LOS ASTRÓNOMOS DE PRÓXIMA b
Tiktaalik
LOS ASTRÓNOMOS DE PRÓXIMA b
AÑO 2091
Al fin, se había alcanzado la primera meta del viaje interestelar.
Una flota de micro-sondas robóticas había cruzado el abismo de poco más de cuatro años luz hasta el sistema planetario vecino: Alfa Centauro con la enana roja Próxima del Centauro. Tres planetas orbitaban esta estrella, la más cercana. Uno de ellos, Próxima b, en zona habitable, era el fascinante y principal objetivo de la misión.
El viaje había durado más de 20 años, utilizando un ingenioso sistema de velas impulsadas por potentísimos láseres que ya había demostrado su capacidad en viajes interplanetarios al sistema solar exterior.
Como cabía esperar de semejante viaje algunas de las sondas, por diferentes causas, no llegaron a su destino. Pero un buen puñado sobrevolaron la atmósfera planetaria atentas al menor detalle. Otras lograron incluso penetrar en ella siendo así los primeros ingenios humanos en tocar la superficie de un exoplaneta.
Y los primeros datos, esperados con impaciencia por investigadores y media humanidad, cruzaron el espacio con el inevitable y desesperante retraso de más de cuatro años.
Próxima b mostraba una tenue atmósfera de dióxido de carbono y nitrógeno, y tenía un débil campo magnético pero, después de exhaustivos análisis en la primera misión y las sucesivas, la vida no aparecía. Los datos mostraban, eso sí, que el planeta albergaba condiciones propicias para que en algún momento pudiera surgir: abundante agua superficial, compuestos orgánicos, actividad volcánica y temperaturas moderadas, al menos en la región del terminador, su franja entre luz y sombra. Como la mayoría de los exoplanetas de enanas rojas cercanos a su estrella, Próxima b mostraba rotación síncrona respecto a su sol, con dos hemisferios radicalmente opuestos: uno de tonos macilentos y perpetuamente abrasado; el otro congelado y en eterna oscuridad.
Pero la vida ya ha demostrado ser extraordinariamente tenaz. A pesar de la minuciosa esterilización de rigor según las estrictas normas de protección planetaria y el largo viaje interestelar, el azar hizo que en algunas de las pequeñas sondas viajaran micro-polizones. Obstinados microorganismos
mutantes, protegidos dentro de casi indestructibles esporas que sobrevivieron tras caer como leves copos de nieve en aquellas vírgenes aguas extraterrestres. La mayoría perecieron pero los pocos que resistieron, al principio con dificultad, con el tiempo medraron imparables colonizando aquel mundo yermo, aunque preñado de posibilidades.
Y las leyes universales de la evolución biológica harían el resto…
CUATRO MIL MILLONES DE AÑOS DESPUÉS
Había vida compleja e inteligente en Próxima b …, y astrónomos.
Astrónomos que habían nacido bajo el majestuoso espectáculo de la galaxia de Andrómeda ocupando buena parte del cielo en su inexorable viaje hacia el encuentro con la Vía Láctea. En los eones transcurridos y las decenas de rotaciones en torno al centro de la Vía Láctea, Próxima b se había distanciado del Sol, ahora una vieja gigante roja que había abrasado mucho tiempo atrás a la Tierra con todos sus habitantes. A una distancia de centenares de años luz, era una más, insignificante, entre el bosque de deslumbrantes estrellas mucho más cercanas.
Aquellos alienígenas, de grandes ojos sensibles a colores inimaginables habían nacido bajo un cielo con tres soles: su cercana estrella madre y la alejada pareja Alpha Centauri A y B, que apenas destacaban entre las demás estrellas en el cielo del hemisferio nocturno.
Un grupo de ellos estaba trabajando desde su observatorio, próximo a la región crepuscular del terminador. Aquellos entusiastas exploraban ahora una región del cielo donde acababan de descubrir un sistema planetario razonablemente próximo. Eran 7 planetas rocosos, uno de ellos en zona habitable de su acogedora estrella anaranjada. Este, de un tamaño similar a su propio planeta, con atmósfera y en el que habían detectado agua, era un buen candidato para albergar vida; tal vez vida compleja.
Esta posibilidad, frente al general escepticismo de casi todos los demás científicos, excitaba su imaginación. Y aquellos seres, como especie, no se conformarían con el estudio de posibles señales de vida a distancia. En cuanto alcanzaran la tecnología para el viaje interestelar, lo primero que sus descendientes harían sería demostrar, sin ninguna duda, que entre aquellos planetas había al menos uno que albergaba el aliento de la vida.
AÑO 2091
Al fin, se había alcanzado la primera meta del viaje interestelar.
Una flota de micro-sondas robóticas había cruzado el abismo de poco más de cuatro años luz hasta el sistema planetario vecino: Alfa Centauro con la enana roja Próxima del Centauro. Tres planetas orbitaban esta estrella, la más cercana. Uno de ellos, Próxima b, en zona habitable, era el fascinante y principal objetivo de la misión.
El viaje había durado más de 20 años, utilizando un ingenioso sistema de velas impulsadas por potentísimos láseres que ya había demostrado su capacidad en viajes interplanetarios al sistema solar exterior.
Como cabía esperar de semejante viaje algunas de las sondas, por diferentes causas, no llegaron a su destino. Pero un buen puñado sobrevolaron la atmósfera planetaria atentas al menor detalle. Otras lograron incluso penetrar en ella siendo así los primeros ingenios humanos en tocar la superficie de un exoplaneta.
Y los primeros datos, esperados con impaciencia por investigadores y media humanidad, cruzaron el espacio con el inevitable y desesperante retraso de más de cuatro años.
Próxima b mostraba una tenue atmósfera de dióxido de carbono y nitrógeno, y tenía un débil campo magnético pero, después de exhaustivos análisis en la primera misión y las sucesivas, la vida no aparecía. Los datos mostraban, eso sí, que el planeta albergaba condiciones propicias para que en algún momento pudiera surgir: abundante agua superficial, compuestos orgánicos, actividad volcánica y temperaturas moderadas, al menos en la región del terminador, su franja entre luz y sombra. Como la mayoría de los exoplanetas de enanas rojas cercanos a su estrella, Próxima b mostraba rotación síncrona respecto a su sol, con dos hemisferios radicalmente opuestos: uno de tonos macilentos y perpetuamente abrasado; el otro congelado y en eterna oscuridad.
Pero la vida ya ha demostrado ser extraordinariamente tenaz. A pesar de la minuciosa esterilización de rigor según las estrictas normas de protección planetaria y el largo viaje interestelar, el azar hizo que en algunas de las pequeñas sondas viajaran micro-polizones. Obstinados microorganismos
mutantes, protegidos dentro de casi indestructibles esporas que sobrevivieron tras caer como leves copos de nieve en aquellas vírgenes aguas extraterrestres. La mayoría perecieron pero los pocos que resistieron, al principio con dificultad, con el tiempo medraron imparables colonizando aquel mundo yermo, aunque preñado de posibilidades.
Y las leyes universales de la evolución biológica harían el resto…
CUATRO MIL MILLONES DE AÑOS DESPUÉS
Había vida compleja e inteligente en Próxima b …, y astrónomos.
Astrónomos que habían nacido bajo el majestuoso espectáculo de la galaxia de Andrómeda ocupando buena parte del cielo en su inexorable viaje hacia el encuentro con la Vía Láctea. En los eones transcurridos y las decenas de rotaciones en torno al centro de la Vía Láctea, Próxima b se había distanciado del Sol, ahora una vieja gigante roja que había abrasado mucho tiempo atrás a la Tierra con todos sus habitantes. A una distancia de centenares de años luz, era una más, insignificante, entre el bosque de deslumbrantes estrellas mucho más cercanas.
Aquellos alienígenas, de grandes ojos sensibles a colores inimaginables habían nacido bajo un cielo con tres soles: su cercana estrella madre y la alejada pareja Alpha Centauri A y B, que apenas destacaban entre las demás estrellas en el cielo del hemisferio nocturno.
Un grupo de ellos estaba trabajando desde su observatorio, próximo a la región crepuscular del terminador. Aquellos entusiastas exploraban ahora una región del cielo donde acababan de descubrir un sistema planetario razonablemente próximo. Eran 7 planetas rocosos, uno de ellos en zona habitable de su acogedora estrella anaranjada. Este, de un tamaño similar a su propio planeta, con atmósfera y en el que habían detectado agua, era un buen candidato para albergar vida; tal vez vida compleja.
Esta posibilidad, frente al general escepticismo de casi todos los demás científicos, excitaba su imaginación. Y aquellos seres, como especie, no se conformarían con el estudio de posibles señales de vida a distancia. En cuanto alcanzaran la tecnología para el viaje interestelar, lo primero que sus descendientes harían sería demostrar, sin ninguna duda, que entre aquellos planetas había al menos uno que albergaba el aliento de la vida.