Lo que queda en la memoria
L. DORADO
La señora entra caminando despacio, con el bolso bien pegado al costado y un bastón en la otra mano para ayudarla a abrirse paso hacia el mostrador; a medida que avanza, varios mechones de pelo gris se le salen del moño. Una chica joven, ataviada en una bata blanca y con un cúter en el bolsillo, sonríe nada más verla.
―Buenos días, Carmen.
La señora duda un instante antes de devolverle la sonrisa. No siempre se acuerda del nombre de la joven, pero sí conoce la farmacia: es uno de los pocos edificios que recuerda de su infancia— uno de los pocos que no han cambiado con el paso de los años.
—Buenos días… vengo a por mis pastillas —y le ofrece el papel, no mucho más grande que su palma, que le dio el médico hace unos días.
La farmacéutica lo acepta con otra sonrisa y le echa un vistazo rápido, asintiendo un segundo después. Casi sin darse cuenta, Carmen deja escapar un suspiro de alivio. Tampoco recuerda muy bien qué pastillas se está tomando ahora mismo, pero la chica va directa a uno de los enormes muebles que tiene detrás y abre el primer cajón, sacando una caja del interior. Luego, teclea algo en el ordenador y sale de detrás del mostrador para acercarse a ella.
—Venga, vamos a sentarnos un rato —le dice.
Juntas, se alejan de la entrada y toman asiento en unas sillas de madera pegadas a la pared del fondo. Ni un segundo después, la joven se levanta un instante y vuelve a sentarse, esta vez con una caja de plástico en la mano y dentro —naranjas y redondas como una mandarina—, las mismas pastillas que acaba de comprar.
—¿Qué tal se encuentra esta semana?
—Bien. Muy bien.
En realidad, no sabe qué ha hecho esa semana, ni esa misma mañana, aunque está casi segura de que se ha quedado en casa viendo la tele y tejiendo una manta para su hija mayor. A veces le da la sensación de que terminó de tejerla hace ya unos días, pero al final siempre se convence de que todavía le quedan un par de vueltas para acabarla.
—Perfecto —despacio, la farmacéutica levanta el pastillero y le da unos toques con el dedo para enseñárselo—. ¿Recuerda cuándo se tiene que tomar las pastillas?
—Sí —asiente—, una todas las mañanas.
—Eso es. ¿Se ha tomado la de hoy?
Esta vez, niega con la cabeza. No, no se había acordado de tomársela. Entre levantarse de la cama y prepararse para ir a la farmacia, se le había olvidado completamente.
—Vale, pues ahora le traigo un vasito de agua y llamamos un momento a su hija para que sepa que ya tiene usted la medicación de esta semana.
La chica no tarda ni un minuto en regresar con el vaso de agua en la mano, y Carmen le da las gracias antes de cogerlo. Con cuidado, abre el primer compartimento de la cajita de plástico y saca la pastilla. Es tan pequeña que solo necesita dar un sorbo para tragársela.
Lo siguiente que hace es sacar el móvil del bolso, y apenas diez minutos después, ya han hablado con su hija para ponerla al tanto. Donepezilo. Eso es lo que le ha dicho que se está tomando: una pastilla para la memoria. No entiende muy bien para qué la necesita, pero tampoco le da demasiada importancia.
Cuando se levanta, sin embargo, se le olvida coger la medicación y el bastón, que sigue apoyado contra la silla. La farmacéutica le ofrece ambas cosas con una sonrisa tranquila.
—Nos vemos la semana que viene, Carmen —se despide, y Carmen no puede evitar sonreírle de vuelta.
Sí. La semana que viene volvería a la farmacia, y aunque tampoco se acordaría del nombre de la joven, ni de que le había regalado a su hija no una, sino dos mantas de lana y estaba tejiendo ya una tercera, sí que recordaría sentir que allí siempre habría alguien que cuidaría de ella —y eso era algo que, pasara lo que pasara, nunca llegaría a olvidar.
―Buenos días, Carmen.
La señora duda un instante antes de devolverle la sonrisa. No siempre se acuerda del nombre de la joven, pero sí conoce la farmacia: es uno de los pocos edificios que recuerda de su infancia— uno de los pocos que no han cambiado con el paso de los años.
—Buenos días… vengo a por mis pastillas —y le ofrece el papel, no mucho más grande que su palma, que le dio el médico hace unos días.
La farmacéutica lo acepta con otra sonrisa y le echa un vistazo rápido, asintiendo un segundo después. Casi sin darse cuenta, Carmen deja escapar un suspiro de alivio. Tampoco recuerda muy bien qué pastillas se está tomando ahora mismo, pero la chica va directa a uno de los enormes muebles que tiene detrás y abre el primer cajón, sacando una caja del interior. Luego, teclea algo en el ordenador y sale de detrás del mostrador para acercarse a ella.
—Venga, vamos a sentarnos un rato —le dice.
Juntas, se alejan de la entrada y toman asiento en unas sillas de madera pegadas a la pared del fondo. Ni un segundo después, la joven se levanta un instante y vuelve a sentarse, esta vez con una caja de plástico en la mano y dentro —naranjas y redondas como una mandarina—, las mismas pastillas que acaba de comprar.
—¿Qué tal se encuentra esta semana?
—Bien. Muy bien.
En realidad, no sabe qué ha hecho esa semana, ni esa misma mañana, aunque está casi segura de que se ha quedado en casa viendo la tele y tejiendo una manta para su hija mayor. A veces le da la sensación de que terminó de tejerla hace ya unos días, pero al final siempre se convence de que todavía le quedan un par de vueltas para acabarla.
—Perfecto —despacio, la farmacéutica levanta el pastillero y le da unos toques con el dedo para enseñárselo—. ¿Recuerda cuándo se tiene que tomar las pastillas?
—Sí —asiente—, una todas las mañanas.
—Eso es. ¿Se ha tomado la de hoy?
Esta vez, niega con la cabeza. No, no se había acordado de tomársela. Entre levantarse de la cama y prepararse para ir a la farmacia, se le había olvidado completamente.
—Vale, pues ahora le traigo un vasito de agua y llamamos un momento a su hija para que sepa que ya tiene usted la medicación de esta semana.
La chica no tarda ni un minuto en regresar con el vaso de agua en la mano, y Carmen le da las gracias antes de cogerlo. Con cuidado, abre el primer compartimento de la cajita de plástico y saca la pastilla. Es tan pequeña que solo necesita dar un sorbo para tragársela.
Lo siguiente que hace es sacar el móvil del bolso, y apenas diez minutos después, ya han hablado con su hija para ponerla al tanto. Donepezilo. Eso es lo que le ha dicho que se está tomando: una pastilla para la memoria. No entiende muy bien para qué la necesita, pero tampoco le da demasiada importancia.
Cuando se levanta, sin embargo, se le olvida coger la medicación y el bastón, que sigue apoyado contra la silla. La farmacéutica le ofrece ambas cosas con una sonrisa tranquila.
—Nos vemos la semana que viene, Carmen —se despide, y Carmen no puede evitar sonreírle de vuelta.
Sí. La semana que viene volvería a la farmacia, y aunque tampoco se acordaría del nombre de la joven, ni de que le había regalado a su hija no una, sino dos mantas de lana y estaba tejiendo ya una tercera, sí que recordaría sentir que allí siempre habría alguien que cuidaría de ella —y eso era algo que, pasara lo que pasara, nunca llegaría a olvidar.