Doce horas.
Lana Kesse
María empezaba a cansarse. Le parecía que llevaban caminando una eternidad. Tenía ganas de dejarse caer en el suelo y quitarse aquellas botas que pesaban como si estuvieran llenas de piedras. Apenas levantaba los pies al andar.
De pronto, un gran charco llamó su atención.
A María le encantaban los charcos. Le gustaba pisarlos con fuerza y ver cómo las astillas y las hojas caídas vivían allí una vida secreta, arrastradas por corrientes diminutas, girando como pequeños barcos en un mundo propio. María se lanzó hacia delante, olvidando el cansancio y el peso de las botas, imaginando ya el estallido de miles de gotas saltando del agua turbia.
Pero una voz cortante la detuvo en seco.
— ¡Quieta! ¡Ni se te ocurra!
María se quedó inmóvil. Lentamente se volvió, encogiendo la cabeza entre los hombros. La Señorita avanzaba hacia ella con el rostro redondo ligeramente enrojecido. La tomó del brazo y la apartó del charco.
—Lo único que me faltaba hoy era ponerme a lavar ropa —murmuró la mujer para sí misma.
Pero María lo oyó igualmente.
Siguió caminando obediente junto a la Señorita, aunque dentro de ella empezaba a extenderse una inquietud espesa, como tinta negra derramándose poco a poco.
Llevaban mucho tiempo andando y María ya no reconocía nada. Los edificios eran altos, grises, todos iguales. No se parecían en nada al barrio donde vivía con sus padres. Allí las casas —la suya y las de los vecinos— tenían dos plantas, jardín, patio… y algunos incluso piscina.
María recordaba el nombre de su calle. Mamá siempre dice que es importante saber la dirección.
Y además mamá dice…
María se detuvo de repente, como si alguien la hubiera clavado al suelo. La Señorita, sorprendida, se tambaleó un poco al perder el equilibrio.
—Y además mamá dice —dijo María en voz alta— que no se puede ir a ninguna parte con desconocidos.
Bajó la cabeza. Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.
La mujer intentó abrazarla, pero María se apartó bruscamente.
—¡No me toque! ¡No la conozco! ¡Quiero ir con mi mamá! ¡Ella me está buscando!
Pero la Señorita se aferró con fuerza a la manga de su abrigo, como si no oyera nada. Tampoco parecían oír nada los transeúntes, que pasaban a su lado sin detenerse.
—¿Y sabes qué? —dijo finalmente la mujer—. Vamos a tomar un helado. Le sostuvo suavemente la barbilla y la miró a los ojos.
María dejó de sollozar y se limpió la nariz con la mano.
— ¿De qué sabor?
—Del que tú quieras.
—No sé…
—Pues piénsalo mientras caminamos, ¿de acuerdo?
María, tranquilizada por la promesa del helado, siguió caminando junto a la Señorita.
Entraron en un edificio con una cruz verde en la fachada.
—Hola, Elsa. Hola, María —saludó un hombre canoso desde detrás del mostrador.
—¿De dónde sabe mi nombre? —pensó María con un nuevo estremecimiento de inquietud, sin responder al saludo—. Aquí todos están compinchados.
Elsa sonrió, devolvió el saludo y sacó del bolso una pequeña tarjeta de plástico. El hombre la cogió, la acercó a un lector y, al cabo de unos segundos, un tubo transparente —parecido a los toboganes de un parque acuático— escupió sobre la mesa una cajita.
—Le recuerdo que debe tomarlo una vez al día, no más —dijo él.
—Sí, sí, lo sé, gracias —respondió Elsa mientras rompía con impaciencia el blíster.
Mientras tanto, María miraba sus botas.
Elsa se acercó y le mostró en la palma de la mano un caramelo redondo, azul como un trocito de cielo.
—Mira qué caramelo tan bonito y rico. A ti te gustan los caramelos, ¿verdad?
María se lo metió en la boca.
—También me gusta el helado —añadió—. ¿Me lo vas a comprar?
Salieron de nuevo a la calle.
El tiempo había cambiado. El sol brillaba en los charcos que habían quedado tras el chaparrón reciente. El aire estaba lleno de fiesta: puestos de libros cubiertos de gente como si fueran colmenas abiertas, el aroma ligero de las rosas y, desde la plaza, los sonidos de la sardana.
—Me encanta esta fiesta —dijo María con los ojos encendidos, agarrando a Elsa del brazo—. ¡Vamos! ¡Vamos a bailar la sardana!
— ¿Y el helado? —preguntó Elsa sonriendo.
—Puede esperar —dijo María—, lo comeremos más tarde. Pero primero vamos a bailar y luego te regalaré un libro.
Hacía mucho tiempo que Elsa no se dirigía a Dios en sentido religioso. Pero ahora, apretando en el bolsillo esa pequeña caja tan valiosa, daba gracias desde lo más profundo del corazón al esfuerzo de todas aquellas personas, que habían logrado devolverle, al menos durante las próximas doce horas, a su mamá.
De pronto, un gran charco llamó su atención.
A María le encantaban los charcos. Le gustaba pisarlos con fuerza y ver cómo las astillas y las hojas caídas vivían allí una vida secreta, arrastradas por corrientes diminutas, girando como pequeños barcos en un mundo propio. María se lanzó hacia delante, olvidando el cansancio y el peso de las botas, imaginando ya el estallido de miles de gotas saltando del agua turbia.
Pero una voz cortante la detuvo en seco.
— ¡Quieta! ¡Ni se te ocurra!
María se quedó inmóvil. Lentamente se volvió, encogiendo la cabeza entre los hombros. La Señorita avanzaba hacia ella con el rostro redondo ligeramente enrojecido. La tomó del brazo y la apartó del charco.
—Lo único que me faltaba hoy era ponerme a lavar ropa —murmuró la mujer para sí misma.
Pero María lo oyó igualmente.
Siguió caminando obediente junto a la Señorita, aunque dentro de ella empezaba a extenderse una inquietud espesa, como tinta negra derramándose poco a poco.
Llevaban mucho tiempo andando y María ya no reconocía nada. Los edificios eran altos, grises, todos iguales. No se parecían en nada al barrio donde vivía con sus padres. Allí las casas —la suya y las de los vecinos— tenían dos plantas, jardín, patio… y algunos incluso piscina.
María recordaba el nombre de su calle. Mamá siempre dice que es importante saber la dirección.
Y además mamá dice…
María se detuvo de repente, como si alguien la hubiera clavado al suelo. La Señorita, sorprendida, se tambaleó un poco al perder el equilibrio.
—Y además mamá dice —dijo María en voz alta— que no se puede ir a ninguna parte con desconocidos.
Bajó la cabeza. Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.
La mujer intentó abrazarla, pero María se apartó bruscamente.
—¡No me toque! ¡No la conozco! ¡Quiero ir con mi mamá! ¡Ella me está buscando!
Pero la Señorita se aferró con fuerza a la manga de su abrigo, como si no oyera nada. Tampoco parecían oír nada los transeúntes, que pasaban a su lado sin detenerse.
—¿Y sabes qué? —dijo finalmente la mujer—. Vamos a tomar un helado. Le sostuvo suavemente la barbilla y la miró a los ojos.
María dejó de sollozar y se limpió la nariz con la mano.
— ¿De qué sabor?
—Del que tú quieras.
—No sé…
—Pues piénsalo mientras caminamos, ¿de acuerdo?
María, tranquilizada por la promesa del helado, siguió caminando junto a la Señorita.
Entraron en un edificio con una cruz verde en la fachada.
—Hola, Elsa. Hola, María —saludó un hombre canoso desde detrás del mostrador.
—¿De dónde sabe mi nombre? —pensó María con un nuevo estremecimiento de inquietud, sin responder al saludo—. Aquí todos están compinchados.
Elsa sonrió, devolvió el saludo y sacó del bolso una pequeña tarjeta de plástico. El hombre la cogió, la acercó a un lector y, al cabo de unos segundos, un tubo transparente —parecido a los toboganes de un parque acuático— escupió sobre la mesa una cajita.
—Le recuerdo que debe tomarlo una vez al día, no más —dijo él.
—Sí, sí, lo sé, gracias —respondió Elsa mientras rompía con impaciencia el blíster.
Mientras tanto, María miraba sus botas.
Elsa se acercó y le mostró en la palma de la mano un caramelo redondo, azul como un trocito de cielo.
—Mira qué caramelo tan bonito y rico. A ti te gustan los caramelos, ¿verdad?
María se lo metió en la boca.
—También me gusta el helado —añadió—. ¿Me lo vas a comprar?
Salieron de nuevo a la calle.
El tiempo había cambiado. El sol brillaba en los charcos que habían quedado tras el chaparrón reciente. El aire estaba lleno de fiesta: puestos de libros cubiertos de gente como si fueran colmenas abiertas, el aroma ligero de las rosas y, desde la plaza, los sonidos de la sardana.
—Me encanta esta fiesta —dijo María con los ojos encendidos, agarrando a Elsa del brazo—. ¡Vamos! ¡Vamos a bailar la sardana!
— ¿Y el helado? —preguntó Elsa sonriendo.
—Puede esperar —dijo María—, lo comeremos más tarde. Pero primero vamos a bailar y luego te regalaré un libro.
Hacía mucho tiempo que Elsa no se dirigía a Dios en sentido religioso. Pero ahora, apretando en el bolsillo esa pequeña caja tan valiosa, daba gracias desde lo más profundo del corazón al esfuerzo de todas aquellas personas, que habían logrado devolverle, al menos durante las próximas doce horas, a su mamá.