ASTROBITÁCORAS
MJ
Hace muchos años que se fue pero su forma de contarme lo que veía en aquellas noches de silencio, aún me fascina. Han pasado muchos años desde que ya no puede hablarme de cuántas estrellas tenía sobre sus hombros cuando salía a cubierta.
En un mundo paralelo vendría conmigo a observar la misma bóveda celeste, aunque no la suya de entonces. No es el mismo cielo, no. Le faltan estrellas. Quizá ni siquiera fueran las mismas. Viajó demasiado para mi gusto ¿Conocería la Gran Nube de Magallanes? Me encantaría preguntarle por todo eso que yo aún no pude ver con mis ojos. Todas esas constelaciones que se esconden más allá de mi horizonte.
Adoro el cielo de invierno. Esta noche pude observar algunas estrellas de Puppis en el horizonte. Me gusta imaginar que es la popa de uno de esos barcos que lo llevaban de viaje, hasta que regresaba con alguna chocolatina inmensa del aeropuerto.
Quizá pudiera ser yo quien le enseñase los caminos del cielo. Hablarle de las constelaciones circumpolares. De las zodiacales de esta época del año. Seguro que le habría gustado verme progresar con mi pequeño telescopio de aficionada.
Quizá, solo quizá, seria mi compañero nocturno. Era tan brillante que seguro que no habría parado hasta hacer algún hallazgo sorprendente con nuestros escasos medios. En realidad no necesito encontrar un nuevo exoplaneta ni cazar cometas. Solo disfrutar de su compañía una vez más.
Cometas. Objetos transneptunianos que se atreven a visitar el Sol a riesgo de perder su identidad. Su hielo, sublimado casi por completo, como las alas de Ícaro, dejando un bonito rastro de su proeza en el universo en forma de cola. Lo dan todo, al borde del colapso. Al alejarse, recuperan su hielo. Se crean una coraza renovada tras su viaje al perihelio. Es como volver a empezar sin perder toda tu esencia. Así son los astronautas, ¿no? Su viaje entraña un gran riesgo para luego tener que volver a la Tierra, recuperar la gravedad, volver a la rutina. Volver a empezar.
Mira, ahí va una estrella fugaz. No, no voy a pedir deseos irrealizables a un meteoro que se ha cruzado en nuestra trayectoria. Una particular probablemente minúscula, del tamaño de un grano de arena, ha sido capaz de brillar, aunque sea en su último suspiro de vida. Una chispa en el negro cielo.
Esa chispa. La semilla primigenia que me metió en la cabeza con sus cuentos estelares. Y aquí estoy, en el silencio de una noche cualquiera, llenando mi cuaderno de astrobitácora.
Ojalá la leyeses, papá.
Diario de observación
Día: 28 de febrero de 2026
Lugar: Monte Coirego (Pontevedra)
Meteorología: Banco de nubes dispersas cercanas al horizonte. 15% de nubosidad
Objetos observados:
· Júpiter y 3 de sus lunas galileanas: Europa, Calisto y Ganímedes. Ío no se dejó observar. Tampoco la Gran Mancha Roja. Las bandas ecuatoriales, espectaculares esta noche.
· La Luna creciendo al 65%. Demasiado brillo en el cielo para observar galaxias. El terminador, precioso. No se aprecia bien el relieve de los cráteres con tanta luz. Filtro lunar en el ocular de 26x.
· Nebulosa de Orión (M42), hoy apreciable con su nebulosidad azulada. Muy nítida para este cielo pobre.
· Pléyades (M45), muy resultonas con prismáticos. Quería observar el cúmulo del pesebre, pero la Luna estaba justo en la constelación de Cáncer, así que me conformé con las Siete Hermanas.
· Ni rastro de Mercurio. Demasiada claridad en el horizonte aún.
· Saturno bastante borroso, a tan solo cuatro grados sobre el horizonte. Demasiada turbulencia. Anillos muy perpendiculares.
Paseo de reconocimiento por la bóveda:
– La Osa mayor rozando el horizonte.
– Visible únicamente la Estrella Polar de la Osa Menor.
– Casiopea.
– De Géminis, Castor, Pollux y una de las estrellas de su pie (con Júpiter en su casa).
– De Tauro, Aldebarán y las Pléyades.
– La Auriga, con Capella.
– Proción
– Un Leo tímido asomando por el este.
– Cefeo, oculto tras las nubes.
Viaje de vuelta a casa sin novedades. Los jabalíes del lunes no se encontraban por la zona esta noche. “Amerizaje” con éxito.
En un mundo paralelo vendría conmigo a observar la misma bóveda celeste, aunque no la suya de entonces. No es el mismo cielo, no. Le faltan estrellas. Quizá ni siquiera fueran las mismas. Viajó demasiado para mi gusto ¿Conocería la Gran Nube de Magallanes? Me encantaría preguntarle por todo eso que yo aún no pude ver con mis ojos. Todas esas constelaciones que se esconden más allá de mi horizonte.
Adoro el cielo de invierno. Esta noche pude observar algunas estrellas de Puppis en el horizonte. Me gusta imaginar que es la popa de uno de esos barcos que lo llevaban de viaje, hasta que regresaba con alguna chocolatina inmensa del aeropuerto.
Quizá pudiera ser yo quien le enseñase los caminos del cielo. Hablarle de las constelaciones circumpolares. De las zodiacales de esta época del año. Seguro que le habría gustado verme progresar con mi pequeño telescopio de aficionada.
Quizá, solo quizá, seria mi compañero nocturno. Era tan brillante que seguro que no habría parado hasta hacer algún hallazgo sorprendente con nuestros escasos medios. En realidad no necesito encontrar un nuevo exoplaneta ni cazar cometas. Solo disfrutar de su compañía una vez más.
Cometas. Objetos transneptunianos que se atreven a visitar el Sol a riesgo de perder su identidad. Su hielo, sublimado casi por completo, como las alas de Ícaro, dejando un bonito rastro de su proeza en el universo en forma de cola. Lo dan todo, al borde del colapso. Al alejarse, recuperan su hielo. Se crean una coraza renovada tras su viaje al perihelio. Es como volver a empezar sin perder toda tu esencia. Así son los astronautas, ¿no? Su viaje entraña un gran riesgo para luego tener que volver a la Tierra, recuperar la gravedad, volver a la rutina. Volver a empezar.
Mira, ahí va una estrella fugaz. No, no voy a pedir deseos irrealizables a un meteoro que se ha cruzado en nuestra trayectoria. Una particular probablemente minúscula, del tamaño de un grano de arena, ha sido capaz de brillar, aunque sea en su último suspiro de vida. Una chispa en el negro cielo.
Esa chispa. La semilla primigenia que me metió en la cabeza con sus cuentos estelares. Y aquí estoy, en el silencio de una noche cualquiera, llenando mi cuaderno de astrobitácora.
Ojalá la leyeses, papá.
Diario de observación
Día: 28 de febrero de 2026
Lugar: Monte Coirego (Pontevedra)
Meteorología: Banco de nubes dispersas cercanas al horizonte. 15% de nubosidad
Objetos observados:
· Júpiter y 3 de sus lunas galileanas: Europa, Calisto y Ganímedes. Ío no se dejó observar. Tampoco la Gran Mancha Roja. Las bandas ecuatoriales, espectaculares esta noche.
· La Luna creciendo al 65%. Demasiado brillo en el cielo para observar galaxias. El terminador, precioso. No se aprecia bien el relieve de los cráteres con tanta luz. Filtro lunar en el ocular de 26x.
· Nebulosa de Orión (M42), hoy apreciable con su nebulosidad azulada. Muy nítida para este cielo pobre.
· Pléyades (M45), muy resultonas con prismáticos. Quería observar el cúmulo del pesebre, pero la Luna estaba justo en la constelación de Cáncer, así que me conformé con las Siete Hermanas.
· Ni rastro de Mercurio. Demasiada claridad en el horizonte aún.
· Saturno bastante borroso, a tan solo cuatro grados sobre el horizonte. Demasiada turbulencia. Anillos muy perpendiculares.
Paseo de reconocimiento por la bóveda:
– La Osa mayor rozando el horizonte.
– Visible únicamente la Estrella Polar de la Osa Menor.
– Casiopea.
– De Géminis, Castor, Pollux y una de las estrellas de su pie (con Júpiter en su casa).
– De Tauro, Aldebarán y las Pléyades.
– La Auriga, con Capella.
– Proción
– Un Leo tímido asomando por el este.
– Cefeo, oculto tras las nubes.
Viaje de vuelta a casa sin novedades. Los jabalíes del lunes no se encontraban por la zona esta noche. “Amerizaje” con éxito.