Un nuevo hogar
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Este libro está dedicado a otras madres como yo, para que mi historia les haga sentir como las heroínas que son.
CAPÍTULO 1: El desahucio
Todo comenzó con una presencia extraña en mi zona del hueso. Había unos agentes deambulando. Llevaban unas placas que decían “Factor de crecimiento G-CSF”. No paraban de guiar a mis vecinas hacia los capilares y, al ver que no volvían, mi nerviosismo aumentaba.
Pero el pánico real dominó mi interior celular cuando vi que uno se acercaba hacia mí.
-Por favor señora, diríjase hacia el capilar. Se la necesita en otro lugar. - me dijo el factor.
No tuve más remedio que seguirlo pues, cuanto más intentaba excusarme, más me presionaba.
Ya en el capilar, otro compañero lo relevó y me acompañó hasta que me adentré en el torrente sanguíneo.
CAPÍTULO 2: El conducto
Al principio pensé que iba a ser algo temporal. Que arreglaríamos algo en otro sector y nos devolverían a casa. Pero no fue así.
Me llevé aproximadamente cuatro días dando vueltas. Pasando por la central una y otra vez, siendo impulsada junto a cada vez más de mis compañeras.
Al menos pude cruzarme, entre sístole y diástole, con algunos de mis hijos. La alegría dio paso a un fugaz intercambio de información que me dejó pensativa, pues me dijeron que no había ningún problema en el organismo. Resulta que esos factores que me guiaron hasta allí, llevaban entrando desde hacía ya unos días por un conducto extraño y, según los leucocitos, de apariencia metálica.
CAPÍTULO 3: El secuestro
A pesar de lo terrible que pueda parecer lo vivido hasta ese momento, el quinto día fue el peor. Solo puedo decir que todos intentamos escapar.
Me acabé cruzando con uno de esos conductos extraños. Pero en vez de desembarcar más factores, el artefacto comenzó a succionarnos. Me atraparon y, minutos después me separaron de mis hijos, al igual que a mis compañeras de los suyos. Unos secuestradores muy selectivos….
Al poco tiempo estaba fuera. Literalmente fuera.
Fuera de lo que yo conocía como mundo. Un mundo al que le di mi ser desde el momento en que me formé.
¿Por qué había dejado ese mundo que me secuestraran aquellos captores de bata blanca? ¿Qué tan poco había significado para él?
CAPÍTULO 4: La esperanza
Después de lo ocurrido y, tras pasarme días en una celda de plástico dentro de una cámara fría y siniestra, la cálida luz de la mañana bañó mi membrana celular, sacándome del sueño y alumbrándome con un rayito de esperanza.
Aquel día parecía que iba a ser diferente. Nos sacaron de ese lugar para luego colocarnos en una especie de poste metálico bastante alto. Extraño… Pero al menos allí pude ver lo que estaba pasando.
-¿Eso de ahí es un ramo de flores? ¿Por qué se abrazan los organismos pluricelulares de la habitación? ¿Qué estarán celebrando? Seguro que nada bueno para nosotras…- pensé.
No pasaron ni dos segundos tras mi última plegaria a la madre Ciencia para que me amparase cuando, de repente, empecé a caer desde lo alto de la jaula de plástico a través de un conducto hasta llegar a una vena.
O más bien otra vena.
CAPÍTULO 5: La otra casa
-¿Esta vena, esta sangre… ? No me resultan familiares. Además, mis receptores de membrana captan una fuerte presencia de químicos, como si hubieran estado desinfectando. Que caos.- pensé asustada.
La repentina sacudida de un eritrocito desconocido me sacó de mis pensamientos. Agarrándome fuerte nos paró en seco y, mirándome a los ojos en medio del caótico torrente, dijo:
-¡Menos mal que estáis aquí! Lo hemos pasado fatal. Primero, las nuestras empezaron a invadirlo todo. Después, solo había químicos abrasivos… y muerte ¡y más muerte! Hemos estado débiles. Demasiado tiempo… ¡Pero habéis venido a salvarnos! -
No pude evitar recordar las palabras del factor: “Se la necesita en otro lugar”. Y, en ese momento, la última pieza encajó en mi interior.
Las células de ese organismo le fallaron. Se volvieron en su contra. Olvidaron su función de progenitora e intentaron destruir su propio hogar, saturándolo de blastos mieloides. Invadiendo la médula y dificultando la producción de células sanguíneas.
¡Qué traicionero y despiadado! A mi jamás se me habría ocurrido hacer eso.
Y por eso estaba allí.
Pues, ese cuerpo al que nutrí, ayudé y protegí con mis hijos durante tanto tiempo, me había encaminado, voluntaria y altruistamente, hacia una misión mayor: salvar una vida.
EPÍLOGO:
A fin de cuentas, y a pesar de todo lo sufrido, me siento una célula madre afortunada. Cada día doy gracias por haber echado raíces en este nuevo hogar.
Porque, ¿qué hay más bonito en este mundo, que un amor que no entiende de fronteras físicas y traspasa los tejidos vasculares y epiteliales para implantarse en la médula ósea de otra persona?
CAPÍTULO 1: El desahucio
Todo comenzó con una presencia extraña en mi zona del hueso. Había unos agentes deambulando. Llevaban unas placas que decían “Factor de crecimiento G-CSF”. No paraban de guiar a mis vecinas hacia los capilares y, al ver que no volvían, mi nerviosismo aumentaba.
Pero el pánico real dominó mi interior celular cuando vi que uno se acercaba hacia mí.
-Por favor señora, diríjase hacia el capilar. Se la necesita en otro lugar. - me dijo el factor.
No tuve más remedio que seguirlo pues, cuanto más intentaba excusarme, más me presionaba.
Ya en el capilar, otro compañero lo relevó y me acompañó hasta que me adentré en el torrente sanguíneo.
CAPÍTULO 2: El conducto
Al principio pensé que iba a ser algo temporal. Que arreglaríamos algo en otro sector y nos devolverían a casa. Pero no fue así.
Me llevé aproximadamente cuatro días dando vueltas. Pasando por la central una y otra vez, siendo impulsada junto a cada vez más de mis compañeras.
Al menos pude cruzarme, entre sístole y diástole, con algunos de mis hijos. La alegría dio paso a un fugaz intercambio de información que me dejó pensativa, pues me dijeron que no había ningún problema en el organismo. Resulta que esos factores que me guiaron hasta allí, llevaban entrando desde hacía ya unos días por un conducto extraño y, según los leucocitos, de apariencia metálica.
CAPÍTULO 3: El secuestro
A pesar de lo terrible que pueda parecer lo vivido hasta ese momento, el quinto día fue el peor. Solo puedo decir que todos intentamos escapar.
Me acabé cruzando con uno de esos conductos extraños. Pero en vez de desembarcar más factores, el artefacto comenzó a succionarnos. Me atraparon y, minutos después me separaron de mis hijos, al igual que a mis compañeras de los suyos. Unos secuestradores muy selectivos….
Al poco tiempo estaba fuera. Literalmente fuera.
Fuera de lo que yo conocía como mundo. Un mundo al que le di mi ser desde el momento en que me formé.
¿Por qué había dejado ese mundo que me secuestraran aquellos captores de bata blanca? ¿Qué tan poco había significado para él?
CAPÍTULO 4: La esperanza
Después de lo ocurrido y, tras pasarme días en una celda de plástico dentro de una cámara fría y siniestra, la cálida luz de la mañana bañó mi membrana celular, sacándome del sueño y alumbrándome con un rayito de esperanza.
Aquel día parecía que iba a ser diferente. Nos sacaron de ese lugar para luego colocarnos en una especie de poste metálico bastante alto. Extraño… Pero al menos allí pude ver lo que estaba pasando.
-¿Eso de ahí es un ramo de flores? ¿Por qué se abrazan los organismos pluricelulares de la habitación? ¿Qué estarán celebrando? Seguro que nada bueno para nosotras…- pensé.
No pasaron ni dos segundos tras mi última plegaria a la madre Ciencia para que me amparase cuando, de repente, empecé a caer desde lo alto de la jaula de plástico a través de un conducto hasta llegar a una vena.
O más bien otra vena.
CAPÍTULO 5: La otra casa
-¿Esta vena, esta sangre… ? No me resultan familiares. Además, mis receptores de membrana captan una fuerte presencia de químicos, como si hubieran estado desinfectando. Que caos.- pensé asustada.
La repentina sacudida de un eritrocito desconocido me sacó de mis pensamientos. Agarrándome fuerte nos paró en seco y, mirándome a los ojos en medio del caótico torrente, dijo:
-¡Menos mal que estáis aquí! Lo hemos pasado fatal. Primero, las nuestras empezaron a invadirlo todo. Después, solo había químicos abrasivos… y muerte ¡y más muerte! Hemos estado débiles. Demasiado tiempo… ¡Pero habéis venido a salvarnos! -
No pude evitar recordar las palabras del factor: “Se la necesita en otro lugar”. Y, en ese momento, la última pieza encajó en mi interior.
Las células de ese organismo le fallaron. Se volvieron en su contra. Olvidaron su función de progenitora e intentaron destruir su propio hogar, saturándolo de blastos mieloides. Invadiendo la médula y dificultando la producción de células sanguíneas.
¡Qué traicionero y despiadado! A mi jamás se me habría ocurrido hacer eso.
Y por eso estaba allí.
Pues, ese cuerpo al que nutrí, ayudé y protegí con mis hijos durante tanto tiempo, me había encaminado, voluntaria y altruistamente, hacia una misión mayor: salvar una vida.
EPÍLOGO:
A fin de cuentas, y a pesar de todo lo sufrido, me siento una célula madre afortunada. Cada día doy gracias por haber echado raíces en este nuevo hogar.
Porque, ¿qué hay más bonito en este mundo, que un amor que no entiende de fronteras físicas y traspasa los tejidos vasculares y epiteliales para implantarse en la médula ósea de otra persona?