FATA MORGANA
SCRUTINA
El horizonte se fundía con el mar, que aquella tarde brillaba con un azul intenso. Lucía observaba sentada en una playa de Sicilia cómo un barco parecía flotar. Se puso de pie y trató de hacer una foto para que aquella imagen quedara reflejada y nadie pudiera tomarla por loca. A su alrededor, la gente comenzó a ponerse de pie asombrada, contemplando lo mismo que aparecía ante ella.
Recordó entonces aquella historia que su abuela le contaba, sentadas junto a la chimenea en las noches de invierno, antes de irse a dormir, y que tanto le maravillaba.
—Abuela, cuéntame otra vez la historia del hada Morgana —dijo la pequeña Lucía, casi sin aliento.
—Claro, querida —dijo la abuela, sentándose a su lado—. Hace mucho, en los tiempos del rey Arturo, había una poderosa hechicera llamada Morgana. Tenía el poder de metamorfosearse para engañar a la gente. Decían que podía crear castillos, barcos e incluso ciudades enteras en el horizonte, solo para despistar a los marineros y hacerles perder el rumbo.
Lucía volvió a la imagen que veía ante sus ojos. El barco parecía alargarse como un espejismo.
—¡Claro! —exclamó Lucía—. Eso es… Fata Morgana.
Sonrió al darse cuenta ahora, como estudiante de física, de que la luz podía crear magia tan sorprendente como la de las historias de su abuela, y que aquella leyenda de su infancia cobraba vida ante sus ojos.
Aquella sensación de asombro le recordó una clase con el profesor Joseph, que estaba a punto de jubilarse. Era uno de los más queridos de la facultad, no solo por su conocimiento, sino por la manera en que contaba historias que mezclaban ciencia y curiosidad en sus clases de óptica.
—La luz siempre busca el camino más rápido entre dos puntos —dijo un día, mientras nos mostraba un láser—.
Apuntó el láser a la pared. Ninguno de nosotros fue capaz de ver el haz de luz que recorría el aula. Todos pensamos lo mismo.
—Vamos a hacerlo visible —dijo, con una sonrisa traviesa—.
Sopló un poco de polvo de tiza en el aire, y de repente, el rayo de luz se volvió visible. Cruzaba la habitación en línea recta, trazando un camino perfecto que antes era invisible.
Al día siguiente nos llevó al laboratorio. Allí pudimos ver cómo la luz al entrar en el agua viajaba más lenta, como si nosotros intentásemos correr dentro de una piscina. Para seguir recorriendo el camino más rápido entre dos puntos, la luz cambiaba ligeramente su dirección. Eso es lo que se llama refracción de la luz, y era la misma magia que hacía que los barcos flotaran sobre el horizonte.
Al lado de Lucía, en la playa, se encontraba una joven que le recordaba muchísimo a ella misma cuando era niña. Observaba el horizonte con la misma curiosidad, intentando encontrar una explicación a lo que estaba viendo.
Lucía se acercó y, señalando el mar, le explicó que en algunas ocasiones el aire no tiene la misma temperatura en todas sus capas. Cerca del agua puede estar más frío y, un poco más arriba, más caliente. Cuando la luz atraviesa esas capas invisibles, cambia ligeramente su dirección una y otra vez.
—Es como si la luz se fuera curvando en el aire —le dijo sonriendo—. Y como nuestro cerebro cree que la luz siempre viaja en línea recta, coloca la imagen en un lugar distinto del real. Por eso los barcos parecen flotar… y a veces incluso se deforman o se ven del revés.
La joven volvió a mirar al horizonte, intentando imaginar el camino que recorría la luz.
Durante siglos, muchos creyeron que aquello era obra del hada Morgana. Ahora, mientras contemplaba de nuevo el mar, Lucía sabía que era la luz jugando con el aire… sin embargo, descubrirlo no había hecho desaparecer la magia.
SCRUTINA
Recordó entonces aquella historia que su abuela le contaba, sentadas junto a la chimenea en las noches de invierno, antes de irse a dormir, y que tanto le maravillaba.
—Abuela, cuéntame otra vez la historia del hada Morgana —dijo la pequeña Lucía, casi sin aliento.
—Claro, querida —dijo la abuela, sentándose a su lado—. Hace mucho, en los tiempos del rey Arturo, había una poderosa hechicera llamada Morgana. Tenía el poder de metamorfosearse para engañar a la gente. Decían que podía crear castillos, barcos e incluso ciudades enteras en el horizonte, solo para despistar a los marineros y hacerles perder el rumbo.
Lucía volvió a la imagen que veía ante sus ojos. El barco parecía alargarse como un espejismo.
—¡Claro! —exclamó Lucía—. Eso es… Fata Morgana.
Sonrió al darse cuenta ahora, como estudiante de física, de que la luz podía crear magia tan sorprendente como la de las historias de su abuela, y que aquella leyenda de su infancia cobraba vida ante sus ojos.
Aquella sensación de asombro le recordó una clase con el profesor Joseph, que estaba a punto de jubilarse. Era uno de los más queridos de la facultad, no solo por su conocimiento, sino por la manera en que contaba historias que mezclaban ciencia y curiosidad en sus clases de óptica.
—La luz siempre busca el camino más rápido entre dos puntos —dijo un día, mientras nos mostraba un láser—.
Apuntó el láser a la pared. Ninguno de nosotros fue capaz de ver el haz de luz que recorría el aula. Todos pensamos lo mismo.
—Vamos a hacerlo visible —dijo, con una sonrisa traviesa—.
Sopló un poco de polvo de tiza en el aire, y de repente, el rayo de luz se volvió visible. Cruzaba la habitación en línea recta, trazando un camino perfecto que antes era invisible.
Al día siguiente nos llevó al laboratorio. Allí pudimos ver cómo la luz al entrar en el agua viajaba más lenta, como si nosotros intentásemos correr dentro de una piscina. Para seguir recorriendo el camino más rápido entre dos puntos, la luz cambiaba ligeramente su dirección. Eso es lo que se llama refracción de la luz, y era la misma magia que hacía que los barcos flotaran sobre el horizonte.
Al lado de Lucía, en la playa, se encontraba una joven que le recordaba muchísimo a ella misma cuando era niña. Observaba el horizonte con la misma curiosidad, intentando encontrar una explicación a lo que estaba viendo.
Lucía se acercó y, señalando el mar, le explicó que en algunas ocasiones el aire no tiene la misma temperatura en todas sus capas. Cerca del agua puede estar más frío y, un poco más arriba, más caliente. Cuando la luz atraviesa esas capas invisibles, cambia ligeramente su dirección una y otra vez.
—Es como si la luz se fuera curvando en el aire —le dijo sonriendo—. Y como nuestro cerebro cree que la luz siempre viaja en línea recta, coloca la imagen en un lugar distinto del real. Por eso los barcos parecen flotar… y a veces incluso se deforman o se ven del revés.
La joven volvió a mirar al horizonte, intentando imaginar el camino que recorría la luz.
Durante siglos, muchos creyeron que aquello era obra del hada Morgana. Ahora, mientras contemplaba de nuevo el mar, Lucía sabía que era la luz jugando con el aire… sin embargo, descubrirlo no había hecho desaparecer la magia.
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