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Vivo y muerto

Pulsar

—Hoy es un gran día —pensó mientras terminaba de leer el artículo—. Los ha pillado por los faldones —dijo en voz alta mientras sonreía.
Se levantó de la silla y se puso a buscar por los armarios del laboratorio. La última publicación de Einstein demostraba que la mecánica cuántica estaba incompleta, habían encontrado una contradicción en ella.
—¡Los malditos físicos de Göttingen se equivocaban! —afirmó mientras colocaba un contador Geiger dentro de un baúl de acero. Él siempre había pensado en la onda como la verdadera protagonista, y detestaba todas esas interpretaciones probabilísticas sin sentido.
Un gato apareció por la ventana. —Justo a tiempo —exclamó—. ¿Lo quieres? —preguntó al gato mientras sostenía un pescado por la cola. Lo dejó en el interior del baúl y dio unos pasos atrás. El gato hambriento no tardó en saltar dentro y Schrödinger lo atrapó junto a su dispositivo infernal. En el transcurso de una hora uno de los átomos radiactivos podría desintegrarse, pero con igual probabilidad, ninguno lo hará. Si ocurriese, el contador se descargaría y a través de un relé liberaría un martillo que rompería un pequeño frasco de ácido cianhídrico.
—Según la mecánica cuántica dogmática en esta caja habrá un gato vivo y muerto al mismo tiempo. ¡Qué ganas de verlo! —Mientras se reía miro el reloj de pared y se sobresaltó, iba a llegar tarde.

Hacía ya más de un mes que estaba dando clases particulares de matemáticas a dos mellizas. Venían a su casa en Zürich una vez a la semana; y en cuando llegó, Anny le informó de que le estaban esperando en el salón. Una de ellas, Ithi, había suspendido matemáticas ese curso, y tenía que recuperar durante el verano. El temario consistía en álgebra y algo de trigonometría básica... y aunque de aquellas clases mucho más se podría contar, aquí no lo voy a elaborar.

Giró el pomo de la puerta y la abrió buscando a Ithi con la mirada. Pero no había nadie en la mesa, ni tampoco en el sofá.
—¿Ithi? —preguntó extrañado mientras entraba en el salón para observar mejor.
No había nadie allí. Se dio la vuelta buscando el pasillo, pero encontró la puerta cerrada. No la había oído cerrarse.
—¡Anny! —gritó enfadado mientras regresaba a la puerta.
El pomo no giraba. Iba a volver a gritar cuando el ruido de un jarrón estallando contra el suelo le interrumpió. Se dio la vuelta asustado y quedó paralizado, sobre la mesa de la que había caído el jarrón se alzaba imponente un gato que le miraba fijamente mientras zarandeaba la cola. El mismo gato que había encerrado en el laboratorio. Y junto a él, estaba el aparato que había construido esa mañana. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba atrapado, estaba dentro del baúl, estaba vivo y muerto.