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La esencia

Mantatonks

Cuando despierto, estoy rodeada de cables.
Mi cuerpo se mueve con un espasmo involuntario, un impulso desesperado tras despertar del letargo, y de inmediato dos científicos se acercan al cristal.
- Aiden, lo has conseguido.
Con cuidado de no hacerme daño me sacan del tanque y retiran los tubos que me mantenían con vida, permitiéndome tomar mi primera bocanada de aire. Al menos, la primera en esta forma.
- ¿Cómo estás? - Pregunta uno de ellos. - ¿Te sientes extraña o te duele algo?
Yo niego con la cabeza e intento ponerme en pie, pero enseguida me paran.
- Estoy bien, en serio. Ya he hecho esto más veces.
- Somos conscientes, pero las transferencias de cuerpo son difíciles. No podemos arriesgar un rechazo, y menos en esta ocasión.
- ¿Y cuánto tiempo me vais a dejar aquí sentada?
- ¿No deberías saberlo? - Dice uno de ellos, burlón. Una de los otros, una chica joven, me acerca una taza de té y, tras una sonrisa compasiva, se marcha con el resto.
Con la llegada de la soledad, mi mente busca algo con lo que entretenerse. Un escape, tal y como siempre hace. Esta vez, en el pasado.
Hace años aterrizó en la Tierra una pequeña nave, muy similar a las nuestras, pero con pasajeros completamente distintos. Seres altos y con piel violácea, de aspecto delgado y ojos rasgados, que hablaban perfectamente nuestras lenguas.
Al inicio hubo confusión y, sobre todo, un creciente deseo de aprender. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Acaso nuestros mensajes al vacío habían sido escuchados?
No tardamos en darnos cuenta de lo equivocados que estábamos.
Lentamente, se fueron ganando nuestra confianza. Lentamente, encontraron su lugar en nuestras instituciones y gobiernos. Y, cuando algunos quisimos hacer algo al respecto, ya era demasiado tarde. El control era suyo.
De ahí nació nuestra iniciativa, cuya arma más poderosa era la transferencia corporal. Conservando un cuerpo en un líquido especial se podía introducir la conciencia de una persona, lo que llamamos la esencia, para que lo habitara. Era complejo y tenía muchos riesgos, pero algunas personas resultaron altamente compatibles con el proceso. Por ejemplo, yo misma.
Usando esto podríamos ser quien quisiéramos. Bueno, si teníamos su cuerpo, pero eso era otra historia. Podíamos infiltrarnos en el gobierno, volver a tomar el control.
Tras echar un vistazo a la puerta para asegurarme de que no viene nadie, me levanto de la camilla... y caigo al suelo. De bruces. De acuerdo, esa no ha sido mi mejor idea.
Con cuidado vuelvo a repetir la operación, y consigo estabilizarme a duras penas. Siempre es extraño, el acostumbrarse a un cuerpo que no es el tuyo. Más aún cuando conocías a la persona que solía habitarlo.
Al mirarme en el espejo de la pared no me veo a mí misma, sino a la comandante Ileana, una de las líderes alienígenas. Aunque sabía que era posible, no puedo evitar sorprenderme ante la posibilidad de que mi esencia quepa en un cuerpo que no es de mi especie.
Como no tengo nada con lo que entretenerme decido explorar los límites de mi propio cuerpo. Andar no es una opción, no después de comprobar mi falta de equilibrio, pero hay otras cosas en las que puedo centrarme. Extiendo la mano contra el cristal y me sorprende lo sensible que es, lo bien que capta el frío y la rigidez. Cuando cierro los ojos para concentrarme también noto como se han agudizado mis sentidos. Puedo oler el aroma del perfume de la científica o escuchar el leve movimiento del agua dentro del tanque. Hasta oigo mis latidos, un ritmo constante y acelerado.
Horas después los científicos vuelven a entrar a la sala, pero no están solos. Viene con ellos Kaleb, uno de nuestros alienígenas aliados.
- ¿Qué hace él aquí? - Digo, poniéndome al instante en modo alerta. - Una cosa es que preste su ayuda y otra que le dejéis acceder a las zonas de transferencia.
- Relájate, fierecilla – Contesta él, burlón. - No voy a hacerte nada – Entonces levanta la mirada al fondo de la sala, donde descansa mi verdadero cuerpo en un tanque, y arquea las cejas. - ¿Esa eres tú? Vaya, jamás te había visto. Te imaginaba rubia.
Antes de poder reaccionar interviene uno de los responsables, quien si no me equivoco es el doctor Andrews. Con gesto aplacador se interpone, obligándome a sentarme en la camilla.
- Tienes que descansar, así que siéntate de una vez y cálmate. Y tú, Kaleb, explícale por qué te hemos permitido pasar antes de que te eche.
Cuando abre la boca, no es para soltar una chorrada o excusa barata. No es por chanchullo ni favoritismo.
- Tú y yo vamos a hacer equipo. Juntos contra la tiranía.
Pues empezamos bien la misión.