LA CIENCIA SALVAVIDAS
Sandra
LA CIENCIA SALVAVIDAS
A Elena siempre le había gustado la biología y la química desde pequeña, incluso su primer
regalo de Navidad a los cinco años fue un libro sobre la fotosíntesis de las plantas. Ella vivía
entre libros, y apuntes, simplemente hacía lo que le gustaba. Por ello, mientras otros
alumnos se aburrían en clase, a ella le fascinaba aprender cómo funcionaban las células, las
bacterias o las reacciones químicas del cuerpo humano.
Pero en el instituto no todos compartían su entusiasmo de aprender en el día a día, pues un
chico llamado Marcos solía burlarse de ella delante de los demás. Él era uno entre muchos
otros compañeros que le hacían bullying a Elena.
─Mira, ahí va la científica loca. Seguro que se casa con un libro. Esta sola porque siempre
esta estudiando ─decía riéndose.
Toda su clase se reía de ella, haciendo que de vuelta a casa se le aguasen los ojos mientras
se preguntaba qué tenía de malo que le gustase la ciencia. Sin embargo, en lugar de
rendirse, decidió concentrarse aún más en su pasión.
Pasaba horas leyendo libros de Biología y Química, haciendo pequeños experimentos en
casa y aprendiendo sobre bacterias y antibióticos. Le fascinaba cómo algunas sustancias
podían ayudar al cuerpo a curarse, y se preguntaba si algún día ella podría contribuir a las
personas a salvar su vida.
Años después, tras mucho esfuerzo, Elena entró en la universidad para estudiar
biotecnología, una carrera complicada pero que le llenaba por dentro. Allí comenzó a
investigar distintas enfermedades, problemas sanitarios con plantas e incluso animales, sin
embargo lo que a ella le interesaba realmente era un gran problema médico que
últimamente preocupaba a toda la sociedad: algunas bacterias se estaban volviendo
resistentes a los antibióticos, lo que hacía que muchas infecciones fuesen cada vez más
difíciles de curar.
Durante meses, trabajó en el laboratorio estudiando bacterias y moléculas químicas. Un día
observó algo extraño, una bacteria producía una sustancia natural perjudicial para el
organismo que parecía destruir otras bacterias sanas por culpa de antibióticos. Después de
muchas pruebas, Elena consiguió aislar esa sustancia y convertirla en un nuevo tipo de
medicamento capaz de atacar bacterias resistentes. Su descubrimiento fue tan importante
que científicos de todo el mundo empezaron a estudiarlo, salía en todos los periódicos, los
telediarios la llamaban diariamente para hacerle entrevistas y pronto su investigación se
convirtió en un tratamiento que ayudaba a salvar muchas vidas.
Un día, mientras trabajaba en el hospital colaborando con médicos, llegó un paciente con
una infección muy grave que no respondía a los antibióticos normales. Cuando Elena vio el
nombre del paciente en el informe médico se quedó en silencio. Era Marcos. La infección era
muy peligrosa y los médicos no sabían si sobreviviría; el único tratamiento que podía
funcionar era el medicamento encontrado por Elena. Los médicos comenzaron a
administrarle las dosis correspondientes, y tras varios meses, Marcos empezó a mejorar.
Cuando Marcos despertó completamente, el médico le explicó que su vida se había salvado
gracias a un nuevo tratamiento descubierto por una científica, el chico aturdido, preguntó de
quién se trataba. De repente el médico señalo hacía la puerta. Allí se encontraba Elena,
parada, en ese momento, Marcos recordó aquellos momentos en los que se había reído de
ella delante de todos, y pronunció un tímido “lo siento”. Elena le respondió con una leve
sonrisa y dijo:
─La ciencia no vale para vengarse, sirve para ayudar a las personas y salvar vidas.
A Elena siempre le había gustado la biología y la química desde pequeña, incluso su primer
regalo de Navidad a los cinco años fue un libro sobre la fotosíntesis de las plantas. Ella vivía
entre libros, y apuntes, simplemente hacía lo que le gustaba. Por ello, mientras otros
alumnos se aburrían en clase, a ella le fascinaba aprender cómo funcionaban las células, las
bacterias o las reacciones químicas del cuerpo humano.
Pero en el instituto no todos compartían su entusiasmo de aprender en el día a día, pues un
chico llamado Marcos solía burlarse de ella delante de los demás. Él era uno entre muchos
otros compañeros que le hacían bullying a Elena.
─Mira, ahí va la científica loca. Seguro que se casa con un libro. Esta sola porque siempre
esta estudiando ─decía riéndose.
Toda su clase se reía de ella, haciendo que de vuelta a casa se le aguasen los ojos mientras
se preguntaba qué tenía de malo que le gustase la ciencia. Sin embargo, en lugar de
rendirse, decidió concentrarse aún más en su pasión.
Pasaba horas leyendo libros de Biología y Química, haciendo pequeños experimentos en
casa y aprendiendo sobre bacterias y antibióticos. Le fascinaba cómo algunas sustancias
podían ayudar al cuerpo a curarse, y se preguntaba si algún día ella podría contribuir a las
personas a salvar su vida.
Años después, tras mucho esfuerzo, Elena entró en la universidad para estudiar
biotecnología, una carrera complicada pero que le llenaba por dentro. Allí comenzó a
investigar distintas enfermedades, problemas sanitarios con plantas e incluso animales, sin
embargo lo que a ella le interesaba realmente era un gran problema médico que
últimamente preocupaba a toda la sociedad: algunas bacterias se estaban volviendo
resistentes a los antibióticos, lo que hacía que muchas infecciones fuesen cada vez más
difíciles de curar.
Durante meses, trabajó en el laboratorio estudiando bacterias y moléculas químicas. Un día
observó algo extraño, una bacteria producía una sustancia natural perjudicial para el
organismo que parecía destruir otras bacterias sanas por culpa de antibióticos. Después de
muchas pruebas, Elena consiguió aislar esa sustancia y convertirla en un nuevo tipo de
medicamento capaz de atacar bacterias resistentes. Su descubrimiento fue tan importante
que científicos de todo el mundo empezaron a estudiarlo, salía en todos los periódicos, los
telediarios la llamaban diariamente para hacerle entrevistas y pronto su investigación se
convirtió en un tratamiento que ayudaba a salvar muchas vidas.
Un día, mientras trabajaba en el hospital colaborando con médicos, llegó un paciente con
una infección muy grave que no respondía a los antibióticos normales. Cuando Elena vio el
nombre del paciente en el informe médico se quedó en silencio. Era Marcos. La infección era
muy peligrosa y los médicos no sabían si sobreviviría; el único tratamiento que podía
funcionar era el medicamento encontrado por Elena. Los médicos comenzaron a
administrarle las dosis correspondientes, y tras varios meses, Marcos empezó a mejorar.
Cuando Marcos despertó completamente, el médico le explicó que su vida se había salvado
gracias a un nuevo tratamiento descubierto por una científica, el chico aturdido, preguntó de
quién se trataba. De repente el médico señalo hacía la puerta. Allí se encontraba Elena,
parada, en ese momento, Marcos recordó aquellos momentos en los que se había reído de
ella delante de todos, y pronunció un tímido “lo siento”. Elena le respondió con una leve
sonrisa y dijo:
─La ciencia no vale para vengarse, sirve para ayudar a las personas y salvar vidas.