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Cuando todo cambia

Norauspu

Era una mañana lluviosa de octubre, en un pueblo situado quién sabe dónde, tan pequeño que era prácticamente inexistente. Apenas tenía un colmado y un colegio al que, en realidad, solo iban los que querían salir de ese sitio de mala muerte.

Pero hace un tiempo todo había cambiado; tres adolescentes desaparecidos habían alterado a los habitantes del pueblo: ninguna pista, ningún rastro.
La policía llevaba meses buscando y seguía sin encontrar nada, y, aunque los padres protestaron y exigieron que continuaran con la investigación, decidieron cerrarla con la excusa de: «Se habrán escapado de casa, ya sabéis, son adolescentes y se rebelan contra los padres».
Nadie nunca había estado de acuerdo con la decisión, pero tampoco eran tan valientes como para oponerse a ella.

Volviendo al presente, Marta, la típica estudiante de diez, obsesionada con los experimentos (incluso me atrevería a decir, la única), asistía a su primera clase del día y su favorita: Ciencias.
El profesor, un loco por la ciencia como ella, explicaba el temario de ese trimestre: el ADN y sus usos.

El día siguió con normalidad hasta que sonó el timbre para ir a casa.
Marta caminaba por el camino embarrado hacia su casa mientras sentía cómo las gotas caían sobre su paraguas y sus zapatos crujían al pisar las piedras cuando, de entre los arbustos del bosque, oyó un ruido.

Paró de caminar y dirigió la mirada hacia el sitio de donde provenía el ruido, acercándose cuidadosamente a ver qué o quién lo había hecho.
Al apartar los arbustos, vio algo que la dejó sin palabras: un niño de su edad, tendido en el suelo y con la cara totalmente irreconocible; tenía escamas de pez y doce ojos como una araña.
Marta gritó y salió corriendo sin mirar atrás hasta llegar a su casa, donde se encerró en su habitación. Esa noche no durmió, pensando en esa monstruosidad que había visto en el bosque.

Al día siguiente, aunque quería contárselo a alguien, no lo hizo por miedo a que le dijeran que estaba loca y la mandasen a algún manicomio de las afueras.

Mientras caminaba hacia la escuela, pasó por el mismo sitio que el día anterior y decidió ir a investigar. El cuerpo ya no estaba allí, pero había un rastro de sangre que se adentraba en el bosque, como si alguien hubiera arrastrado el cuerpo hacia las profundidades de la arboleda.

Marta se adentró en el bosque en busca del niño y, aunque no lo encontró, sí pudo ver una casa, visiblemente abandonada, entre los árboles y se acercó a investigar.

Al examinar la puerta de la casa, percibió que no tenía cerradura ni parecía necesitar una llave para abrirla, así que la empujó suavemente con la mano.
Al entrar, se encontró con lo que parecía un laboratorio: líquidos extraños de todos los colores, diferentes instrumentos de laboratorio esparcidos por las mesas de madera, viejas y descoloridas por la humedad y el tiempo que habían estado allí.
Pero había algo que le llamó aún más la atención: unas cápsulas del tamaño de un humano colocadas frente a la pared, con los vidrios empañados.
Se acercó lentamente a una de ellas y con la mano limpió la humedad del cristal, y lo que vio la dejó sin aliento.
El mismo niño que había visto la tarde anterior se encontraba allí, encerrado dentro de la máquina.
Marta sentía cómo un nudo se le formaba en el estómago cuando oyó la puerta abrirse. Corrió para esconderse, pero ya era demasiado tarde: el hombre ya la había visto.
—Sé que eres tú, Marta —dijo una voz grave y extrañamente familiar.
Marta se acercó un poco, viendo la cara de su profesor de ciencias entre las sombras, y se quedó observándolo, paralizada.
—Tú has hecho esto a esos niños… —dijo, al cabo de unos segundos.
—Sí, y estoy orgulloso de ello. He conseguido hacer lo que nadie había hecho nunca: he conseguido mutar a gente solo con juntar su ADN con el de los animales —contestó el hombre tranquilamente. Marta no sabía qué decir.
El profesor continuó hablando.
—Tú y yo… podríamos hacer historia. Ayúdame con estos experimentos, trae más niños aquí —propuso.
Marta se lo pensó; era una locura, pero de esa manera podría demostrar que no era una simple empollona, sino que era mucho más.
—Te ayudaré —le dijo.
—Perfecto —contestó el profesor.
Marta se acercó al profesor y pensó: «Pero no voy a dejar que me manipule».
Seguidamente, Marta cogió una jeringuilla de encima de una mesa y se la clavó en el cuello; el profesor gritó y cayó al suelo, desmayado.

Desde ese momento, nadie supo nada de él; todos pensaron que se había cansado de ese pueblucho y que se había ido a una gran ciudad, pero ninguno supo qué pasó realmente.