Skip to main content

El desierto oscuro

Dustin

27 años y 103 días después del incidente.
Si estáis leyendo esto, es que ha ocurrido lo que no debería haber ocurrido nunca: la tierra se ha convertido en un desierto, ha sucumbido bajo un manto de oscuridad implacable. Quiero que sepáis que esto no ha ocurrido porque sí; todo esto es por causa nuestra, del ser humano. Experimentos radiactivos y guerras han cambiado la faz del planeta. Escondeos, corred, los peligros acechan por todas partes, sobrevivid todo lo que podáis. No sé si aún habrá algún resquicio de esperanza, pero si la hay, aprovechadla.
Fdo. Doctor Martin Flanders (biólogo).
Cuando terminaron de leer la carta, Ratón dijo muy nervioso —Laia, tenemos que volver, se nos acaba el oxígeno—.
—Vale, nos vamos— dijo Laia.
Cuando la expedición llegó a la aldea fue bien recibida por los pocos habitantes que quedaban al ver que habían traído víveres para una semana entera. Con ellos dos, eran diecisiete en toda la aldea, lo que hacía muy difícil su supervivencia.
Al anochecer, se acostaron en sus camastros pensando en que el siguiente día podría ser el último. Finalmente, cerraron los ojos aplastados por la fatiga.
Ratón se despertó bañado en sudores fríos, había oído un grito. En ese mismo instante un segundo grito rasgó la noche.
Ratón maldijo para sus adentros al tiempo que salía apresuradamente de su catre.
Al salir, lo que vio, lo dejó aterrado, los supervivientes corrían despavoridos. Unos seres vagamente humanoides los perseguían dándoles muerte instantáneamente con la poderosa fuerza de sus brazos. Aquí y allá yacían cadáveres de los que no habían podido resistir a su brutal fuerza.
El rostro de aquellos seres era horroroso, arrugado y macilento, sus ojos pequeños completamente negros causaban una gran conmoción en los supervivientes.
Ratón empezó a ayudar a sus compañeros a combatir a los Crools, sabía que eran imposibles de vencer, pero si los contenían lo suficiente, se marcharían.
Llegado el alba, los únicos supervivientes que quedaban eran los dos exploradores, Ratón y Laia.
Al final, decidieron trasladarse a otro lugar, ya que era imposible sostener el poblado ellos solos y seguramente habría más aldeas al norte.
Estaban muy impactados por la muerte del Jefe
Cogieron todas las provisiones que pudieron y se montaron en el coche.
El viaje fue duro, amargas lágrimas resbalaban por su cara cuando pensaban en sus compañeros y hermanos caídos en batalla. Finalmente, el coche se quedó sin gasolina y tuvieron que bajarse y seguir el camino andando.
Los víveres empezaban a escasear. Caminaron durante semanas, con la comida disminuyendo a pasos agigantados.
Cuando estaban al borde de la muerte, avistaron en el horizonte un poblado, pero al llegar sus esperanzas se desvanecieron. El pueblo estaba desierto, cadáveres amontonados aquí y allá dentro de las cabañas. esos hombres y mujeres no habían sido asesinados, habían muerto de inanición. En ese momento, se escuchó un golpe seco a su espalda, cuando se dio la vuelta Ratón yacía inconsciente en el suelo. Inmediatamente Laia corrió a socorrerle. Hacía lo que podía pero Ratón iba empeorando por momentos, su pulso se empezó a ralentizar, y finalmente se apagó. Laia había visto muchas muertes, pero esta había sido la peor, después de esto sentía un vacío en su estómago, como si le faltara algo. Se había quedado sola.
Cuando despertó, Laia estaba rodeada de gente, le dijeron que iban a celebrar un funeral en nombre de su amigo.
El funeral no era muy diferente al que hacían en su antiguo pueblo, hasta que los supervivientes cogieron una gran bandera amarilla y la clavaron profundamente junto al cadáver de Ratón en nombre de su dios. Después del funeral Laia se quedó junto a la tumba sumida en sus recuerdos con Ratón. Entonces lo vio, un insignificante hilillo de agua corría por la tierra. Laia arrancó la bandera del suelo, bajo la arena había una gran capa de desechos de plástico y petróleo, y de más abajo brotaba agua con un tono verdoso. Laia, que era científica, empezó a analizar el agua detenidamente, unos microorganismos llamados espirulina vivían en ese agua. Laia recordó que ese tipo de cianobacterias limpiaban el dióxido de carbono del aire muy velozmente, así que eufórica, saco un bolígrafo y papel de uno de los bolsillos de su mochila, y de otro sacó una cantimplora. En el papel apuntó todo lo que había descubierto sobre el agua y que aquellas cianobacterias podían salvar el mundo. La cantimplora la llenó de aquel agua.
Después enterró la carta y la botella juntas al lado de Ratón. Cuando los supervivientes se enteraron de que Laia había desenterrado la bandera, la ejecutaron por sacrílega, pero la carta y la cantimplora eran la esperanza que podría salvar al mundo.