EL MINI BIG-BANG
JULIETA VERNE
Eva llevaba toda su vida encerrada en aquel espacio reducido; ella lo llamaba su folículo. Su “mini-memoria” sólo recordaba un ambiente claustrofóbico, cálido, húmedo y demasiado pequeño. La sensación de opresión era tal que no sabía si podría aguantarla mucho más. Por alguna razón que no alcanzaba a entender, algo le decía (eso debía ser la famosa intuición femenina) que no estaba sola en esa especie de vida, que había más “evas” en su misma situación; pero nunca había podido contactar con ellas. Le habría ayudado compartir esas sensaciones, pero ya estaba acostumbrada a la soledad.
Aunque ya había perdido la noción del tiempo, desde hacía unos días el sentimiento de angustia se había agudizado porque notaba que algo estaba cambiando. Hacía el mismo calor sofocante de siempre, pero los muros se ampliaban a su alrededor produciendo una sensación de movimiento. Una sensación nueva tan intensa que sintió que se le ponían los pelos de punta, ese mismo pelo que, enredado a la pared, la mantenía atada y sin posibilidad de escapar de su cautiverio.
No era una ilusión. Sorprendida, Eva vio aumentar de tamaño la habitación. Podía percibir claramente como todo se reblandecía a su alrededor y empezaba a acumularse un líquido ambarino y denso en el que se vio flotar; se encontraba como inmersa en la imagen de los relojes de Dalí, donde los objetos se escurrían sin control. “¡Mecachis!” -pensó- “A ver si, después de tanto tiempo aquí encerrada voy a morir ahogada y nadie se entera”.
De repente, aquella sustancia que la rodeaba empezó a tirar de ella; sintió cómo se rompía su unión a lo que durante tanto tiempo había sido su hogar, y se vio empujada por la corriente hacia un punto luminoso en el otro extremo de recinto. Se vio zarandeada contra las paredes y, si no fuera por su densa peluca, seguramente los golpes habrían tenido consecuencias más graves. Estaba aturdida. Además, todo ese trajín le estaba provocando una especie de retortijones en su interior y una sensación muy extraña.
Y pensando que aquello que fuera que estuviera pasando era inevitable, Eva se dejó ir…
Se vio expulsada de su pequeño refugio hacia un embudo por el que se deslizó sin remedio y que le condujo a un túnel estrecho y oscuro en el que apenas cabía. Tan estrecho era que, a medida que avanzaba y a pesar de los tabiques acolchados, su larga cabellera iba enredándose y quedándose por el camino.
En medio de toda la confusión oyó unas voces chillonas. Eran muchas y no tenía claro de donde procedían, pero la rodeaban aturullándola con su cháchara. Escuchando atentamente se dio cuenta de que estaban peleándose entre sí: “¡Cuidado que voy!” oyó; “¡No, no! ¡Dejadme pasar a mí, que ya no puedo frenar!” decía otra voz; “¡Apartad que voy con prisa!” gritó alguien más; ¿Será posible tanto pelo? ¡Se me enreda la cola!, oyó exclamar también. Las voces parecían pertenecer a unos seres diminutos que pugnaban por atravesar su ya lastimosa, encrespada y expandida melena, para llegar hasta ella.
Eva se sintió amenazada por primera vez en su vida. No sabía a qué se enfrentaba, pero tenía el presentimiento de que nunca volvería a recuperar la añorada tranquilidad de su claustrofóbico, cálido, húmedo y pequeño folículo.
Y cuando intentaba calcular cuáles eran sus posibilidades de escapar, sintió un pinchazo agudo en su fina piel y vio asomar una pequeña cabeza que le dijo “¡Hola! Eres Eva ¿verdad? Me llamo Adán. Perdona la intrusión. Ha sido duro atravesar tus células de la granulosa, pero creo que ya me he deshecho de los competidores; todo un trabajazo, la verdad. Déjame que aparque la cola en la puerta y paso para que charlemos un rato. Y, si no te importa, me quito también la membrana externa, porque he hecho un largo viaje y aquí hace mucho calor.”
Entonces, Adán le explicó cómo miles de millones de compañeros (espermatozoides los llamó) habían iniciado juntos el trayecto pero que, a medida que avanzaban por aquel camino sinuoso, los más débiles se habían ido quedando atrás. Habían tenido que nadar a contracorriente y luchar contra trampas y soldados defensores; el compañerismo inicial había desaparecido y evolucionado a un espíritu competitivo que nunca pensó que llegara a tener. Pero ahora él se sentía, con diferencia, el más fuerte de todos (de hecho, estaba convencido de que lo era), y así lo demostró cuando tuvo que enfrentarse a los últimos obstáculos. “¿Sabes, Eva? Tu zona pelúcida de ovocito ha sido una prueba de fuego, ¡Pero finalmente estoy aquí!”.
Y entonces, una sensación de calor invadió el citoplasma de Eva y sus brazos acogieron a aquel “mini-ser” que había luchado tanto por llegar a su puerta. Y aquí empezó la aventura.
Aunque ya había perdido la noción del tiempo, desde hacía unos días el sentimiento de angustia se había agudizado porque notaba que algo estaba cambiando. Hacía el mismo calor sofocante de siempre, pero los muros se ampliaban a su alrededor produciendo una sensación de movimiento. Una sensación nueva tan intensa que sintió que se le ponían los pelos de punta, ese mismo pelo que, enredado a la pared, la mantenía atada y sin posibilidad de escapar de su cautiverio.
No era una ilusión. Sorprendida, Eva vio aumentar de tamaño la habitación. Podía percibir claramente como todo se reblandecía a su alrededor y empezaba a acumularse un líquido ambarino y denso en el que se vio flotar; se encontraba como inmersa en la imagen de los relojes de Dalí, donde los objetos se escurrían sin control. “¡Mecachis!” -pensó- “A ver si, después de tanto tiempo aquí encerrada voy a morir ahogada y nadie se entera”.
De repente, aquella sustancia que la rodeaba empezó a tirar de ella; sintió cómo se rompía su unión a lo que durante tanto tiempo había sido su hogar, y se vio empujada por la corriente hacia un punto luminoso en el otro extremo de recinto. Se vio zarandeada contra las paredes y, si no fuera por su densa peluca, seguramente los golpes habrían tenido consecuencias más graves. Estaba aturdida. Además, todo ese trajín le estaba provocando una especie de retortijones en su interior y una sensación muy extraña.
Y pensando que aquello que fuera que estuviera pasando era inevitable, Eva se dejó ir…
Se vio expulsada de su pequeño refugio hacia un embudo por el que se deslizó sin remedio y que le condujo a un túnel estrecho y oscuro en el que apenas cabía. Tan estrecho era que, a medida que avanzaba y a pesar de los tabiques acolchados, su larga cabellera iba enredándose y quedándose por el camino.
En medio de toda la confusión oyó unas voces chillonas. Eran muchas y no tenía claro de donde procedían, pero la rodeaban aturullándola con su cháchara. Escuchando atentamente se dio cuenta de que estaban peleándose entre sí: “¡Cuidado que voy!” oyó; “¡No, no! ¡Dejadme pasar a mí, que ya no puedo frenar!” decía otra voz; “¡Apartad que voy con prisa!” gritó alguien más; ¿Será posible tanto pelo? ¡Se me enreda la cola!, oyó exclamar también. Las voces parecían pertenecer a unos seres diminutos que pugnaban por atravesar su ya lastimosa, encrespada y expandida melena, para llegar hasta ella.
Eva se sintió amenazada por primera vez en su vida. No sabía a qué se enfrentaba, pero tenía el presentimiento de que nunca volvería a recuperar la añorada tranquilidad de su claustrofóbico, cálido, húmedo y pequeño folículo.
Y cuando intentaba calcular cuáles eran sus posibilidades de escapar, sintió un pinchazo agudo en su fina piel y vio asomar una pequeña cabeza que le dijo “¡Hola! Eres Eva ¿verdad? Me llamo Adán. Perdona la intrusión. Ha sido duro atravesar tus células de la granulosa, pero creo que ya me he deshecho de los competidores; todo un trabajazo, la verdad. Déjame que aparque la cola en la puerta y paso para que charlemos un rato. Y, si no te importa, me quito también la membrana externa, porque he hecho un largo viaje y aquí hace mucho calor.”
Entonces, Adán le explicó cómo miles de millones de compañeros (espermatozoides los llamó) habían iniciado juntos el trayecto pero que, a medida que avanzaban por aquel camino sinuoso, los más débiles se habían ido quedando atrás. Habían tenido que nadar a contracorriente y luchar contra trampas y soldados defensores; el compañerismo inicial había desaparecido y evolucionado a un espíritu competitivo que nunca pensó que llegara a tener. Pero ahora él se sentía, con diferencia, el más fuerte de todos (de hecho, estaba convencido de que lo era), y así lo demostró cuando tuvo que enfrentarse a los últimos obstáculos. “¿Sabes, Eva? Tu zona pelúcida de ovocito ha sido una prueba de fuego, ¡Pero finalmente estoy aquí!”.
Y entonces, una sensación de calor invadió el citoplasma de Eva y sus brazos acogieron a aquel “mini-ser” que había luchado tanto por llegar a su puerta. Y aquí empezó la aventura.