La partícula de "Dios"
Heisenberg
Estaba muy bien puesto el nombre de la partícula de Dios.
El gran colisionador de hadrones del CERN, en su fase mejorada, había conseguido medir las interacciones entre tres bosones de Higgs con una mayor precisión que la prevista. El resultado era claro y desolador: el Higgs se encontraba en un falso vacío.
El horror se cernía sobre la humanidad, y solo un puñado de científicos comprendía que en cualquier momento el Higgs podría decaer al vacío verdadero, cambiando el valor de todas las constantes físicas al instante, destruyendo átomos y galaxias por igual, causando un holocausto sin violencia.
Descubrieron que sí que era la partícula de Dios, sí, pero de un Dios vengativo, que estaba dispuesto a empezar de cero, esta vez sin motivo alguno.
El pánico tardó tiempo en permear. No faltaron a la cita los negacionistas que explicaban por qué los gobiernos del mundo se beneficiaban del caos y de la desesperanza mundial. Pero sin intereses económicos que las financiasen, las conspiranoias tan solo suponían la válvula de escape de una minoría que eligió el lado de la ignorancia para subsistir.
Años de repetir medidas y revisar cálculos hasta la saciedad convencieron finalmente a una generación de que, por probabilidad, iban a vivir el momento del Juicio Final. Los científicos profetizaban que el fin del mundo era inevitable y llegaría pronto, pero era imposible predecir cuándo. Tan solo había que esperar.
Habíamos vivido tan expuestos al apocalipsis casi sensual del terror nuclear; un psicópata aprieta un botón rojo y toda la humanidad desaparece (qué le vamos a hacer). A la imagen mental de un planeta de plástico, yermo y destrozado por nuestros propios excesos (qué le íbamos a hacer).
Habíamos vivido tan acostumbrados a una catástrofe tan humana y tan evitable, que este destino final tan frío y tan impersonal despertaba un sentimiento de humillación. Ni dictadores narcisistas, ni magnates sin escrúpulos. No había chivos expiatorios ni nadie a quien culpar. La humanidad había sido vencida por la aleatoriedad. Dios jugaba a los dados, y nosotros éramos la apuesta.
Me pregunto todos los días si hubiéramos preferido no saberlo. Después de esto, ya no podíamos ser felices. La existencia se había convertido en un trámite sin propósito. Sísifo estaría orgulloso, se había democratizado su condición.
Aun así, seguíamos con nuestras vidas en un mundo extrañamente parecido al anterior, repitiendo hábitos como por memoria muscular. Sin la capacidad de hacer planes de futuro, vivíamos en constante estado de espera. Condenados al peor tipo de espera, una espera inconsciente que se instala en el fondo de tu mente, que te despierta todas las madrugada para que compruebes sobresaltado que sigues vivo.
Pensándolo bien, el más cruel había sido Heisenberg con sus poesías, solo que nos costó darnos cuenta de que el gato éramos nosotros. Pero es más cruel todavía, porque nos enseñó que el gato aún tenía a alguien que lo mirase. Rezamos todos los días para que no estemos así de solos. Tan solo necesitamos eso, alguien que abra la caja, que nos destruya con mirarnos.
El peso del apocalipsis no es peor que esta incertidumbre tan insoportable. Que alguien mida y acabe ya con todo.
El gran colisionador de hadrones del CERN, en su fase mejorada, había conseguido medir las interacciones entre tres bosones de Higgs con una mayor precisión que la prevista. El resultado era claro y desolador: el Higgs se encontraba en un falso vacío.
El horror se cernía sobre la humanidad, y solo un puñado de científicos comprendía que en cualquier momento el Higgs podría decaer al vacío verdadero, cambiando el valor de todas las constantes físicas al instante, destruyendo átomos y galaxias por igual, causando un holocausto sin violencia.
Descubrieron que sí que era la partícula de Dios, sí, pero de un Dios vengativo, que estaba dispuesto a empezar de cero, esta vez sin motivo alguno.
El pánico tardó tiempo en permear. No faltaron a la cita los negacionistas que explicaban por qué los gobiernos del mundo se beneficiaban del caos y de la desesperanza mundial. Pero sin intereses económicos que las financiasen, las conspiranoias tan solo suponían la válvula de escape de una minoría que eligió el lado de la ignorancia para subsistir.
Años de repetir medidas y revisar cálculos hasta la saciedad convencieron finalmente a una generación de que, por probabilidad, iban a vivir el momento del Juicio Final. Los científicos profetizaban que el fin del mundo era inevitable y llegaría pronto, pero era imposible predecir cuándo. Tan solo había que esperar.
Habíamos vivido tan expuestos al apocalipsis casi sensual del terror nuclear; un psicópata aprieta un botón rojo y toda la humanidad desaparece (qué le vamos a hacer). A la imagen mental de un planeta de plástico, yermo y destrozado por nuestros propios excesos (qué le íbamos a hacer).
Habíamos vivido tan acostumbrados a una catástrofe tan humana y tan evitable, que este destino final tan frío y tan impersonal despertaba un sentimiento de humillación. Ni dictadores narcisistas, ni magnates sin escrúpulos. No había chivos expiatorios ni nadie a quien culpar. La humanidad había sido vencida por la aleatoriedad. Dios jugaba a los dados, y nosotros éramos la apuesta.
Me pregunto todos los días si hubiéramos preferido no saberlo. Después de esto, ya no podíamos ser felices. La existencia se había convertido en un trámite sin propósito. Sísifo estaría orgulloso, se había democratizado su condición.
Aun así, seguíamos con nuestras vidas en un mundo extrañamente parecido al anterior, repitiendo hábitos como por memoria muscular. Sin la capacidad de hacer planes de futuro, vivíamos en constante estado de espera. Condenados al peor tipo de espera, una espera inconsciente que se instala en el fondo de tu mente, que te despierta todas las madrugada para que compruebes sobresaltado que sigues vivo.
Pensándolo bien, el más cruel había sido Heisenberg con sus poesías, solo que nos costó darnos cuenta de que el gato éramos nosotros. Pero es más cruel todavía, porque nos enseñó que el gato aún tenía a alguien que lo mirase. Rezamos todos los días para que no estemos así de solos. Tan solo necesitamos eso, alguien que abra la caja, que nos destruya con mirarnos.
El peso del apocalipsis no es peor que esta incertidumbre tan insoportable. Que alguien mida y acabe ya con todo.