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El hilo que todo lo une

Robert Hooke

Es otoño y el aire carga aromas terrosos. Huele a hongos, a higos que se pudren y a castañas asadas.
Isaac descansa bajo el manzano sobre la humedad del suelo. Aunque no llueve, el agua vieja impregna las hojas, que ya no crujen convertidas en piel muerta.
Ve la casa de su madre más allá del jardín, las paredes macizas, los tejados empinados y el cercado que la separa del mundo. La peste que asola Cambridge queda lejos y parece una cosa de otro siglo.
El sol brilla e Isaac hace pantalla con su mano para mirarlo de frente; sus dedos peinan los rayos que llegan exhaustos hasta su palma y la tiñen de rosa pálido. Se puede ver la luna al sur del cielo; tímida en cuarto menguante, apenas visible. El sol poderoso y brillante, la luna pálida y diezmada, prometen una trayectoria que solo algunos, como Isaac, son capaces de leer.
Igual que los marinos conocen las rutas favorables, él ve en el firmamento los arcos que trazarán el sol y la luna, una inmensidad de pentagramas concéntricos que dibujan el cielo. El sol suena al amanecer y calla en el ocaso; la luna se viste y se desnuda en un rito acompasado a las mareas.
Es la partitura de Dios —piensa Isaac—. Él compuso esta música el primer día y desde entonces el Sol, la Luna y todos los astros del universo danzan este son manteniendo las distancias en sus órbitas ¿Qué fuerza insufla vigor a este baile? —se pregunta—. ¿Dónde está el viento que hincha estas velas?
El sol se oscurece e interrumpe sus pensamientos. Es una bandada de estorninos que, como mancha de aceite, se extiende y encoge, un torbellino de voluntades que miran y deciden en cada momento, que se desordenan incapaces de acompasar su marcha como un regimiento.
«Así se gobierna el mundo —piensa—, avanzamos por los senderos que nos acota el azar con la ilusión de que la vida es resultado de nuestra voluntad, y no el vagar del rebaño que no divisa a su pastor». Dónde está el libre albedrío en nacer sin padre, como él, en ver a su madre partir para formar otra familia y regresar viuda, o en que sólo la peste los reúna de nuevo en esa casa.
El viento arrecia y la bandada se dispersa. Una nube solitaria se mueve en el cielo y el sol, ensombrecido, parece alejarse, aunque Isaac sabe que su órbita se mantiene a diez millones de millas de ese árbol. Insufla vida desde los confines del espacio sin alejarse, como si una soga lo atara a la tierra; la luna acaricia la atmósfera desde mucho más cerca.
Las ramas se mueven y una se dobla por el peso de una manzana. El fruto se rinde y cae, todo lo que lo rodea parece ondularse: las trayectorias pasadas y futuras de todos los astros, el vuelo de los estorninos, las lomas de Lincolnshire, y hasta el pelo del joven, que se ensortija en su frente.
En cambio, la manzana cae en una línea perfecta hasta tocar la hojarasca. Isaac ve la estela en el aire, una recta poderosa que, si no hubiera suelo, habría proseguido hasta encontrar las entrañas de la Tierra, imán poderoso que atrae todas las cosas y les impide despegar del suelo. Por esto las catedrales permanecen siglos sobre sus cimientos; por esto los niños saltan con esfuerzo pero con sólo esperar a que la tierra los reclame, caen de nuevo. Isaac ve las infinitas líneas que unen las cosas a la Tierra, un gigantesco acerico invisible que sujeta cada piedra y cada árbol. Sólo los pájaros saben vencer esa fuerza con su aleteo blasfemo.
Mira al sol y la luna; distingue el cordón umbilical que los une con la tierra, el hilo invisible que los hace bailar en la distancia, como dos amantes que giran sujetándose sólo con la punta de los dedos. Amaos los unos a los otros, dicen las Escrituras, y así hacen todos los cuerpos, con mayor fuerza a mayor masa, con menor vigor a medida que se distancian. Cada minúsculo objeto del universo atrae y es atraído por todos los demás, forma parte de un telaraña invisible que todo lo cose.
Esa fuerza es la misma que hace caer los copos de nieve en invierno, la que ha de vencerse para subir la paja al granero, la que mantiene esa casa en pie desde antes de que naciera.
Isaac se levanta venciendo con su cuerpo joven la atracción insaciable de la Tierra. Se sacude el polvo de la ropa, que cae y se une al barro. Sale de la sombra del manzano y avanza decidido por un mundo que ya siempre verá hilado por la fuerza gravitatoria universal, ese poder infinito.