Las manzanas de la luna
Celia P. Gil
A media tarde del 16 de Septiembre de 1651, Isaac Newton regresa de la escuela con la nariz ensangrentada, el calzón roto y lágrimas secas en la cara. Sin levantar la vista del suelo, entra en casa y llega a la cocina, donde la abuela dormita en su sillón de madera al lado de las brasas. Se oyen balidos lejanos. Huele a estiércol y a pan recién horneado.
Desde hace seis años viven solos en Woolsthorpe Manor, en la casa de piedra que el padre de Isaac heredó del abuelo, junto a ciento veinte acres de tierra, más de doscientas ovejas de cara negra y un establo de vacas. Isaac es escuálido y solitario, con la mirada desconfiada de los niños crecidos sin amor. Su tío James se ocupa de que asista a la escuela parroquial del pueblo con la esperanza secreta de que algún día pueda encontrar acomodo dentro de la Iglesia. Sabe que Isaac nunca se hará cargo de las tierras. La abuela le instruye en el santo temor de Dios y se hace cargo de él con un afecto seco y sin concesiones. Al oir sus pasos, abre los ojos y le mira sin alarma.
- ¿Te has peleado otra vez?
- Dicen en la escuela que el diablo se llevó a padre antes de que yo naciera para que no tuviese que verme.
- Dios castigará a esos malnacidos. Ahora, lávate en la alberca y ...
- También dicen que madre no quiere que viva con ella porque se ha casado con un obispo.
- El reverendo Smith es el pastor de North Witham, no un obispo. Le has visto en los oficios.
- Es viejo como tu.
Sin cambiar de expresión, la abuela recorre con la mirada los surcos negros de sus manos, donde la vida sigue grabando sin piedad la ingratitud de cada día.
- Madre tenía que vivir. No podía rechazar sus tierras y una renta de seiscientas libras al año. Pronto heredará y volverá.
- ¿Por qué no me lleva con ella?
- Madre tuvo que elegir. El reverendo necesitaba una mujer, no un niño. A cambio, él reparó el tejado y las ventanas para que siguiésemos viviendo aquí. Lávate y ve a decirle a Patrick que lleve mañana diez ovejas al mercado. Luego ayuda a meter manzanas en las cestas y trae leche del establo.
Dos horas después, al anochecer, Isaac regresa con paso vacilante abrazando un cántaro con sus bracitos de jilguero. La abuela llena un cuenco de leche y lo pone en la mesa al lado del pan y un trozo de queso.
- ¿Ayudaste con las manzanas?
- Sí. Abuela, ¿también hay manzanos en la luna?
- Hay manzanos en todas partes.
- Y cuando se sueltan las manzanas en la luna ¿también caen en nuestro huerto?
- Las manzanas caen donde Dios les dice que tienen que caer.
La explicación le parece razonable. Es natural que el mismo Dios que empuja el sol en el cielo y decide donde brotan las flores, también se ocupe de las manzanas. Cuando termina el queso sube a oscuras a su habitación, reza sus oraciones y se acuesta en el suelo, sobre el mismo colchón en el que murió su padre casi nueve años antes, dos meses antes de que él naciera. Como cada noche, espera en la oscuridad con los ojos abiertos hasta que los ronquidos prehistóricos de la abuela empiezan a despertar a los pájaros en los árboles. Entonces se levanta sin hacer ruido, abre los postigos de madera y se asoma a la ventana.
Durante muchos meses ha dibujado con un trozo de carbón en una tabla una raya por cada día que la luna tarda en volver a estar en el mismo sitio y tener la misma forma. La esconde debajo del colchón porque sabe que la abuela le castigaría por el pecado de anticiparse a los planes de Dios para la luna cada noche. Antes de abrir la ventana, ya sabía que hoy estaría afilada como una hoja de guadaña sobre los árboles del camino que lleva a casa de madre. Mientras la acompaña en su lento recorrido hacia el horizonte, Isaac mira las manchas de lo que deben ser los campos de manzanos en su superficie y piensa que algún día le gustaría saber como le dice Dios a las manzanas donde tienen que caer.
Desde hace seis años viven solos en Woolsthorpe Manor, en la casa de piedra que el padre de Isaac heredó del abuelo, junto a ciento veinte acres de tierra, más de doscientas ovejas de cara negra y un establo de vacas. Isaac es escuálido y solitario, con la mirada desconfiada de los niños crecidos sin amor. Su tío James se ocupa de que asista a la escuela parroquial del pueblo con la esperanza secreta de que algún día pueda encontrar acomodo dentro de la Iglesia. Sabe que Isaac nunca se hará cargo de las tierras. La abuela le instruye en el santo temor de Dios y se hace cargo de él con un afecto seco y sin concesiones. Al oir sus pasos, abre los ojos y le mira sin alarma.
- ¿Te has peleado otra vez?
- Dicen en la escuela que el diablo se llevó a padre antes de que yo naciera para que no tuviese que verme.
- Dios castigará a esos malnacidos. Ahora, lávate en la alberca y ...
- También dicen que madre no quiere que viva con ella porque se ha casado con un obispo.
- El reverendo Smith es el pastor de North Witham, no un obispo. Le has visto en los oficios.
- Es viejo como tu.
Sin cambiar de expresión, la abuela recorre con la mirada los surcos negros de sus manos, donde la vida sigue grabando sin piedad la ingratitud de cada día.
- Madre tenía que vivir. No podía rechazar sus tierras y una renta de seiscientas libras al año. Pronto heredará y volverá.
- ¿Por qué no me lleva con ella?
- Madre tuvo que elegir. El reverendo necesitaba una mujer, no un niño. A cambio, él reparó el tejado y las ventanas para que siguiésemos viviendo aquí. Lávate y ve a decirle a Patrick que lleve mañana diez ovejas al mercado. Luego ayuda a meter manzanas en las cestas y trae leche del establo.
Dos horas después, al anochecer, Isaac regresa con paso vacilante abrazando un cántaro con sus bracitos de jilguero. La abuela llena un cuenco de leche y lo pone en la mesa al lado del pan y un trozo de queso.
- ¿Ayudaste con las manzanas?
- Sí. Abuela, ¿también hay manzanos en la luna?
- Hay manzanos en todas partes.
- Y cuando se sueltan las manzanas en la luna ¿también caen en nuestro huerto?
- Las manzanas caen donde Dios les dice que tienen que caer.
La explicación le parece razonable. Es natural que el mismo Dios que empuja el sol en el cielo y decide donde brotan las flores, también se ocupe de las manzanas. Cuando termina el queso sube a oscuras a su habitación, reza sus oraciones y se acuesta en el suelo, sobre el mismo colchón en el que murió su padre casi nueve años antes, dos meses antes de que él naciera. Como cada noche, espera en la oscuridad con los ojos abiertos hasta que los ronquidos prehistóricos de la abuela empiezan a despertar a los pájaros en los árboles. Entonces se levanta sin hacer ruido, abre los postigos de madera y se asoma a la ventana.
Durante muchos meses ha dibujado con un trozo de carbón en una tabla una raya por cada día que la luna tarda en volver a estar en el mismo sitio y tener la misma forma. La esconde debajo del colchón porque sabe que la abuela le castigaría por el pecado de anticiparse a los planes de Dios para la luna cada noche. Antes de abrir la ventana, ya sabía que hoy estaría afilada como una hoja de guadaña sobre los árboles del camino que lleva a casa de madre. Mientras la acompaña en su lento recorrido hacia el horizonte, Isaac mira las manchas de lo que deben ser los campos de manzanos en su superficie y piensa que algún día le gustaría saber como le dice Dios a las manzanas donde tienen que caer.