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Juan y la trigonometría: Un amor triangular

Gaia

–¡Juan! ¡No me lo puedo creer!--Exclamó la profesora–¡Tienes abierto el libro de Matemáticas!
Fue ese el momento en el que todos mis compañeros se giraron a ver el extraño suceso: Sí, Juan, el que aprobaba el recreo de puro milagro, tenía sacado el libro. Y no sólo eso, estaba atendiendo.
–Me han cambiado a mi Juanito–decía mi amigo Rodolfo preocupado.
–Es que me he enamorado.
Era cierto. Me había enamorado profundamente. Lo peor es que tenía el libro por carpeta, donde guardaba los muchos poemas que le había dedicado a mi amada desde la noche anterior. ¿Y cómo no iba a hacerlo? Quien no está enamorado de ella, es porque no la conoce, o no lo suficiente.
Su rectitud, su armonía, sus grados… Todo en ella era perfecto.
Me sacaron de mi pensamiento mis compañeros, que me miraban como si me hubiera crecido una mano encima de la cabeza. Y no, sólo era amor.
–¡De la trigonometría me he enamorado!
Todos mis compañeros se giraron a mí y me miraron con la misma cara: Ojipláticos, con la boca a punto de que les entrara una mosca y completamente quietos. Después, estallaron en una risa al unísono.
Cuando hubieron parado, la profesora soltó el discurso que suelta cualquier profesor mayor cuando ocurre algo que les extraña, casi tomándome por loco.
–¿Qué? ¡Es lo más extraño que he escuchado en mis veinte años de experiencia como profesora! ¿Por qué de la trigonometría y no del álgebra?
Quedaba claro. Sus ángulos, sus formas lineales y hermosas, sus mil y una fórmulas; ella era la perfección.
Así, me levanté de la silla, formando un ángulo de sesenta grados exactos con mi cuerpo y esta, para así tomar el libro de Matemáticas, cuyas hojas habían formado un ángulo de casi ciento ochenta grados. Después, me dirigí a toda mi clase con mi nueva iluminación:
Fue Pitágoras–proclamaba subido de manera perpendicular a la mesa–, Pitágoras de Samos, quien me la presentó.
–¿Y yo? ¿Quién te la ha explicado?
–A ti no te hacía caso. Pero a Pitágoras sí. Y tenía razón: El arjé, causa y fin último de todo… son los números–proseguí.--¿Escucháis eso? ¡No! ¡Se trata de la música cósmica!
–¿Y quién puede escucharla?--dijo Rodolfo.
–Sólo mi amada, y la veo en todas partes. En vuestros ojos, en los bosques, en los ríos, en los lagos, en las ciudades, en clase de Matemáticas…
–Estás delirando, Juan–quiso decirme mi amigo, al cual no le presté atención. ¡Cuánto me compadezco de este triste acusmático!
–¡Da tú la clase, Juanito, si tan enamorado estás!--me espetó la profesora.
Yo seguí sus órdenes.
–¿No lo notáis? Vuestras rodillas ahora mismo están en un ángulo recto, de seno 1 y coseno 0–explicaba mientras dibujaba mi antes odiada circunferencia–. Si dividimos todo, sacamos la tangente de noventa, y uno entre cero da… ¡Infinito! ¡Tenéis el infinito en vuestras rodillas! ¿No es maravilloso? ¡Lo llevamos dentro!
–¿Eres tú, Juan?--preguntó la profesora preocupada.
–Yo creo que no–respondió una compañera.
–A mí me lo han cambiado. ¡Vaya tóxica es la trigonometría! Ahora nadie me acompañará a suspender todas.
–Yo sí–bromeó la que me suspendía, triste mundana.
No lo entienden. Les falta iluminación.
–Sólo te falta escribirle poemas a tu nueva novia.
¿Quién lo dijo? No lo sé. Y me salió del alma misma escibirle tantas alabanzas amorosas como números tiene la recta real. Aquí va uno de ejemplo, el mismo que recité en clase a pleno pulmón, mirando al cielo, al cosmos, como si de un rezo se tratara:

¡Oh, Trigonometría!
¡Siempre, siempre, te encuentro en los lugares!
¡Fuente de la armonía
de los ríos, de los mares!
¡Amor de ángulos, versos triangulares!

–¡Vivan los novios!--Escuché.
Y sí, vivan los novios, viva el amor. Después, me dirigí a la biblioteca, a seguir haciendo ejercicios de Matemáticas. Definitivamente la trigonometría es algo positivo en mi vida, por eso se ha convertido en mi novia, mi amada y mi religión. Algunos dirán que es tóxica, que no me junto más con Rodolfo… ¿Pero qué importa? Quiero tener hijos con ella, y se llamarán Seno, Coseno y Tangente. Y mis nietos, cosecante, secante y cotangente.