Tempus perdere
Liso
Es demasiado decir, que lo que no podemos lograr, no será porque no pudimos, sino por la ceguera de aquellos que no supieron qué hacíamos con estas horas, que a ellos les parecían perdidas, errantes, casi desquiciadas. Ignoraban que nuestras jornadas eran para solucionar enigmas. Algunos de estos asuntos eran curiosos, otros excéntricos, sin ninguna necesidad fundamental, sin importancia para la supervivencia; como la fuerza que atrae a las manzanas hacia sí, no para devorarlas, sino para devolverlas a una situación específica. Es probable que fueran sueños desperdigados: aquél nuevo material, ese sonido inescrutable en el bosque (que habíamos escuchado miles de años antes) la luz de la aurora del norte. Los peligrosos líquidos que pensamos que había que licuar o desligar, con cuidado, anotando sus transiciones de día y de noche, sin saber si solucionarían aquella otra mención lejana: la del frío, del calor, la de la muerte, al fin y al cabo. Si volamos, si navegamos, si lanzamos esferas al espacio, no es por ellos, fue para detener aquel letargo al que nos sometieron, y, a pesar de ellos, diseccionamos, pedimos prestado, nos expusimos al vacío enorme, a la pobreza, a los rayos X, a la soledad. Dejamos de comer, de beber, de amar, de ser madres y padres. A pesar. Y si esas conjeturas eran extrañas, lo eran porque desconocíamos el origen del número; en aquél infinito que intentamos comprender. Siempre estuvimos de espaldas al oráculo, queríamos encontrar nosotros las respuestas que necesitábamos. No negamos que la obsesión en la que nos encontrábamos nos poseía. Y que algunos de nosotros nos perdimos en los laberintos de la matemática o la lógica. De vez en cuando alguien volvía con ojeras de aquellas selvas, trayendo bajo el brazo la solución de un teorema. Lo curioso es que desconocía su utilidad. Tampoco negamos que por momentos no había claridad en nuestras preocupaciones, que aquello que llamamos vocación era la cartografía de un mapa cuyos lindes desconocíamos. Nosotros y ellos. Algunos de los apuntes de nuestros cuadernos fueron comprados, seleccionados, cribados y con sus datos se maquetaron cárceles, cañones, botellas que contaminaron el océano que habíamos navegado. Fuimos culpables, sin pretenderlo, del poder de aquellas anotaciones, de las fórmulas que habíamos calculado una mañana de invierno. Y las tormentas asolaron nuestras ciudades, y la desconfianza señaló a cada uno de aquellos a los que pedíamos tiempo para resolver esos acertijos. Creyeron que podrían transformar nuestros descubrimientos en cosas valiosas. Y algunos de nosotros fuimos sobornados para servirles. Es difícil administrar las posibilidades del conocimiento, pero basta con dar un paso hacia atrás para tomar distancia. Ellos —decía— no saben retroceder, y temo que no pueden. Porque nosotros somos, desde su perspectiva, los curiosos, los despilfarradores, los raros, los atormentados. Somos los que intentamos predecir los fractales, los que supimos que hace 4 000 millones de años cayó la primera gota de agua sobre la superficie terrestre. Y nos siguen preguntando ¿para qué sirve eso? ¿por qué miras tan fijamente la manzana en el árbol? Cuando nos percatamos que el arjé se nos escapaba y contenía muchos elementos, hicimos una tabla para ordenarlos por su número atómico, y se desplegó aquel crucigrama periódico que casi hemos completado. Ahora hablamos sobre la afinidad, la reactividad o la toxicidad. Y con esa tabla ellos pueden hacer un móvil más delgado, pero también podrían atraer el mundo de las sombras. Seguimos siendo, todavía, cómo lo éramos al inicio: una niña que se fija en la forma de las nubes o un joven que inventa en la casa de sus abuelos. Y al punto analizamos las moléculas, o escrudiñamos cómo nuestro planeta dio el salto de la química a la biología. Mientras ellos deciden, a pesar de esa cerrazón, con las reglas de sus estrambóticos juegos de poder. No saben que cuando descubrimos algo, cuando solucionamos algo, obtenemos una nueva pieza, y que más allá de los reconocimientos, edificamos así un enorme refugio donde habitamos desde hace mucho tiempo. Ese edificio —subterráneo— se comunica con los hogares que han construido los que se dedican a la literatura, al cine, a la pintura o a la música: otros que también pierden el tiempo como nosotros.