El resto del teorema no era chino: llegó a caballo
Judisu
—¿Qué has descubierto, compañero mongol?
Le pregunto al recién llegado jinete del yam. Se le ve agotado, pero realizado, con fuego en los ojos, en los suyos y en los de su caballo.
—Sus mejores soldados rotan cada tres días y sus provisiones se reponen cada cinco.
—Entonces, si contamos de tres en tres… seis, nueve, doce… y de cinco en cinco… diez, quince… —me adelanto—. En quince días tendremos el mejor momento para atacar. Coincidirán la rotación y la comida. ¡Tenemos que informar ya al Gran Kan!
—No tan rápido, joven jinete.
Con un tirón seco de las riendas, su fiero caballo rechina y se interpone en mi camino. La figura de los dos, recortada contra la estepa nocturna, y yo, sintiendo solo frío y una emoción recién despertada, éramos los únicos en aquellos parajes.
—¿Qué sucede? ¿He pasado algo por alto?
El soldado retira los pies de los estribos y acaricia a su compañero. Luego levanta la mirada hacia mí.
—No podemos ir ahora. El descanso de nuestros caballos aún no ha cerrado su vuelta.
Al oírlo no puedo evitar alterarme, y mi montura responde inquieta.
—Su amigo puede engañarle haciéndole creer que está bien —continúa—, pero esos cambios constantes de apoyo y la tensión en el cuello delatan cansancio. Esperemos a que pase el segundo ciclo de descanso. Además, la luna nos será favorable.
Sus ojos vuelven a clavarse en mí y me invita a desmontar
—Está bien, tú mandas, Subutai —respondo, imitándolo.
Una hora después…
—Oye, Subutai, me estoy helando. El mundo sigue girando a nuestro alrededor, pero a cuarenta grados bajo cero y con solo esta leche de yegua fermentada ya no sé si vamos a sobrevivir —digo, tiritando de forma poco heroica.
—Cuando varias cosas se repiten con ritmos distintos —dice—, hay momentos raros en los que todas coinciden. Esos momentos se pueden anticipar.
—Sí, eso ya me lo has dicho varias veces —respondo—. Pero la teoría es la teoría, y nosotros somos humanos en mitad de esta estepa. No caballos con pelaje de invierno.
Subutai se deshace de parte del fieltro de su abrigo y me cubre los hombros.
—Te propongo un reto mental. ¿Conoces el go?
—¿El de las bolitas blancas y negras de la dinastía enemiga?
—Ese mismo.
—Verlo lo he visto, pero poco más. En el clan, proponer cualquier cosa que no sean carreras, tiro con arco o competiciones de fuerza suele acabar con alguien tirándome del caballo.
—Perfecto. Toma.
De pronto saca de su bolsillo pequeños discos blancos y negros. Con la mano izquierda los sostiene; con la derecha toma la mía y deja caer las negras sobre ella. Pesan sorprendentemente poco, y el intervalo entre una y otra tiene algo de la ligereza del tiempo.
—Venga, invádeme.
Empuñando su cuchillo mongol, traza unas líneas en el suelo, formando un tablero de nueve por nueve.
—Espero no haberme equivocado de juego.
Dejo mi piedra negra en el centro y nos enzarzamos en la lucha.
Él no responde donde he jugado. Coloca la suya lejos, en un borde.
—¿Huyes? —me burlo.
—Te dejo avanzar —responde—. A ver hasta dónde llegas sin cansarte.
Coloco otra piedra, luego otra. El centro empieza a parecer mío.
Él sigue jugando en los márgenes, siempre tarde, siempre lejos.
—Te estoy cercando —le digo.
—No —corrige—. Te estás cerrando tú solo.
Me detengo. Miro el tablero. Varias de mis piedras ya no necesitan moverse. Tampoco las suyas.
Subutai apoya el cuchillo en el suelo.
—Cuando demasiados lugares dejan de importar a la vez —dice—, la partida ya ha elegido.
No pongo la siguiente piedra.
Derrota absoluta. Afuera, el viento gira. ¿Por qué me habré centrado tanto en la lucha local? Bueno, al menos me he entretenido.
Él recoge su puñal, se pone en pie y monta de nuevo. Ajusta los estribos, gira las muñecas y se inclina apenas sobre el cuello del animal para pedirle una parada.
—La luna está en su punto y los caballos ya no mienten. Ahora sí. Reunámonos con el Gran Kan.
Vuelvo a fijar la vista en el tablero.
—Será posible…
Me inclino un poco más. Algo no encaja.
—Ya me ha engañado —murmuro—. Todo parecía cuadrar.
Subutai no sonríe.
—Faltaba la tercera variable.
—¿Cuál?
—Los que vigilan mientras los demás duermen.
Hace una pausa.
—Ese ritmo no acompasa ni los tres días del relevo ni los cinco de las provisiones. Siempre queda un resto.
Levanta la vista hacia la luna.
—Y ese resto es ahora.
Le pregunto al recién llegado jinete del yam. Se le ve agotado, pero realizado, con fuego en los ojos, en los suyos y en los de su caballo.
—Sus mejores soldados rotan cada tres días y sus provisiones se reponen cada cinco.
—Entonces, si contamos de tres en tres… seis, nueve, doce… y de cinco en cinco… diez, quince… —me adelanto—. En quince días tendremos el mejor momento para atacar. Coincidirán la rotación y la comida. ¡Tenemos que informar ya al Gran Kan!
—No tan rápido, joven jinete.
Con un tirón seco de las riendas, su fiero caballo rechina y se interpone en mi camino. La figura de los dos, recortada contra la estepa nocturna, y yo, sintiendo solo frío y una emoción recién despertada, éramos los únicos en aquellos parajes.
—¿Qué sucede? ¿He pasado algo por alto?
El soldado retira los pies de los estribos y acaricia a su compañero. Luego levanta la mirada hacia mí.
—No podemos ir ahora. El descanso de nuestros caballos aún no ha cerrado su vuelta.
Al oírlo no puedo evitar alterarme, y mi montura responde inquieta.
—Su amigo puede engañarle haciéndole creer que está bien —continúa—, pero esos cambios constantes de apoyo y la tensión en el cuello delatan cansancio. Esperemos a que pase el segundo ciclo de descanso. Además, la luna nos será favorable.
Sus ojos vuelven a clavarse en mí y me invita a desmontar
—Está bien, tú mandas, Subutai —respondo, imitándolo.
Una hora después…
—Oye, Subutai, me estoy helando. El mundo sigue girando a nuestro alrededor, pero a cuarenta grados bajo cero y con solo esta leche de yegua fermentada ya no sé si vamos a sobrevivir —digo, tiritando de forma poco heroica.
—Cuando varias cosas se repiten con ritmos distintos —dice—, hay momentos raros en los que todas coinciden. Esos momentos se pueden anticipar.
—Sí, eso ya me lo has dicho varias veces —respondo—. Pero la teoría es la teoría, y nosotros somos humanos en mitad de esta estepa. No caballos con pelaje de invierno.
Subutai se deshace de parte del fieltro de su abrigo y me cubre los hombros.
—Te propongo un reto mental. ¿Conoces el go?
—¿El de las bolitas blancas y negras de la dinastía enemiga?
—Ese mismo.
—Verlo lo he visto, pero poco más. En el clan, proponer cualquier cosa que no sean carreras, tiro con arco o competiciones de fuerza suele acabar con alguien tirándome del caballo.
—Perfecto. Toma.
De pronto saca de su bolsillo pequeños discos blancos y negros. Con la mano izquierda los sostiene; con la derecha toma la mía y deja caer las negras sobre ella. Pesan sorprendentemente poco, y el intervalo entre una y otra tiene algo de la ligereza del tiempo.
—Venga, invádeme.
Empuñando su cuchillo mongol, traza unas líneas en el suelo, formando un tablero de nueve por nueve.
—Espero no haberme equivocado de juego.
Dejo mi piedra negra en el centro y nos enzarzamos en la lucha.
Él no responde donde he jugado. Coloca la suya lejos, en un borde.
—¿Huyes? —me burlo.
—Te dejo avanzar —responde—. A ver hasta dónde llegas sin cansarte.
Coloco otra piedra, luego otra. El centro empieza a parecer mío.
Él sigue jugando en los márgenes, siempre tarde, siempre lejos.
—Te estoy cercando —le digo.
—No —corrige—. Te estás cerrando tú solo.
Me detengo. Miro el tablero. Varias de mis piedras ya no necesitan moverse. Tampoco las suyas.
Subutai apoya el cuchillo en el suelo.
—Cuando demasiados lugares dejan de importar a la vez —dice—, la partida ya ha elegido.
No pongo la siguiente piedra.
Derrota absoluta. Afuera, el viento gira. ¿Por qué me habré centrado tanto en la lucha local? Bueno, al menos me he entretenido.
Él recoge su puñal, se pone en pie y monta de nuevo. Ajusta los estribos, gira las muñecas y se inclina apenas sobre el cuello del animal para pedirle una parada.
—La luna está en su punto y los caballos ya no mienten. Ahora sí. Reunámonos con el Gran Kan.
Vuelvo a fijar la vista en el tablero.
—Será posible…
Me inclino un poco más. Algo no encaja.
—Ya me ha engañado —murmuro—. Todo parecía cuadrar.
Subutai no sonríe.
—Faltaba la tercera variable.
—¿Cuál?
—Los que vigilan mientras los demás duermen.
Hace una pausa.
—Ese ritmo no acompasa ni los tres días del relevo ni los cinco de las provisiones. Siempre queda un resto.
Levanta la vista hacia la luna.
—Y ese resto es ahora.