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Mares del pasado

Polaris

Recorrió con el dedo la página, con los ojos brillantes de fascinación. Acercó el libro a la claridad del tragaluz y dejó escapar un suspiro contenido.
Se calzó el libro bajo el brazo y salió corriendo hacia el salón, donde el abuelo dormitaba en el sofá, con los brazos cruzados.
—¡Yayo, mira esto! —dijo, dejándole el libro en el regazo mientras buscaba de nuevo la página.
—¿De dónde has sacado ese libro? —preguntó el abuelo, frunciendo el ceño, aún aturdido por el sueño.
—Del desván —se limitó a responder la niña, sin dejar de pasar páginas.
—¿Qué te tiene dicho tu padre sobre subir ahí? Es peligr…
—¡Aquí está! —lo interrumpió, alzando el libro.
Era una fotografía submarina de un arrecife, que se extendía por el fondo marino hasta donde alcanzaba la vista. Peces de todos los colores danzaban entre los haces de luz que se filtraban a través de las olas.
—Había olvidado este libro de buceo... Me lo regaló tu bisabuelo cuando yo era niño —murmuró el abuelo, con una media sonrisa.
La niña señaló un punto indefinido de la página, inclinándose sobre el regazo del abuelo.
—¡Pero mira esos arbolitos de colores!
El abuelo se ajustó las gafas de leer, que le resbalaban por el puente de la nariz.
—Ah, sí. Eso son corales, cariño.
—¡Y mira todos esos peces! ¿De verdad hay tantos?
El abuelo la observó un instante, y luego volvió a la página.
—Había muchos más de los que caben en la foto —dijo en voz baja, con un deje melancólico.
La niña alzó la vista hacia él, intrigada.
—¿Dónde? ¿Está cerca?
—Tan solo a unos kilómetros. —respondió tras una breve pausa—. De hecho, tu padre ha ido hoy a pescar cerca de allí.
La niña abrió mucho los ojos y empezó a dar saltitos por la estancia.
—¡Le diré a papá que me lleve! Quiero ir a ver todos esos peces. ¡Y los corales también!
El abuelo torció el gesto, lastimoso.
—Me temo que esa imagen es muy antigua, cielo. Ese lugar ya no es así.
La niña se quedó quieta.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esos sitios ya no existen —respondió él, revolviéndose en su asiento—. Pero, si quieres ver peces, podemos ir al acuario algún día.
—Pero yo quería verlos en el mar…—murmuró la niña, bajando la vista.
El abuelo no supo qué decir. Por suerte, en ese momento se abrió la puerta de la casa.
—¡Papi!
Un hombre corpulento cruzó el recibidor hasta la mesa del comedor, y dejó caer sobre ella las redes que llevaba al hombro.
—¿Ha habido suerte? —preguntó el abuelo, incorporándose en el sofá.
—Un par de gambas, un pargo y un jurel —dijo el hombre, desplomándose en el sofá y pasándose la mano por la cara —. Apenas alcanza para cenar los tres.
La niña se sentó a la mesa y se puso a rebuscar entre las redes, a ver si su padre había pasado algo por alto.
—Hay algunas piedras blancas… pero tienen una forma bonita.
—Eso, cariño mío, son corales —dijo el abuelo con una sonrisa indulgente. —o lo que queda de ellos.
La niña se quedó paralizada.
—¿Qué les ha pasado?
—La generación del abuelo les ha pasado—dijo el padre, obligándose a levantarse del sofá—. Voy a limpiar el pescado para la cena.
El abuelo vio cómo la niña seguía con la mirada a su padre hasta que desapareció en la cocina. Luego bajó los ojos hacia el esqueleto de coral que sostenía entre los dedos. Parecía que iba a echarse a llorar.
—Los corales eran en realidad colonias de miles de pequeños animales, que vivían en equilibrio con unas algas diminutas —explicó el abuelo con voz pausada—. Pero ahora el mar es mucho más cálido, y a esos bichitos no les gusta… así que se han ido.
—¿Ya no queda ninguno?
—En estado salvaje, me temo que no. O al menos, no que sepamos.
—¿Y por qué nadie hace nada?
El abuelo suspiró despacio.
—Tuvimos más de una oportunidad para arreglarlo. Pero somos expertos en ignorar los problemas hasta que llaman a la puerta. Y cuando quisimos reaccionar… ya era tarde.
La niña fue corriendo hasta la alacena y abrió el arcón donde su padre guardaba el pescado congelado. Sacó dos grandes bolsas de hielo y empezó a arrastrarlas por el suelo del comedor, dejando un rastro de agua tras de sí.
—¿Adónde vas con eso? —preguntó el abuelo.
—A salvar los corales —respondió la niña con esfuerzo—. Voy a enfriar el agua para que vuelvan los animalitos y las algas. Y si papá no me lleva en barco, iré andando.
No quería sonar impertinente, pero la indignación le ardía en el pecho.
¿Por qué no me avisaste antes, abuelo?