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EL INTERROGATORIO

Pinto

Llevaba horas en la sala de interrogatorios. Entró el oficial que había estado interrogándome y se sentó en la silla de enfrente.

—Sé que estarás cansada, pero me gustaría hacerte más preguntas. Entenderás que lo que nos has contado es bastante increíble.

—Sí, por supuesto. Les aseguro que no soy ninguna amenaza. —Entendía que no se fiasen de mí. —Adelante.

—Te llamas Elara Vance y dices que eres ingeniera jefe del Instituto Tecnológico de California, del Caltech. ¿Sabes dónde estás?

—No sé exactamente el lugar donde me retenéis. Según nuestras simulaciones, mi viaje duraría alrededor de 30 o 35 días. Por lo que deduzco que estamos a febrero de 2243.

—¿Quién construyó la cápsula donde te encontramos? ¿Y dónde se fabricó?

Yo era consciente de su desconfianza. Había caído del cielo dentro de una cápsula corporal, y pensaban que yo era algún tipo de espía. Respiré hondo y me decidí a contar de nuevo mi historia.

—Hace cinco años, en 2238, detectamos un objeto que se dirigía directamente a la Tierra. Pronto nos dimos cuenta de que ese elemento no era ningún cometa ni objeto celeste. Era artificial. Su trayectoria era inusualmente recta y viajaba a 17 kilómetros por segundo. Cuando entró en nuestro rango de detección óptica, simplemente no creímos lo que vimos… ¡Se trataba de la sonda Voyager I!

—¿La sonda que lanzó la NASA en septiembre de 1977 hace más de 260 años?

—Exacto, las primeras imágenes de los telescopios no dejaban duda. ¡Era la Voyager I! Con la velocidad que llevaba y sin escudo térmico, no soportaría el extremo calor de la reentrada. Para ello ideamos un plan de captura. Fabricamos una especie de “mantas” con nanomateriales basados en grafeno y configurados en estructura de colmena, cinco veces más resistentes que el titanio. Los recubrimos con gel de lonsdaleíta, el mineral más duro de la Tierra. Instalamos las mantas entre tres de nuestras Estaciones Espaciales Internacionales y triangulamos el punto de intercepción. Fue un proyecto colosal a nivel mundial.

—¿Me estás diciendo que creasteis el guante de béisbol más caro de la historia solo para recoger basura espacial?

—Era esencial hacerlo y lo hicimos. La trasladamos a un laboratorio de Caltech. En los primeros análisis no encontramos nada. La sorpresa vino cuando descargamos la información de su famoso disco de oro. Las imágenes del disco eran sutilmente diferentes a las originales. No eran las mismas que lanzamos nosotros. Solo había una explicación: esa Voyager no era la nuestra. Venía de una Tierra “paralela”.

—¿Tierra paralela? —El oficial arqueó las cejas. Se intuía la incredulidad en su cara.

—Pero lo más apasionante vino después. Fue el momento en que nos dimos cuenta de que éramos capaces de localizar esa segunda Tierra. Conocíamos su trayectoria, por lo que podíamos trazar el camino. Si esa otra Voyager también partió en 1977, significa que tardó en llegar a nosotros 261 años.

—¡Pero eso no es posible! Viajando a la velocidad de la sonda, a 17 kilómetros por segundo, se tardarían 75.000 años en llegar a la estrella más cercana.

—¡Cierto! Por lo que la única solución posible es que la sonda hubiese atravesado un agujero de gusano durante el trayecto. Trazamos el recorrido inverso que siguió la sonda. Monitorizamos todas las estrellas cercanas a esa trayectoria, buscando pequeñas desviaciones gravitacionales. Si existiese un agujero de gusano, las estrellas cercanas serían influenciadas por la gravedad de las estrellas en el otro extremo del pasaje. Lo localizamos. El agujero de gusano estaba a 2 años luz.

—¿Pero incluso a 2 años luz de distancia, tardarías decenas de miles de años en llegar?

—Sí, con los pesados cohetes que solemos usar. Por eso construimos una pequeña cápsula de hibernación. Muy ligera. El interior tenía el equipamiento necesario para inducir un coma y suministrar nutrientes por vía intravenosa. El exterior de la cápsula contaba con unas velas de navegación que serían impulsadas por disparos de láser. Instalamos unas bases en la Luna para albergar los potentes láseres que bombardearían las velas. La misión consistía en lanzarme al espacio, desplegar las velas, y bombardearlas con los láseres. Calculamos que se podía alcanzar un 20% de la velocidad de la luz con este sistema, y alcanzar el agujero de gusano en 18 días. A partir de ahí, confiábamos en mantener el rumbo y llegar al punto de donde partió la sonda. Así llegué a vosotros.

El oficial no dijo nada durante varios segundos. Se levantó de la silla y salió de la sala. Tras 20 minutos sin ninguna novedad, escuché unos pasos fuera. Se abrió la puerta. Venía con alguien.
—Puede pasar, por favor —dijo el oficial notablemente nervioso.
Una mujer entró. Cabello largo y liso. Negro. Ojos verdes. Complexión esbelta.
—Hola —me dijo.
Mi pulso se aceleró al verla. ¡ERA EXACTAMENTE IGUAL A MÍ!