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La ausencia de Marte

gorgona

Noviembre de 2022
—¿Hola?
Sostuvo el teléfono unos segundos antes de responder.
—Sí, mamá… cuento con ello.
Asentía en silencio. Sonreía.
—Sí, estoy de camino al trabajo…
Pausa.
—No, hoy no podré. Adiós.
Colgó.
El contacto decía: Marte. Lo miró un instante más y sonrió.

En su trabajo era el mejor de los astrónomos. Incluso había viajado a la Luna. Conocía el cielo mejor que nadie.

Abril de 1990
Un llanto rompió el silencio.
Después, calma.
Una mujer hermosa, agotada pero feliz, sostenía a su recién nacido.
Hoy es 24 de abril de 1990.
El bebé por fin abrió los ojos. Ella sonrió.
—Marte —susurró ella.

Octubre de 2005
Por fin, último curso.
—¡La tierra es plana! —dijo uno de mis compañeros, en segunda fila.
Me eché a reír por dentro. Pensé que lo decía en broma; sin embargo, iba en serio.
—¿Qué dices? Todos sabemos que es una esfera. —dijo mi mejor amigo, Sam.
—¡No! ¡Y Marte también es plano! —añadió.
Eso me alteró. No fue su tono, fue cómo me hizo sentir un golpe seco en el pecho. Un vacío extraño.
—No digas tonterías. Es una esfera —respondí, intentando ignorarlo—. Y ma-Marte también.
—Shhh —intervino la profesora.
—Lo siento —respondió y se volteó hacia mí para decir una última cosa—. Logan, tú no tienes ni idea de Marte —dijo desafiante.
Pero la palabra se quedó dentro de mí.
Marte.

Ese mismo día, al llegar a casa, vi a mi padre en el salón con un álbum, que nunca había visto. Al que acariciaba con nostalgia.
En cuanto me dirigí a él, pasó página rápidamente, ocultando algo; me miró comprobar si había visto algo.
Por suerte, alcancé a leer “Marte —16 años”. Y una pegatina redonda, roja. No vi más.
No entendí nada, así que no pregunté. Observé lo que sostenía.
—¿Son fotos de mamá?
—Sí —respondió—. Era muy guapa.
No dijo más.

12 de octubre de 2005
Vi a mi padre en el jardín mirando las estrellas y me uní a él. Con el tiempo, se volvió una rutina. Nos sentábamos en el jardín, en silencio.
—Ese es Venus —decía.
Yo asentía, aunque no siempre entendía.

—¿Dónde está Marte? —pregunté una noche.
Señaló sin dudar.
—Ahí.
—Mamá —eso lo tensó—, ¿cómo se llamaba?
—Martha

14 de octubre de 2005
—Hey, tío, ¿esa no es la chica que te gusta? —me dijo Sam.
Miré y vi de quién se trataba. Era Leah. Sentí un retortijón.
No era por ella. La verdad es que mi amigo no se equivocaba. Pero él no lo sabía. Detrás de ella vi un mural del sistema solar, en la pared de un aula; eso fue lo que me lo provocó.
Un planeta estaba subrayado. No era la Tierra. Me acerqué.
—¡Logan! ¿Qué haces? Ha sonado el timbre —dijo Sam.
Lo ignoré y leí el nombre. Entonces pensé: 16. El dolor volvió.
Repetí el número en mi cabeza. 16, 16, 16…
Me volteé y me di cuenta de que los pasillos estaban vacíos y corrí a clase.
—Logan, llegas tarde —dijo la profesora.
—Lo siento.
—Abrid el libro por la página 16.
Se me heló la sangre.

Esa tarde volví al aula.
El mural ya no estaba.
—¿Dónde está? El mural.
—Lo borraron el año pasado —me dijo Sam.
—No… yo lo vi.
—No, Logan.
Sentí algo peor que dolor.
Vacío.

Mi padre no volvió a salir en unos días.
Una noche salí solo. Miré el cielo. No lo encontraba.
—¡Papá! Ven. No encuentro Marte.
—Logan, no estoy para bromas…
Salió igualmente. Miró.
—Ahí —respondió, sin prestar atención.
—No está.
Miró más atento y se quedó helado. Entró corriendo y llamó por teléfono.
Al principio nadie respondió, pero siguió insistiendo.
Respondieron Apenas habló. Solo escuchaba.
Nunca lo había visto tan asustado.
Cuando colgó, parecía aliviado.
—¿Quién era?
—Nadie —respondió seco.

Esa noche dormí mal.
Mi padre dijo que repetí una palabra.
“Marte”.

Hasta un mes después, ninguno salió a ver las estrellas.

24 de noviembre de 2006
—Papá —dije, con la voz temblando—. ¿Dónde está Marte?
No respondió al instante. Se sentó frente a mí.
—Ya tienes dieciséis —dijo al fin—. Es hora de que lo sepas.
—Hoy en verdad no es tu cumpleaños; es el 24 de abril de 1990.
El dolor volvió.
Más fuerte que nunca
—Tu madre no se fue —continuó—. La enviaron. No está… muerta.
—¿A dónde…?
Me miró fijamente.
—A Marte.
El mundo se detuvo.
—Era parte de un proyecto. Tenían que desaparecer de la Tierra. Nadie podía saberlo… ni siquiera tú.
Recordé el álbum.
El número.
Las pegatinas.
Todo.
—¿Por eso… duele? —pregunté.
—Sí —susurró—. Porque siempre lo supiste.
Miré al cielo.
Vacío.
Por primera vez entendí que no era el planeta lo que faltaba.
Era ella.
Y entonces lo sentí otra vez.
No era miedo.
No era confusión.
Era algo peor.
Era la ausencia de Marte.