De vuelta a Manchester.
Caye
En Manchester, Inglaterra; año 2038, vivía un científico llamado Max. Era alto, tenía unos 60 años y sus ojos eran rojos como el fuego. Max tenía una vida muy ajetreada. Estaba todo el rato de aquí para allá, y no paraba quieto. Investigaba y le buscaba una razón a todo. Era su pasión, y lo había sido desde siempre. Todos los días investigaba sobre algo nuevo. Todos los días, sin excepción.
Bueno, una excepción sí que la había. Un día, Max iba a la panadería que estaba en frente de su casa. Llevaba colgada una cadena que le había heredado su madre. Era de plata, muy grande y tenía una pequeña mariposa en el extremo derecho del broche. Pesaba unos cuantos gramos, por lo que Max no se la solía poner. El caso es que Max iba de camino cuando se generó un campo magnético a su alrededor. La gente tenía que bordearlo para cruzar, y nadie podía pasar. El vendedor, al cual parecía que por estar dentro no le afectaba, le gritó: - ¡Señor, si no va a comprar nada, se puede ir! ¿No ve que su cadena impide pasar a la clientela? – Por qué pasa eso? – Le preguntó Max al vendedor mientras cogía su donut gigante. – El otro día cambiaron la placa magnética que hay bajo el recinto, desde hace un montón de años, no me acuerdo del número exacto; por lo que cualquier metal que pese más de cinco gramos puede crear un campo magnético. Bueno, ya se puede ir, que tengo que seguir vendiendo.
Ese mismo día, Max decidió no investigar sobre eso, porque podía ser muy peligroso. Pero… ¿Quién en su sano juicio puede creerse esa promesa de un científico deseoso de saber más y más cada día? Esa misma madrugada, Max salió a la calle. Si no había nadie, no sería tan peligroso. Se colocó justo en la placa y vio cómo se creaba el campo magnético. Esperó unos minutos. Pasados unos 40 minutos, empezó a sentir vértigo. Poco después, sentía tanto que no pudo más. Cerró los ojos.
Cuando por fin se sintió capaz de abrirlos, vio que ya no estaba en su ciudad. ¿O sí? Leyó un cartel que decía “Bark Now” Ese era el nombre de la panadería en frente la cual se había puesto. Justo en ese momento, un señor pasó por ahí. Iba con un palo tocando las ventanas de todas las casas, despertando a la gente. También pudo ver que las casas estaban muy mal construidas, y que la calle estaba “dividida” en dos. Una parte estaba mucho más cuidada que la otra. Y había un montón de fábricas a los alrededores. Parecía que Max se encontraba en la Revolución Industrial. Se acercó al “Knoker up” ,que era como se llamaba el hombre. Pero parecía que no lo veía. ¿Si no podían verle, cómo podría pedir ayuda para volver a casa?
La gente empezó a salir a la calle, y Max se mezcló con el barullo. Entró en una cafetería para gente rica. Max no solo sabía de ciencias, también de letras; y sabía que las cafeterías variaban según la clase social a la que pertenecieses. Pero, si no podías verle… En la cafetería pensó y reflexionó. Si un campo magnético le había llevado allí, igual uno podía sacarlo.
Esperó hasta la madrugada. A la una, se levantó del banco en el cual había esperado. Se arrimó a la esquina en la que se encontraba la panadería. Esperó, viendo cómo se creaba otra vez el campo magnético. Por el momento, su plan funcionaba. A los cuarenta minutos, volvió a sentir vértigo. Cerró los ojos, deseando que no le llevase a otra época distinta a la que quería. Cuando los abrió, se encontró en un prado. Todo empezó a temblar. De repente, vio a un ejemplar enorme de… ¡Iguanodón! El dinosaurio lo vio, y molesto con su presencia, se acercó. Abrió su boca, y después todo oscuro. No había luz. Tres segundos después, Max se levantó, sorprendido. No sabía ni dónde estaba, ni cómo podía estar vivo. Se percató de que estaba sobre algo blando… ¡Su cama! No se lo podía creer. Todo había sido un sueño…
Esa mañana, se acercó a la panadería, con su cadena. No pasó nada, y nadie le dijo nada. Todo había sido un sueño. Todo había pasado… y había acabado bien.
Bueno, una excepción sí que la había. Un día, Max iba a la panadería que estaba en frente de su casa. Llevaba colgada una cadena que le había heredado su madre. Era de plata, muy grande y tenía una pequeña mariposa en el extremo derecho del broche. Pesaba unos cuantos gramos, por lo que Max no se la solía poner. El caso es que Max iba de camino cuando se generó un campo magnético a su alrededor. La gente tenía que bordearlo para cruzar, y nadie podía pasar. El vendedor, al cual parecía que por estar dentro no le afectaba, le gritó: - ¡Señor, si no va a comprar nada, se puede ir! ¿No ve que su cadena impide pasar a la clientela? – Por qué pasa eso? – Le preguntó Max al vendedor mientras cogía su donut gigante. – El otro día cambiaron la placa magnética que hay bajo el recinto, desde hace un montón de años, no me acuerdo del número exacto; por lo que cualquier metal que pese más de cinco gramos puede crear un campo magnético. Bueno, ya se puede ir, que tengo que seguir vendiendo.
Ese mismo día, Max decidió no investigar sobre eso, porque podía ser muy peligroso. Pero… ¿Quién en su sano juicio puede creerse esa promesa de un científico deseoso de saber más y más cada día? Esa misma madrugada, Max salió a la calle. Si no había nadie, no sería tan peligroso. Se colocó justo en la placa y vio cómo se creaba el campo magnético. Esperó unos minutos. Pasados unos 40 minutos, empezó a sentir vértigo. Poco después, sentía tanto que no pudo más. Cerró los ojos.
Cuando por fin se sintió capaz de abrirlos, vio que ya no estaba en su ciudad. ¿O sí? Leyó un cartel que decía “Bark Now” Ese era el nombre de la panadería en frente la cual se había puesto. Justo en ese momento, un señor pasó por ahí. Iba con un palo tocando las ventanas de todas las casas, despertando a la gente. También pudo ver que las casas estaban muy mal construidas, y que la calle estaba “dividida” en dos. Una parte estaba mucho más cuidada que la otra. Y había un montón de fábricas a los alrededores. Parecía que Max se encontraba en la Revolución Industrial. Se acercó al “Knoker up” ,que era como se llamaba el hombre. Pero parecía que no lo veía. ¿Si no podían verle, cómo podría pedir ayuda para volver a casa?
La gente empezó a salir a la calle, y Max se mezcló con el barullo. Entró en una cafetería para gente rica. Max no solo sabía de ciencias, también de letras; y sabía que las cafeterías variaban según la clase social a la que pertenecieses. Pero, si no podías verle… En la cafetería pensó y reflexionó. Si un campo magnético le había llevado allí, igual uno podía sacarlo.
Esperó hasta la madrugada. A la una, se levantó del banco en el cual había esperado. Se arrimó a la esquina en la que se encontraba la panadería. Esperó, viendo cómo se creaba otra vez el campo magnético. Por el momento, su plan funcionaba. A los cuarenta minutos, volvió a sentir vértigo. Cerró los ojos, deseando que no le llevase a otra época distinta a la que quería. Cuando los abrió, se encontró en un prado. Todo empezó a temblar. De repente, vio a un ejemplar enorme de… ¡Iguanodón! El dinosaurio lo vio, y molesto con su presencia, se acercó. Abrió su boca, y después todo oscuro. No había luz. Tres segundos después, Max se levantó, sorprendido. No sabía ni dónde estaba, ni cómo podía estar vivo. Se percató de que estaba sobre algo blando… ¡Su cama! No se lo podía creer. Todo había sido un sueño…
Esa mañana, se acercó a la panadería, con su cadena. No pasó nada, y nadie le dijo nada. Todo había sido un sueño. Todo había pasado… y había acabado bien.