Skip to main content

Persiguiendo el ideal

Jack Pearson

Perdidos entre las abstracciones más abstractas, podíamos llegar a vislumbrar la verdadera estructura de la realidad. Ella, pionera en la exploración del puro álgebra, nos guiaba con ligereza a través de un campo que nosotros, sus inexpertos discípulos, encontrábamos fangoso. Avanzábamos torpemente sin las muletas de las fórmulas, ejemplos o figuras; solo con conceptos, matemática ideal.

Por aquel entonces, todos buscábamos el ideal. Convencidos del cáncer que nos carcomía, reclamábamos la extirpación como único modo de redención. Yo, personalmente, quería vivir en el mundo del álgebra, donde podías rozar los pensamientos, y la lógica se sostenía por si sola. Sin simplificaciones, sin particularidades. Solamente perfección homogénea. En clase, mientras sus explicaciones nos sumían en un trance intelectual profundo, fantaseaba con tener esa mente, limpiar los tintes de ciencia aplicada que todavía manchaban mis razonamientos. Para Emmy Noether, lo natural era pensar en términos de conceptos; yo también quería eso.

El 25 de abril de 1933 fue la última vez que me embriagué de pureza matemática. Jamás conseguiría si quiera volver a intuirla. El 26 se anunciaba el cese de su actividad como docente, y los arios que vinieron después no tenían esa aura necesaria para formular el hechizo noetheriano que solidificaba el barro y lo hacía transitable.

Una mente brillante pasó a considerarse una mente degenerada; reducción al absurdo consentida. Ese día, pude entrever la sombra anticipada de la catástrofe más terrible, oliendo a llantos asfixiados. Tímidamente, asomó la duda.

A la mañana siguiente, después de clase, seguí militando con los compañeros, con la cruz medio doblada siempre en el pecho, y entre tanta convicción apasionada la niebla de recuerdos futuros se fue disipando.

Emmy Noether nunca volvió a enseñar en Alemania. El ideal se alejaba. Quizá nunca estuvo cerca.