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Salitre

Salitre y lava

Arrecife, Lanzarote, 1964

Era media tarde cuando una niña conejera llamada Fayna acompañaba a su madre a buscar agua a la playa. Llenarían una barrica, que cargarían luego con su camello de vuelta a casa. Mientras continuara la sequía, tendrían que apañarse con agua de mar para algunos quehaceres domésticos, como lavar los platos y la ropa.

Hacía varios meses que no llovía prácticamente. El depósito subterráneo de su casa, el aljibe, apenas tenía agua. Se apañaban con agua dulce que traían los aguadores del otro extremo de la isla, del macizo de Famara, y que habían racionado a, como mucho, cinco litros por persona.

Fayna era la mayor de los cinco hermanos. Con tan solo doce añitos, ya colaboraba en todas las tareas de la casa. No obstante, lo que más le gustaba, era acompañar a su madre a buscar agua a la playa. Era el único rato en el que podía estar a solas con ella, sin todos sus hermanos gritando a su alrededor. Además, adoraba el susurro de las olas al batir contra la orilla, y el olor a salitre que le impregnaba el pelo y que no se le iba en días, hasta que se enjuagaba con la poca agua salobre traída de Famara que no destinaban a consumo o a cocinar.

Esa tarde, mientras caminaban por el espigón que había en el lado izquierdo de la playa, de camino a llenar sus recipientes para luego vaciarlos en la barrica, Fayna le preguntó a su madre:
—Madre, con toda el agua que hay en el mar, ¿por qué no podemos bebérnosla?
—Fayna, cariño, porque está demasiado salada, y la lengua se te quedaría seca como un esparto.
—¿Y por qué no podemos quitarle la sal al mar?
—Mi niña, eres más rara que un pejeverde. ¡Qué ideas tan absurdas se te meten en la cocorota! ¿Cómo vamos a quitarle la sal al mar?
—Madre, algún día beberemos agua del mar sin tanta sal. Lo soñé —dijo Fayna la mar de seria.

La idea de la pequeña Fayna de desalar agua del mar sonaba descabellada, pero no era la primera ni la única que lo había pensado. De hecho, Manuel Díaz Rijo, conejero de La Vegueta, también había llegado a esa conclusión unos años atrás. Él estaba convencido de que, si se utilizaban las tecnologías ya existentes en barcos de comercio para potabilizar agua de mar y se ampliaba la escala, se podría conseguir una planta desaladora capaz de solucionar los problemas de sequía que acuciaban a la isla desde hacía años. Y si además producía energía simultáneamente, se daría un gran salto en el desarrollo industrial, económico y turístico de la isla. Aunque al principio nadie creyó en su idea y lo tacharon de loco, fundó su propia empresa, importó la maquinaria necesaria de Estados Unidos, y puso en marcha el proyecto para darle vida.
Ni Fayna ni su madre lo sabían en ese momento, pero dicha planta estaba terminando de ser construida en aquellos instantes a tan solo unos kilómetros de distancia, y cambiaría sus vidas y las de todos los conejeros para siempre.

—Fayna, ni se te ocurra beber agua del mar, que te dará cagalera —La pequeña asintió con la cabeza, pues no quería enfadar a su madre y que le pegara con la chola.

Muchas veces se sentía incomprendida, e incluso un fisco toleta. Su madre decía que hacía demasiadas preguntas que no tenían sentido, porque “las cosas siempre habían sido así y punto”, y no tenía que estar dándole tantas vueltas como un trompo. Que tenía demasiados pájaros en la cabeza. Pero Fayna tenía tantas y tantas preguntas que se agolpaban a miles en su cabeza y para las cuales necesitaba una respuesta. No era capaz de conformarse con las vaguedades de su madre, ni le importaba que se rieran de ella por intentar aventuras aparentemente imposibles, como desalar agua del mar o construir tonguitas de verolos de cada vez más pisos de altura; de momento llevaba un récord de siete.

Y, sin embargo, lo que más la turbaba, eran sus sueños: imágenes muy vívidas y nítidas sobre cosas que nunca había visto antes pero que era capaz de describir a la perfección.

Mientras ambas se alejaban cargando el agua, la pequeña se atrevió a decirle a su madre por lo bajini:
—Madre, también soñé que ahí, justo ahí —dijo señalando con su pequeño dedo índice—, se quedaba atascado un barco enorme. Y que el mar se lo iba comiendo poco a poco.
—Hija, qué imaginación tienes.
La madre ignoraba que Fayna hablaba del barco Telamon, un carguero griego que encallaría en la costa de Arrecife el 31 de octubre de 1981.