la que estaban hechas las cosas de aquel planeta. Entendió entonces porque los humanos habían decidido llamar a las de su naturaleza materia oscura. No supo la razón por la que a la materia de la que estaban hechos los electrones, las moléculas y la vida la habían designado como materia ordinaria.
—¡Mejor ser considerada oscura que ordinaria! —pensó aliviada.
Le resultó gracioso que los humanos sospechasen de su existencia, pero que de momento no hubieran podido detectarla directamente.
—Les falta tanto por descubrir…
Se preguntó si aquella especie sería lo suficientemente inteligente para llegar a hacerlo algún día.
—Quizás es mejor no encariñarse con los humanos —dijo para sí—. Al fin y al cabo, la materia ordinaria de la que están hechos tiende a ser demasiado cambiante. En un abrir y cerrar de ojos, la estrella más cercana acabará por engullir al planeta, a los humanos y a sus telescopios. Y después, el cadáver de la estrella acabará vagando solo por el universo —concluyó—. Para cuando eso suceda, yo seguiré aquí, joven e invariable.
Poco a poco su curiosidad dio paso a la resignación, y luego a una renovada indiferencia. Finalmente la diminuta partícula partió, dejando atrás todo lo descubierto, decidida a no interactuar jamás con una materia tan diferente.