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El asombro en tiempos de algoritmos

Miguel Fernandez-Niño

La ciencia no nace en el laboratorio ni en las métricas. Nace en la mirada, en el barro, en el juego. El asombro no pide permiso: brota. Vivir es cuestionarse.
Antes que las ecuaciones, vinieron los dedos. Antes que el método, vinieron las manos sucias. Antes que los papers, vinieron las preguntas. Porque el pensamiento científico no es un privilegio de los doctores, sino un gesto primitivo, una urgencia vital. Todos nacemos científicos. Lo somos cuando seguimos con la vista a una hormiga que cruza una grieta y nos preguntamos a dónde va. Lo somos cuando lanzamos una cuchara al suelo solo para ver cómo suena. Cuando creemos que la luna nos sigue. Lo somos cuando el “¿por qué?” se vuelve una pregunta infinita.
Tuve la suerte de vivir una infancia partida entre dos mundos. En el sur de Bogotá, donde crecí, las calles sin pavimentar, las esquinas polvorientas y los juegos compartidos con los vecinos hacían de lo cotidiano un laboratorio sin paredes. La falta de lujo no era carencia: era libertad. Cada charco era un espejo de curiosidades. Cada objeto encontrado podía ser un experimento. Nos movía una imaginación colectiva, fértil, sin reglas.
Y luego estaba el campo, durante las vacaciones. Ahí, junto a mis primos, levantábamos piedras para encontrar insectos, nos internábamos en páramos y bosques como expedicionarios sin mapa, sin miedo. Aprendíamos de la niebla, de los escarabajos, del silencio entre los árboles. Cada paseo era una expedición espontánea, guiada no por manuales, sino por la intuición y el asombro.
Por eso digo que el mundo fue mi primera escuela. No una escuela de respuestas, sino de preguntas. Una escuela sin timbres ni pizarras, pero llena de lecciones esenciales: cómo huele la tierra húmeda, cómo se esconde un insecto, cómo se abren las flores al sol, cuántas escamas tiene una serpiente.
Pero no todas las infancias permiten ese lujo. ¿Qué ocurre con el pensamiento científico en una infancia herida, rota por el miedo, marcada por el hambre o la violencia? ¿Puede brotar allí el asombro? Quizás no de forma ruidosa, pero sí como una chispa terca que sobrevive. Una forma secreta de resistencia. Porque incluso en el trauma puede persistir la pregunta. Incluso ahí, un niño puede mirar una nube y preguntarse si duele llover.
Carl Sagan lo decía sin rodeos: “Somos la forma que tiene el cosmos de conocerse a sí mismo”. Pero eso no ocurre únicamente en un laboratorio. Comienza cuando un niño, con las rodillas sucias y el pelo revuelto, mete las manos en la tierra y encuentra un gusano. Y lo observa. Y se pregunta si siente. Si ve. Si piensa. Si sueña. Esa forma de mirar el mundo (con la brutal inocencia de quien no presupone nada— es el germen más puro del pensamiento científico. Y es también, casi siempre, lo primero que se pierde.
El asombro no es un lujo infantil: es una categoría ontológica. Una forma radical de estar en el mundo. No como espectadores pasivos, sino como criaturas expuestas a la maravilla. Asombrarse no es una emoción ligera. Es una experiencia fundacional: descoloca, exige, transforma. Nos obliga a detenernos, a pensar, a cuestionar lo dado. En el asombro no hay utilidad. Y eso lo vuelve profundamente subversivo. Vivimos en una época donde todo debe servir para algo. Pero un niño no pregunta “¿para qué sirve la luna?”, sino “¿por qué está ahí?”. Esa diferencia es fundamental.
Pero, ¿qué pasa cuando el asombro se convierte en mercancía? Cuando se dosifica en videos de 30 segundos, en títulos sensacionalistas, en imágenes perfectas que no se pueden oler ni tocar. ¿Qué queda del asombro cuando Netflix, TikTok o la inteligencia artificial nos lo sirven ya procesado, sin barro, sin cuerpo, sin mundo? El asombro sin experiencia es solo estimulación. Y la estimulación sin pausa, sin contexto, nos vacía.
Por eso, cuando hablamos de ciencia, no deberíamos comenzar con Newton ni con Galileo. Deberíamos comenzar con una piedra. Con un charco. Con una niña que pregunta si las mariposas tienen lengua. Porque ahí empieza todo. En ese impulso vital que no busca utilidad ni gloria, sino sentido. Una ciencia que no reconozca esa infancia —no la biológica, sino la epistémica— es una ciencia que ha olvidado de dónde viene.
Y, quizás, también hacia dónde debería volver. Porque en tiempos donde la ciencia se ve arrinconada por la desinformación, instrumentalizada por intereses económicos, o domesticada por algoritmos que deciden por nosotros qué mirar, recuperar el asombro es más urgente que nunca. No por nostalgia, sino por necesidad. Pensar científicamente no es resolver ecuaciones: es incomodarse. Es desobedecer lo obvio. Es volver al punto cero donde no hay respuestas, solo una pregunta que tiembla. Una pregunta que, aún con miedo, se atreve. Y que no pide permiso para mirar.
Valencia, 2025
Miguel Fernández