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Autopsia de una prohibición

Hipatia

Ruhksar espera sentada. Escucha el ajetreo constante de su alrededor. Las luces titilantes y los llantos desesperados. Escucha la pérdida y el nacimiento, habitaciones contiguas. Unos nacen y otros mueren. Se mantiene tranquila, será la última vez que pise un hospital.
Sus manos, arrugadas de tantos años de vida, están posadas sobre su pecho. Supone que solo queda esperar. ¿Para que? No pueden atenderla. Su cuerpo de mujer no puede ser tratado por un hombre; Afganistán ha perdido a las mujeres que trabajaban como doctoras, a todas las niñas que soñaban con serlo. Ya no pueden estudiar. El gobierno ha decidido que no tengan derecho a la educación, ni a esos puestos de trabajo; tampoco pueden ser vistas o tratadas por un hombre que no sea su marido.
Piensa en su nieta Maryam. Desde que la obligaron a dejar la universidad se ha envuelto día y noche en la cocina. Es la forma que ha encontrado de mantener entretenida una mente tan activa y curiosa como la suya. Solo le quedaba un año para titularse. Al menos le ha podido dejar escrita la receta de su Kabuli Pulao. Seguro que acaba haciéndolo más delicioso que ella.
Otro pinchazo en el pecho. Cada vez que el dolor se intensifica, piensa en las posibilidades que se han perdido. Ella morirá sin que nadie pueda salvarla, pero más profundo siempre será el miedo de que su nieta jamás vaya a poder salvar a nadie, ni siquiera a ella misma. No es solo su cuerpo enfermo; es el cuerpo de toda una generación de mujeres cuya salud quedará sin atender. Cada enfermedad femenina que nunca se estudiará, cada síntoma ignorado que será un posible avance que se perderá en la historia. Se pregunta cómo la medicina ha llegado a depender de la diversidad.
Ruhksar nota cómo su cuerpo se va apagando, comprende que su propia muerte es solo una pieza de un rompecabezas más grande: el futuro truncado de todas las mujeres que alguna vez podrían haber sido médicas, científicas, investigadoras… Un país que vuelve a la sombra de lo que un día había iluminado.El murmullo del hospital se vuelve más lejano, como si alguien estuviera cerrando puertas invisibles a su alrededor. Ruhksar respira con dificultad. El aire entra en sus pulmones con la torpeza de un visitante que ya no sabe si es bienvenido. A su lado, una cortina se corre con brusquedad; alguien celebra un nacimiento. Un llanto nuevo corta el aire con la fuerza de lo que empieza. Sonríe (La vida insiste incluso cuando todo parece empeñado en negarla)
Recuerda el día en que Maryam le anunció que quería estudiar medicina. Sus ojos brillaban con la determinación de quién cree que el mundo es moldeable. Otro latido irregular la sacude. Cierra los ojos. Piensa en todas las mujeres que alguna vez se inclinaron sobre libros gruesos, subrayando palabras difíciles, descifrando diagnósticos imposibles. Piensa en las aulas que quedaron vacías. El conocimiento no desaparece de golpe; se marchita cuando deja de cultivarse.
Siente frío. No un frío que venga del exterior, sino uno que nace desde dentro, como si su sangre estuviera perdiendo el camino. Sus manos ya no descansan firmes sobre el pecho; tiemblan apenas. Se pregunta si alguien contará su historia. Si alguien dirá que no fue solo un corazón el que falló, sino un sistema entero el que decidió que ciertos cuerpos no merecían atención. A lo lejos, oye pasos apresurados. Voces masculinas que dictan órdenes. Ninguna se dirige a ella. Ruhksar entiende entonces que no habrá milagro. No habrá tratamiento improvisado ni excepción compasiva. Su destino está sellado por normas escritas.
En su mente aparece Maryam, inclinada sobre una mesa cubierta de harina, midiendo con precisión cada ingrediente. Una inteligencia desviada, contenida, obligada a buscar grietas por donde respirar. Ruhksar quisiera decirle que no abandone la curiosidad, que la preserve como una brasa bajo la ceniza. Que el conocimiento, aunque lo prohíban, siempre encuentra la forma de sobrevivir. Su respiración se acorta. El techo blanco comienza a difuminarse. Ya no escucha el hospital; solo un zumbido tenue que podría ser el eco de su propia sangre apagándose. No siente rabia por sí misma. Su vida ha sido larga, llena de estaciones. Lo que le duele es saber que ella habrá sido más afortunada de lo que lo será su nieta.
Cuando el último latido finalmente se extingue, no hay estruendo ni anuncio solemne. Solo un silencio más denso ocupando el espacio que deja su cuerpo. Ruhksar muere allí, discreta, casi invisible. Pero en ese instante queda claro que su muerte es apenas una sombra frente a otra pérdida más vasta y profunda: la verdadera muerte que importaba en ese momento era la de la ciencia y la mujer, sofocadas juntas en la misma oscuridad