EL CUADERNO MISTERIOSO
Julia B.
Aquella noche la biblioteca parecía el lugar preferido de los estudiantes. ¡Cómo se notaba
que era junio y los exámenes finales se acercaban. Eran las dos de la mañana y Amelia, una estudiante de último curso en la carrera de Psicología, seguía repasando los apuntes para terminar su trabajo de fin de grado, el cual debía entregar al día siguiente. Este estudio trataba sobre el efecto que las redes sociales pueden llegar a tener en la autoestima de los adolescentes. Le faltaba localizar un antiguo informe que solo se encontraba entre esas paredes, así que se dispuso a ir en busca de este en la parte más alejada y oscura de la biblioteca.
Ya en las estanterías correspondientes, al apartar un libro que no estaba en su sitio, algo cayó al suelo. Se trataba de un cuaderno de tapa negra, sin título ni nada que lo pudiese distinguir. Al abrirlo, lo primero que vio en la primera página fue su nombre: “Amelia”. Ella se quedó helada. Era su letra, pero no recordaba haber tenido nunca ese cuaderno ni haberlo dejado por allí.
Las páginas estaban llenas de notas que estaban relacionadas con su proyecto: códigos de participantes, entrevistas, y correcciones del trabajo. Hablaban de pruebas con capturas de pantalla de perfiles o tesis sobre su trabajo. Hasta había frases en los márgenes como “Paciente 2 muestra baja autoestima tras ver comparación”. Estas aparecían junto a observaciones que coincidían con lo que ella tenía en su mesa.
Al seguir leyendo, encontró datos personales que solo ella conocía: la canción que más había escuchado en todo el verano, la historia de la cicatriz que tenía en la rodilla tras haberse caído en bici, dudas que había escrito alguna vez para sí misma. Más abajo leyó una frase que estaba subrayada: “El observador no recuerda hacerlo.” Y, al final de otra entrada, su firma, igual que la de la portada.
Según la fecha que aparecía allí, las páginas fueron escritas veinte años atrás. Por aquel entonces, Amelia recordaba que todavía no tenía claro lo que quería estudiar. Comparó su letra actual con la del cuaderno: el mismo modo de cerrar la “a”, la misma forma de acabar las frases. No recordaba haber escrito aquello. Al principio pensó que alguien le estaría gastando una broma. Pero en ese cuaderno había datos que solo sabía ella. Al final, no muy convencida, llegó a la conclusión de que su hermano se estaba riendo de ella.
Guardó entonces el cuaderno en la mochila con las manos temblorosas. Volvió a reanudar el trabajo pero no logró concentrarse. Estaba intentando encajar las piezas de un puzzle del cual sentía que había perdido muchas de ellas. Entonces surgieron las dudas. ¿Alguna vez había participado en su propio estudio sin saberlo? ¿O se trataba de un olvido real, provocado por estrés de la recta final de la carrera?
Al salir, el campus estaba vacío y las farolas tenían el tono que tienen las películas de terror cuando algo malo va a suceder, o a lo mejor era parte de la película que ya Amelia tenía en su cabeza, porque justo así se sentía: en una película de terror. La estudiante, ya desesperada, no sabía qué hacer, si llevarle el cuaderno a su tutor, tirarlo y olvidarse o devolverlo al estante donde lo encontró. Pero ella solo quería comprender quién había escrito ese cuaderno y por qué.
Al día siguiente, decidió ir antes a la universidad para hablar con el único rofesor que sabía que le podía ayudar. Cuando fue, por culpa de la mala noche que había pasado, encontró la universidad muy cambiada: las paredes tenían otros tonos y no le sonaba ninguna cara. Al entrar en su aula de siempre, encontró a un señor muy raro y, en la ventana, a una señora, mayor con el pelo muy canoso y arrugas, no los había visto en su vida.
Lo peor fue cuando este le dijo: ─Buenos días doctora Amelia, qué grata sorpresa poder contar hoy con su presencia.
Entonces, al girarse a ver a la señora, esta hacía justo los mismos movimientos que ella.
que era junio y los exámenes finales se acercaban. Eran las dos de la mañana y Amelia, una estudiante de último curso en la carrera de Psicología, seguía repasando los apuntes para terminar su trabajo de fin de grado, el cual debía entregar al día siguiente. Este estudio trataba sobre el efecto que las redes sociales pueden llegar a tener en la autoestima de los adolescentes. Le faltaba localizar un antiguo informe que solo se encontraba entre esas paredes, así que se dispuso a ir en busca de este en la parte más alejada y oscura de la biblioteca.
Ya en las estanterías correspondientes, al apartar un libro que no estaba en su sitio, algo cayó al suelo. Se trataba de un cuaderno de tapa negra, sin título ni nada que lo pudiese distinguir. Al abrirlo, lo primero que vio en la primera página fue su nombre: “Amelia”. Ella se quedó helada. Era su letra, pero no recordaba haber tenido nunca ese cuaderno ni haberlo dejado por allí.
Las páginas estaban llenas de notas que estaban relacionadas con su proyecto: códigos de participantes, entrevistas, y correcciones del trabajo. Hablaban de pruebas con capturas de pantalla de perfiles o tesis sobre su trabajo. Hasta había frases en los márgenes como “Paciente 2 muestra baja autoestima tras ver comparación”. Estas aparecían junto a observaciones que coincidían con lo que ella tenía en su mesa.
Al seguir leyendo, encontró datos personales que solo ella conocía: la canción que más había escuchado en todo el verano, la historia de la cicatriz que tenía en la rodilla tras haberse caído en bici, dudas que había escrito alguna vez para sí misma. Más abajo leyó una frase que estaba subrayada: “El observador no recuerda hacerlo.” Y, al final de otra entrada, su firma, igual que la de la portada.
Según la fecha que aparecía allí, las páginas fueron escritas veinte años atrás. Por aquel entonces, Amelia recordaba que todavía no tenía claro lo que quería estudiar. Comparó su letra actual con la del cuaderno: el mismo modo de cerrar la “a”, la misma forma de acabar las frases. No recordaba haber escrito aquello. Al principio pensó que alguien le estaría gastando una broma. Pero en ese cuaderno había datos que solo sabía ella. Al final, no muy convencida, llegó a la conclusión de que su hermano se estaba riendo de ella.
Guardó entonces el cuaderno en la mochila con las manos temblorosas. Volvió a reanudar el trabajo pero no logró concentrarse. Estaba intentando encajar las piezas de un puzzle del cual sentía que había perdido muchas de ellas. Entonces surgieron las dudas. ¿Alguna vez había participado en su propio estudio sin saberlo? ¿O se trataba de un olvido real, provocado por estrés de la recta final de la carrera?
Al salir, el campus estaba vacío y las farolas tenían el tono que tienen las películas de terror cuando algo malo va a suceder, o a lo mejor era parte de la película que ya Amelia tenía en su cabeza, porque justo así se sentía: en una película de terror. La estudiante, ya desesperada, no sabía qué hacer, si llevarle el cuaderno a su tutor, tirarlo y olvidarse o devolverlo al estante donde lo encontró. Pero ella solo quería comprender quién había escrito ese cuaderno y por qué.
Al día siguiente, decidió ir antes a la universidad para hablar con el único rofesor que sabía que le podía ayudar. Cuando fue, por culpa de la mala noche que había pasado, encontró la universidad muy cambiada: las paredes tenían otros tonos y no le sonaba ninguna cara. Al entrar en su aula de siempre, encontró a un señor muy raro y, en la ventana, a una señora, mayor con el pelo muy canoso y arrugas, no los había visto en su vida.
Lo peor fue cuando este le dijo: ─Buenos días doctora Amelia, qué grata sorpresa poder contar hoy con su presencia.
Entonces, al girarse a ver a la señora, esta hacía justo los mismos movimientos que ella.