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El Sol siempre asoma por la ventana.

Cristina Pérez Bolívar

Cuando el Sol apenas asoma por la ventana, me levanto y comienzo mi día. Llevaba varias semanas sintiéndome atrapada en una rutina gris de instituto, trabajos, estudios, deberes, obligaciones, pantallas, desinterés y prisas…Todo perfectamente ordenado, pero sin brillo. Me sentía opaca, sin vida, pero no entendía el porqué. Tengo una buena familia, amigos, me puedo permitir una vida buena, tengo planes de futuro, personas que me quieren… Pero aún así parecía que necesitaba “un algo” que no había encontrado, o más bien que no formaba parte de mi vida ya. Se podría decir que me faltaba felicidad.

Era una sensación que todos en algún momento hemos vivido. La ciencia tiene un nombre para esa percepción de estancamiento “adaptación hedónica”. Los investigadores explican que el cerebro se acostumbra rápido a lo que tiene, incluso a lo bueno y deja de percibirlo como fuente de bienestar. El término no es conocido, pero sí la sensación.

Una mañana decidí hacer algo diferente, ya que esta sensación me estaba consumiendo poco a poco. Aquel día iba a ser para mí, sin obligaciones, solo buscaba la felicidad. Así que decidí ir a mi lugar favorito en el mundo: Granada. Cuando me bajé del autobús y respiré aquel aroma de la ciudad que flotaba en el aire, sonreí de manera inmediata; una sonrisa sincera que hacía mucho tiempo que no nacía de mi. Sonreir, incluso de forma leve, activa microcircuitos neuronales que pueden mejorar el estado de ánimo. No es magia, es biología.

Seguí con mi camino hasta llegar al Parque de las Ciencias, lugar que marcó mi vida durante la infancia. Estuve toda la mañana y gran parte de la tarde allí. En una zona dedicada al cerebro humano un panel explicaba cómo la felicidad activa regiones como el núcleo accumbens y la corteza prefrontal, y cómo actividades como el ejercicio o la conexión social pueden modificar la química cerebral. Sonreí, el museo confirmó lo que estaba empezando a intuir por mí misma. Al entrar al Biodomo me fijé inevitablemente en los animales que mueven semillas y ayudan al ciclo de la vida. En ese preciso momento me dí cuenta que la felicidad es como una semilla: si la cuidas. crece.

Al salir del museo el cielo de Granada brillaba con una claridad suave. Respiré hondo. No había encontrado respuestas definitivas, ni un manual para ser feliz. Pero había descubierto algo más valioso: la felicidad no es un destino, sino un camino hecho de pequeñas decisiones, de gestos mínimos y de recuerdos que vuelven a iluminar el presente.