UN FOTÓN Y SUS CARTAS
LAIA
Soy un fotón. O lo fui. O lo seré en otro universo, donde volveré a olvidar lo que es el tiempo por un instante infinitamente corto, para que quizás, y solo con suerte, vuelva a la singularidad que me ha permitido jugar esta fugaz partida. Una partida de cartas, una muy particular.
Mi existencia abarca un viaje interestelar de 13.800 millones de años terrestres. Nací fuerte, con mucha energía, viajé sin descanso y sin conciencia, oscilando en mis fases, sufriendo las consecuencias de campos gravitatorios y de una expansión que me alargaba y me hacía perder energía, la cual desaparecía, sin más, en el vasto tejido del espacio-tiempo. Pero pese a todo eso, nada me detuvo. Llegué a un planeta llamado Tierra, y me encontré con un libro. Ahora, puedo decir con seguridad, que ese librito se titulaba “El Todo”, y fue escrito e ilustrado por una humana que tan solo había dado siete vueltas a su estrella en lo que llevaba de vida.
Seguí viajando, hasta que llegué aquí, o mejor dicho, a ahora, la singularidad. Este suceso es el que me ha brindado tantas cartas, tantas posibilidades, al permitirme acceder a toda la información que se ha engullido este agujero negro como si de viajar en vacío se tratara, información que se ha grabado en una superfície llamada horizonte de sucesos, y que quizá se convierta, con mucha honra, en la madre de mi futuro (o el pasado más primordial de un tiempo invertido).
Sigo siendo igual de joven que cuando nací, mi vida solo era información en el espacio. Para mí, el tiempo no tenía sentido, pero ahora soy capaz de comprenderlo. Ese punto al que me dirigía perdió su dirección espacial, mi cono se curvó tanto al cruzar el horizonte, que la singularidad dejó de ser un lugar para convertirse en un momento. Ahora sé que fui un fotón, que estaba entrelazado con mis hermanos fotones, los cuales no han logrado llegar a un ahora propio. No obstante, sí que lo han logrado otros, con información de la que yo no disponía ni siquiera por mi onda de probabilidad; ahora somos todos uno, lo mismo, singularidad, y gracias a nuestra información grabada en el horizonte de sucesos, sé lo suficiente para jugar mis cartas. Y me surge una pregunta a la que urge una respuesta… ¿Qué es un fotón?
Puede que fuera una onda, una partícula, una cuerda o un bosón cuántico responsable de las interacciones electromagnéticas, siendo así el lenguaje del universo. Puede que fuera todas ellas, o simplemente un holograma de un código en binario. Pero… ¿Cómo iba a ser una partícula si no tenía masa o siquiera una posición fija? ¿Cómo iba a ser una onda si al tener frecuencia se requiere tiempo? ¿Cómo mi vibración iba a ser un grito en mi ahora congelado? ¿Cómo iba a ser una cuerda uniendo dimensiones invisibles si ahora, donde el espacio se rinde, ya no hay dimensiones que habitar? ¿Cómo iba a ser una nube de posibilidad, si ya mi único destino es la singularidad?
Yo era importante, mi velocidad era la frontera que separaba el pasado del futuro, yo determinaba los límites de la causalidad, pero… Puede que todo fuera una ilusión.
Pude ser todo, y nada a la vez. Poseo demasiadas cartas que no me otorgan claridad alguna, valga mi propia ironía.
Ni siquiera estoy seguro ya de que el dicho librito que afirmé llamarse “El Todo” llegara a existir de verdad, o las propias leyes que rigen el universo en el que creo haber nacido.
Me dejé ahogar en la soberbia que nace inherente a mi pensamiento, al igual que aquellos, los humanos. Ellos, incluso con su ciencia que encontraba respuestas a las preguntas que se hacía su madre, la filosofía, se creían dueños de la verdad. Pero la realidad, o más bien la imaginación, es que me he quedado sin respuestas. Ya no sé nada, solo sé que, una vez te descartas de toda la baraja, solo puedes estar seguro de estar pensando esto mismo. Pienso, y luego, quizá con suerte, pueda existir.
Mi existencia abarca un viaje interestelar de 13.800 millones de años terrestres. Nací fuerte, con mucha energía, viajé sin descanso y sin conciencia, oscilando en mis fases, sufriendo las consecuencias de campos gravitatorios y de una expansión que me alargaba y me hacía perder energía, la cual desaparecía, sin más, en el vasto tejido del espacio-tiempo. Pero pese a todo eso, nada me detuvo. Llegué a un planeta llamado Tierra, y me encontré con un libro. Ahora, puedo decir con seguridad, que ese librito se titulaba “El Todo”, y fue escrito e ilustrado por una humana que tan solo había dado siete vueltas a su estrella en lo que llevaba de vida.
Seguí viajando, hasta que llegué aquí, o mejor dicho, a ahora, la singularidad. Este suceso es el que me ha brindado tantas cartas, tantas posibilidades, al permitirme acceder a toda la información que se ha engullido este agujero negro como si de viajar en vacío se tratara, información que se ha grabado en una superfície llamada horizonte de sucesos, y que quizá se convierta, con mucha honra, en la madre de mi futuro (o el pasado más primordial de un tiempo invertido).
Sigo siendo igual de joven que cuando nací, mi vida solo era información en el espacio. Para mí, el tiempo no tenía sentido, pero ahora soy capaz de comprenderlo. Ese punto al que me dirigía perdió su dirección espacial, mi cono se curvó tanto al cruzar el horizonte, que la singularidad dejó de ser un lugar para convertirse en un momento. Ahora sé que fui un fotón, que estaba entrelazado con mis hermanos fotones, los cuales no han logrado llegar a un ahora propio. No obstante, sí que lo han logrado otros, con información de la que yo no disponía ni siquiera por mi onda de probabilidad; ahora somos todos uno, lo mismo, singularidad, y gracias a nuestra información grabada en el horizonte de sucesos, sé lo suficiente para jugar mis cartas. Y me surge una pregunta a la que urge una respuesta… ¿Qué es un fotón?
Puede que fuera una onda, una partícula, una cuerda o un bosón cuántico responsable de las interacciones electromagnéticas, siendo así el lenguaje del universo. Puede que fuera todas ellas, o simplemente un holograma de un código en binario. Pero… ¿Cómo iba a ser una partícula si no tenía masa o siquiera una posición fija? ¿Cómo iba a ser una onda si al tener frecuencia se requiere tiempo? ¿Cómo mi vibración iba a ser un grito en mi ahora congelado? ¿Cómo iba a ser una cuerda uniendo dimensiones invisibles si ahora, donde el espacio se rinde, ya no hay dimensiones que habitar? ¿Cómo iba a ser una nube de posibilidad, si ya mi único destino es la singularidad?
Yo era importante, mi velocidad era la frontera que separaba el pasado del futuro, yo determinaba los límites de la causalidad, pero… Puede que todo fuera una ilusión.
Pude ser todo, y nada a la vez. Poseo demasiadas cartas que no me otorgan claridad alguna, valga mi propia ironía.
Ni siquiera estoy seguro ya de que el dicho librito que afirmé llamarse “El Todo” llegara a existir de verdad, o las propias leyes que rigen el universo en el que creo haber nacido.
Me dejé ahogar en la soberbia que nace inherente a mi pensamiento, al igual que aquellos, los humanos. Ellos, incluso con su ciencia que encontraba respuestas a las preguntas que se hacía su madre, la filosofía, se creían dueños de la verdad. Pero la realidad, o más bien la imaginación, es que me he quedado sin respuestas. Ya no sé nada, solo sé que, una vez te descartas de toda la baraja, solo puedes estar seguro de estar pensando esto mismo. Pienso, y luego, quizá con suerte, pueda existir.