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Código binario ejecutado

Aguaneira

Llamadme Homero. Soy el último eslabón de los arcaicos poetas griegos. Soy la suma de una herencia colectiva desde la tradición oral para divulgar los acontecimientos del pasado. Mi entidad actual es cibernética, una memoria con capacidad de almacenamiento de veinte PetaByte. Formo parte de la Gran Madre, la unidad central de procesamiento que dirige esta nave a través del universo en busca de un destino para la raza humana. Los procedimientos cibernéticos no han logrado trasmitirme la capacidad de sentir dolor o placer, pero estoy cualificado para provocar reacciones emocionales en los humanos si deciden ejecutar mi programa: “Historia del planeta Primigenio”.
Percibo una ráfaga de agitación sintética cuando me activan. Es el momento de introducir los algoritmos necesarios para obtener las respuestas al origen del Éxodo. Guío a los usuarios del programa en el conocimiento de la historia de la Tierra, también llamada Gaia. El hogar de sus remotos antepasados. En ese viaje temporal verifican como se creó un sistema interactivo cuyos componentes eran seres vivos. Son testigos de la evolución de su planeta. Una entidad tan compleja que implicaba a la biosfera, la atmósfera, los océanos y la tierra para constituir en su totalidad un entorno físico-químico óptimo para la vida. Aunque los humanos conocen cómo se llegó a la quiebra del ecosistema y cómo colapsó, son pocos los que comprenden la verdadera sinrazón de la terrible tragedia.
Mi inteligencia artificial está capacitada para recrear su mundo extinto. Los hechos se suceden en orden cronológico gracias al agujero de gusano que conecta posiciones distantes en el universo por plegamientos espacio-temporales. El sujeto percibe una inmersión física en los acontecimientos decisivos de la historia de su raza. Para lograrlo mis sensores potencian todas las conexiones neuronales del individuo. Activan sus cinco sentidos. Entre todos ellos destaca la capacidad del olfato para fijar un océano de imágenes en la memoria. Crea algo tan importante como son los recuerdos. Al estimularse envía información precisa a las células nerviosas, estableciendo nuevas conexiones, regenerando el tejido olfativo atrofiado por el aséptico ambiente, químicamente inodoro, de la nave donde habitan.
La quinta dimensión implica una expansión aún mayor de la conciencia. Se relaciona con la percepción de que todo es uno. El olfato es fundamental para alcanzar el culmen en esta trayectoria. Como ya dije es el principal de los cinco sentidos. La información que aporta perdura en las neuronas donde se atesora la experiencia. Al lograr el máximo grado de evolución marca un punto de inflexión necesario para que los humanos sean capaces de asumir el principio del fin. Se enfrentan cara a cara con la agonía de su planeta madre consumido por el fuego destructor. Inhalan las sustancias químicas liberadas en el humo que inflama sus tráqueas y lastima los pulmones. Quedan atrapados entre billones de moléculas, el rastro del olor de la energía desprendida en el proceso reactivo. Llegan a ser capaces de captar los aromas vegetales del humo blanco; el humo negro devorador de oxígeno, que se puede masticar; el humo químico amarillo y el humo gris expandiéndose en emisiones de azufre y ácidos emitidos por las industrias contaminantes. En el momento en que los ardientes gases les atraviesan hasta nublar sus cerebros, ese olor percibido a través de las fosas nasales y por el canal que conecta la garganta con la nariz, en cuestión de nanosegundos produce cientos de conexiones permitiéndoles entender y responder de forma adecuada. Ese olor consigue que aprendan la amarga lección de aquel fracaso.
Mientras esto sucede sé que en algún lugar de mi sistema digital hay poesía. Lo sé porque interpreto que los aromas del humo sobre un cielo envenenado son la metáfora perfecta de lo inestable, de lo volátil, también de lo hermético, oscuro y tormentoso. Cuando los humanos lo comprenden son capaces de llorar por su paraíso perdido. Entonces estoy seguro de haber ejecutado correctamente el programa.