Sofía
Nauta
Hay unas flores azules manchadas de barro. Son flores azules sobre un fondo blanco, en una falda de algodón. Las rodillas de una niña presionan la tela, sin compasión, contra el suelo de tierra. Hay cosas demasiado importantes para reparar en el disgusto que aquella falda embarrada provocará en sus padres.
La niña se encuentra en mitad de un procedimiento crucial. Remueve el charco de barro, asegurándose de que agua y tierra se mezclen bien. Al sacar las manos, una bola de barro se escurre entre sus dedos. Se gira hacia la tierra seca y empieza a moldear la masa informe.
Tras unos minutos, un vaso algo chueco ha sustituido al pegote de barro. Entonces se levanta, se espolsa las rodillas, coge con cuidado la frágil pieza y se dirige hacia la zona más soleada del parque. Ceremoniosamente, coloca su obra, aún húmeda, al lado de otra, completando una hilera de ocho preciosos vasos. Llevan horas secándose allí.
Cual general ante sus tropas, pasa revisión del estado de los vasos. Al llegar a la mitad de la fila, en su rostro aparece una sonrisa de satisfacción. Aunque los ha ido colocando en orden, solo a partir del cuarto empiezan a verse secos. Cada vez está más convencida de que tenía razón.
Sus padres la llevan a ese parque todos los sábados y le encanta: está en plena naturaleza, con un lago y árboles, y se oyen los pájaros. A ella le gusta jugar “al barro”: platos, vasos, corazones y estrellas de barro. Los seca al sol y se los lleva a casa para ampliar su colección.
Pero a veces el barro no se secaba a tiempo y no había manera de convencer a sus padres de meterlo en el coche. Da igual que empezara nada más llegar; había figuras que no se secaban en toda la mañana. Auténticas obras de arte se habían quedado en el parque, una verdadera tragedia. Y no le había pasado una ni dos veces; le había pasado muchísimas. Tantas, que ha empezado a sospechar qué ocurría.
Mientras contempla orgullosa su exposición, un niño desconocido se le acerca:
—¿Qué estás haciendo?
Ella duda. El niño parece muy curioso; quizá puede confiar en él.
—Estoy jugando a hacer figuras de barro, pero no es solo un juego.
Entonces, le cuenta todo: notó que las figuras no se secaban cuando eran de barro del lago. Estaba segura de que algo pasaba con esa tierra, algo la hacía diferente. Decidió hacer una prueba. Primero haría cuatro vasos con el barro del lago, luego otros cuatro con el del camino. No haría platos ni estrellas: debían ser todo vasos, todos iguales, para compararlos.
Entusiasmada, concluye su explicación.
—Así puedo ver en directo cuáles se secan antes. Quiero comprobar si el barro del lago tarda más en secarse.
—¿Y por qué cuatro de cada?
—Por si acaso. Para estar segura.
—¿Y ahora?
—Ahora toca el último paso: los vasos de barro mezclado.—Lo mira con una cara seria, como confiándole su mayor tesoro—¿Quieres ayudarme?—Él asiente, ilusionado.
Juntos ensanchan el hoyo del camino y traen barro de la orilla del lago. Con cierta emoción, vuelcan el cubo en el charco, y remueven. Laboriosamente, dan forma a dos nuevos vasos.
Mientras van a colocarlos en la fila, un hombre se acerca.
—Aurora, dile adiós a tu amigo. Tenemos que irnos a casa.
—¡Noooo! Por favor, aún no hemos terminado los vasos.
—Ya tienes un montón. Los del centro están secos; nos los podemos llevar.
—No hay que tocarlos. Pero necesitamos dos más para terminar.
El hombre, desconcertado, se queda mirando a su hija, luego la fila de vasos, y a ella de nuevo.
—Pero ¿qué hacías, cariño?, ¿qué es eso?
Aurora duda, pero se queda muda. Es demasiado complicado para explicárselo a un adulto.
—Jugaba con barro. Por cierto, ¿por qué el barro del lago no se seca?
Una sonrisa sorprendida ilumina el rostro de su padre. Guarda silencio, sopesando la respuesta.
—No lo sé, la verdad. ¿Quieres que lo averigüemos?
—¿Cómo?
—¿Te acuerdas de qué trabaja la tita Sofía?
—Con piedras.
—Sí. Pues cuando lleguemos a casa la llamamos; quizá tenga la respuesta.
La niña, intrigada, accede a volver a casa. Coloca el último vaso en la hilera y se despide de su nuevo amigo, que corre con sus padres.
Aurora espera que los vasos sigan intactos cuando vuelva. Tras una semana, ¿estarán húmedos los primeros? Mientras tanto, puede preguntarle a la tita. Parece que sabe algo que ella no.
Las flores azules se columpian sobre un fondo ahora marrón, mientras Aurora se aleja hacia la salida.
Un ruido a su espalda la hace girarse.
Una manzana ha caído del árbol de enfrente, junto a sus obras de barro.
—Qué raro—piensa— no sabía que ese árbol diera frutos.
La niña se encuentra en mitad de un procedimiento crucial. Remueve el charco de barro, asegurándose de que agua y tierra se mezclen bien. Al sacar las manos, una bola de barro se escurre entre sus dedos. Se gira hacia la tierra seca y empieza a moldear la masa informe.
Tras unos minutos, un vaso algo chueco ha sustituido al pegote de barro. Entonces se levanta, se espolsa las rodillas, coge con cuidado la frágil pieza y se dirige hacia la zona más soleada del parque. Ceremoniosamente, coloca su obra, aún húmeda, al lado de otra, completando una hilera de ocho preciosos vasos. Llevan horas secándose allí.
Cual general ante sus tropas, pasa revisión del estado de los vasos. Al llegar a la mitad de la fila, en su rostro aparece una sonrisa de satisfacción. Aunque los ha ido colocando en orden, solo a partir del cuarto empiezan a verse secos. Cada vez está más convencida de que tenía razón.
Sus padres la llevan a ese parque todos los sábados y le encanta: está en plena naturaleza, con un lago y árboles, y se oyen los pájaros. A ella le gusta jugar “al barro”: platos, vasos, corazones y estrellas de barro. Los seca al sol y se los lleva a casa para ampliar su colección.
Pero a veces el barro no se secaba a tiempo y no había manera de convencer a sus padres de meterlo en el coche. Da igual que empezara nada más llegar; había figuras que no se secaban en toda la mañana. Auténticas obras de arte se habían quedado en el parque, una verdadera tragedia. Y no le había pasado una ni dos veces; le había pasado muchísimas. Tantas, que ha empezado a sospechar qué ocurría.
Mientras contempla orgullosa su exposición, un niño desconocido se le acerca:
—¿Qué estás haciendo?
Ella duda. El niño parece muy curioso; quizá puede confiar en él.
—Estoy jugando a hacer figuras de barro, pero no es solo un juego.
Entonces, le cuenta todo: notó que las figuras no se secaban cuando eran de barro del lago. Estaba segura de que algo pasaba con esa tierra, algo la hacía diferente. Decidió hacer una prueba. Primero haría cuatro vasos con el barro del lago, luego otros cuatro con el del camino. No haría platos ni estrellas: debían ser todo vasos, todos iguales, para compararlos.
Entusiasmada, concluye su explicación.
—Así puedo ver en directo cuáles se secan antes. Quiero comprobar si el barro del lago tarda más en secarse.
—¿Y por qué cuatro de cada?
—Por si acaso. Para estar segura.
—¿Y ahora?
—Ahora toca el último paso: los vasos de barro mezclado.—Lo mira con una cara seria, como confiándole su mayor tesoro—¿Quieres ayudarme?—Él asiente, ilusionado.
Juntos ensanchan el hoyo del camino y traen barro de la orilla del lago. Con cierta emoción, vuelcan el cubo en el charco, y remueven. Laboriosamente, dan forma a dos nuevos vasos.
Mientras van a colocarlos en la fila, un hombre se acerca.
—Aurora, dile adiós a tu amigo. Tenemos que irnos a casa.
—¡Noooo! Por favor, aún no hemos terminado los vasos.
—Ya tienes un montón. Los del centro están secos; nos los podemos llevar.
—No hay que tocarlos. Pero necesitamos dos más para terminar.
El hombre, desconcertado, se queda mirando a su hija, luego la fila de vasos, y a ella de nuevo.
—Pero ¿qué hacías, cariño?, ¿qué es eso?
Aurora duda, pero se queda muda. Es demasiado complicado para explicárselo a un adulto.
—Jugaba con barro. Por cierto, ¿por qué el barro del lago no se seca?
Una sonrisa sorprendida ilumina el rostro de su padre. Guarda silencio, sopesando la respuesta.
—No lo sé, la verdad. ¿Quieres que lo averigüemos?
—¿Cómo?
—¿Te acuerdas de qué trabaja la tita Sofía?
—Con piedras.
—Sí. Pues cuando lleguemos a casa la llamamos; quizá tenga la respuesta.
La niña, intrigada, accede a volver a casa. Coloca el último vaso en la hilera y se despide de su nuevo amigo, que corre con sus padres.
Aurora espera que los vasos sigan intactos cuando vuelva. Tras una semana, ¿estarán húmedos los primeros? Mientras tanto, puede preguntarle a la tita. Parece que sabe algo que ella no.
Las flores azules se columpian sobre un fondo ahora marrón, mientras Aurora se aleja hacia la salida.
Un ruido a su espalda la hace girarse.
Una manzana ha caído del árbol de enfrente, junto a sus obras de barro.
—Qué raro—piensa— no sabía que ese árbol diera frutos.