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Octubre

Momo78

Salí a la calle. Un frío puro, primitivo, me abrazó como a un hijo. No me importó, la excitación me habría permitido correr desnudo si hubiese sido necesario sin apenas notar otra cosa que no fuera el corazón a punto de abandonar mi pecho. Me tomé unos segundos para recuperar la calma y para examinarme de arriba abajo. Todo parecía estar en su sitio. A continuación, miré a mi alrededor, aunque sabía de sobra lo que me iba a encontrar. Nada. Nadie. Empecé a caminar hacia la civilización. Pronto, mucho antes de lo que pensaba, adiviné la silueta de un hombre. Esperaba, junto a un coche averiado. Corrí hacia él con los brazos en alto. Le hice la pregunta.
-Las cuatro y diez – dijo consultando su móvil, tras superar el susto inicial de mi repentina presencia.
La respuesta del transeúnte me golpeó con violencia en el estómago. Después de años y años de investigación, de vivir aislado del mundo, de docenas de intentos y fracasos, estaba convencido de haber fabricado, al fin, una máquina del tiempo perfecta. Decidí probarla viajando sesenta minutos hacia el futuro, pero las palabras de aquel desconocido a quien consulté la hora me derrotaron completamente. Otra vez había fallado. Sentí entonces el peso de una existencia desperdiciada persiguiendo una idea loca y regresé a mi almacén dispuesto a acabar con todo. Quemé mis apuntes. Borré mis archivos. Desmonté, trituré y arrojé al río cada pieza de mi invento. Demasiado tarde me di cuenta de qué fecha era y de que, como sucede siempre durante la madrugada del último domingo de octubre, a las tres, de nuevo, habían vuelto a ser las dos.