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Efecto Mariposa

Neryo

—Juanjo, ordena tu habitación de una vez. Ese asqueroso olor seguro que viene de la pila de calcetines sucios —vocifera mi madre tras la puerta.
No le devuelvo respuesta y sigo en mi pétrea postura, cruzado de piernas en el suelo sin tocar ninguna pared. Soy incapaz de recordar la última vez que salí de mi cuarto. Desde la última clase de ciencias en el instituto, no he podido. Literalmente: el Universo no me lo permite.
¿Cómo le explico a mi madre que no es posible, que no puedo ordenar mi habitación? ¿Cómo le hago entender que el Universo tiende al caos? Que en cuanto mueva un lápiz de sitio, habrá una avalancha en el Tíbet. Que no debo perturbar el caos tratando de conseguir un orden. Que la vida crea su libre albedrío y no podemos tenernos en tal alta consideración, creyéndonos «ordenadores del sistema». No quiero ser el causante de la próxima catástrofe.
Las horas pasan y me sumerjo en un estado introspectivo, comatoso inclusive. Me centro en que mi respiración expanda lo menos posible mis pulmones, temiendo que el movimiento de mis partículas detone una bomba nuclear custodiada a miles de quilómetros. Nunca me volveré a sentir a salvo como cuando era presa de la ignorancia, como cuando era un niño que jugaba en el barro sin saber que sus actos tenían consecuencias. Mis pensamientos se funden unos con otros y el cansancio por inanición hace mella en mi organismo.
Soy arrancado de mi letargia por un estruendo inesperado. Veo cómo mi puerta se resquebraja, cómo se astilla por la fuerza de los golpes.
—Juanjo, aléjate de la puerta —ordena la voz de mi madre—. Ya no sabía qué más hacer —admite entre sollozos. No sé si a mí o a una tercera persona.
—No se preocupe señora, nosotros cuidaremos de él. —Las bisagras ceden tras tantos impactos y la puerta se desploma, levantando una humareda de polvo.
Dos hombres grandes y fornidos entran sin vacilar en mi espacio. Van equipados con protecciones y un casco les protege la cabeza. Me levantan en volandas como si careciera de masa.
—Pero ¿qué hacéis? No podéis hacer esto. Vais en contra de las leyes del Universo. Vais en contra de vuestra propia naturaleza —declaro enfadado, debatiéndome entre forcejear para liberarme o no perturbar más la matriz.
—Cariño, ellos te van a ayudar. Yo no sé cómo hacerlo —reconoce mi madre—. Mamá te quiere, Juanjo. —Me acaricia la cara a modo de despedida cuando los hombres me sacan a la fuerza de mi santuario.


Un foco de luz blanca y estéril me despierta. Trato de apoyarme en mis codos para erguirme, pero noto un tirón que me lo impide. Llevo puesta una camisa de fuerza. Me han internado en una sala acolchada de un centro psiquiátrico, como si el loco fuera yo.
—Buenos tardes Juanjo, me alegra ver que estás despierto. —Intuyo que me observa tras el espejo que tengo enfrente—. Soy el doctor Velázquez, pero puedes llamarme Morty. Lamento que nuestra presentación fuera tan abrupta, pero su madre contactó con nosotros de emergencia.
—No sabéis lo que habéis hecho. No sois conscientes de lo peligroso de vuestros actos —sentencio.
—Juanjo, todos hemos pasado por algún momento oscuro en nuestras vidas. Ya verás como la medicación hará que recuperes la percepción de la realidad.
Justo entonces, confirmando mis temores, una mariposa se hace presente en la sala acolchada.
—¿Cómo es posible? Esta sala es de máxima seguridad. No puede entrar nada del exterior —admite preocupado el doctor de poca monta.
La mariposa de tonos anaranjados aletea por el lugar hasta posarse en mi nariz. Noto cómo el cosquilleo se abre paso hasta mis fosas nasales y segundos antes de que la onda expansiva de mi estornudo arrase con todo, hago las presentaciones pertinentes:
—Morty, saluda al caos.