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Una ventana en mi bolsillo

Carmen Suárez Corral

A veces me quedo mirando el móvil antes de dormir, con la luz de la pantalla dándome en toda la cara, y me pongo a pensar en lo raro que es todo esto. O sea, estamos pegados a un trozo de metal y cristal casi todo el día. Si se lo intentaras explicar a alguien de hace cien años, pensarían que es brujería o que estamos todos locos. Pero para nosotras es lo más normal del mundo. Si me quitan el móvil una tarde, siento que me falta un brazo o que estoy aislada en una isla desierta, aunque esté en el sofá de mi casa.
Lo que me parece más fuerte es que no tenemos ni idea de lo que pasa ahí dentro. Yo le doy a un icono y aparece una foto, o mando un mensaje y a mi amiga le llega al segundo, aunque esté en la otra punta de la ciudad o de vacaciones en la playa. ¿Cómo viaja eso? Mi profesora de tecnología, o sea, TIC, dice que son ondas, que la información viaja por el aire en forma de señales que no vemos. Y yo me imagino el aire lleno de mensajes, de fotos de todos tipos de audios de tres minutos y de indirectas de Instagram cruzándose por todas partes. Si pudiéramos ver las ondas del wifi o de los datos móviles, no veríamos ni el cielo de la cantidad de cosas que hay volando por ahí.
Y luego está el tema de la batería. Me da mucha rabia cuando se pone en rojo justo cuando más lo necesito. Pero si lo piensas, la batería es pura ciencia común. Son un montón de minerales y cosas químicas que se enfrentan unas contra otras y se mueven de un lado a otro para soltar energía. Es como si tuviéramos un rayo pequeño encerrado en una cajita. Esa energía viene de algún sitio. A lo mejor viene de un molino de viento que está en un monte lejano o de una placa solar de las que hay nuevas cerca de mi instituto para que yo pueda seguir viendo vídeos de gente cocinando cosas que nunca voy a hacer.
A veces me ralla pensar en cómo ha cambiado todo. Mi madre me cuenta que cuando ella tenía mi edad, si quería hablar con alguien tenía que llamar al teléfono fijo de su casa. ¡Al fijo! Imagínate que te lo tiene que coger su padre o su madre y tienes que preguntar por ella. Qué vergüenza me daría. Ahora todo es directo. Pero, a veces pienso si tanta conexión es buena. La ciencia nos ha dado la capacidad de estar "juntos" sin estarlo. Puedo estar hablando con mi mejor amiga por WhatsApp mientras cada una está en su cama, y nos reímos y nos contamos todo, pero no nos estamos viendo de verdad. Es como una realidad de mentira, pero que se siente muy real.
Otra cosa que me flipa es la memoria de los aparatos. ¿Cómo cabe tanto en algo tan pequeño? Antes las fotos se imprimían y ocupaban álbumes gigantes que pesaban un montón y cogían polvo en las estanterías. Ahora tengo tres mil fotos en el móvil y no ocupan sitio físico. Son solo números guardados en un chip que es más pequeño que una hormiga. La ciencia ha conseguido que nuestros recuerdos no pesen. Bueno, no pesan en las manos, porque en la cabeza a veces sí que pesan un poco, sobre todo cuando te pones a mirar fotos de hace dos años y ves lo mucho que has cambiado.

A veces, cuando se me cae el móvil al suelo (que me pasa mucho porque soy una patosa), rezo para que no se haya roto la pantalla. Y ahí me doy cuenta de lo frágil que es toda esta tecnología. Mi familia, y profesores dice que antes las cosas se hacían para durar toda la vida, y que ahora la ciencia se usa para que las cosas se rompan y compremos otras, aunque sea la parte que menos me gusta.
Al final, la ciencia no es solo lo que sale en los libros aburridos del instituto. La ciencia es mi móvil, es la música que escucho en los cascos sin cables, es el microondas donde caliento las palomitas y es la medicina que me tomo cuando me duele la cabeza. Es todo lo que hace que mi vida sea más fácil y cómoda. Aunque a veces me gustaría desconectar de todo y dejar el móvil en un cajón, sé que no duraría ni media hora. Porque somos una generación que ha nacido con la tecnología en la mano y, para nosotros, la ciencia no es algo raro, es nuestra forma de ver el mundo.