Otro día en la Biblioteca
MrIslao
OTRO DÍA EN LA BIBLIOTECA
Calculo que hace ya cinco años que el universo se reinicia cada mañana y vuelve a ser 24 de octubre. En su momento me asusté, me desesperé, lloré, pataleé, y ahora sencillamente paso. He aceptado que mi destino es vivir el mismo día en bucle.
Cada día me despierto y hago perezas. Como cuando era niña, mi madre me llamaba para que me levantara e ir a la escuela, y mi adormilada respuesta siempre era "sólo un poquito más". Finalmente salgo de la cama, me pongo el jersey ancho y los vaqueros y voy a por el desayuno.
Mis compañeras de piso repiten exactamente las mismas frases y acciones en el mismo orden. Las noticias de la radio son exactamente las mismas. Yo me encojo de hombros, tomo mi café y preparo un almuerzo, que me llevo en tuppers. A veces no preparo nada y asumo que ya comeré por ahí. Voy a la biblioteca, me siento en una butaca y leo todo el día. Sin más. En estos años he leído a Dumas, a Stephen Hawking, a Silvia Plath, a Terry Pratchett, a Elvira Lindo, a Cervantes, a Jack London, a Victor Hugo, a Isabel Allende. Cientos de libros de todo tipo.
Hay veces que, por variar un poco, he ido al parque de atracciones, o me he comprado un billete de tren y me he ido a la costa. He visitado museos, lugares de mi ciudad que ni sabía que existían. He llamado diez veces al chico que me gustaba en el instituto, hemos tomado café siete de ellas y en un par de ocasiones le he convencido para cenar y tener una noche de amor. He ido a ferias, a encuentros de solteros, me he colado en congresos. He ido a trabajar un total de doce días no consecutivos. Que no se diga. Sin embargo, el plan que más veces repito es, con diferencia, ir a la biblioteca de mi barrio a leer. Silencio el móvil, claro está, y siempre me encuentro al final del día varias llamadas de mi jefe, amén de decenas de mensajes exigiendo que vaya ipso facto a la oficina o incluso comunicándome el despido (a veces con unas formas verdaderamente brutales).
Da lo mismo, a la mañana siguiente me despierto nuevamente en mi cama, el día 24 de octubre. Día de las Bibliotecas, por cierto.
No hago la colada. Si un día me mancho el jersey o los vaqueros tomando un chocolate, al día siguiente ya no está la mancha. Si se me rompe una lente de las gafas, al día siguiente vuelve a estar intacta. Como lo que quiero, siempre peso exactamente lo mismo al despertarme. Hay muchas cosas que, sencillamente, han dejado ya de importarme porque se corrigen solas, al empezar cada nuevo día.
Hace meses encontré en un oscuro y polvoriento pasillo de la biblioteca el departamento donde se hacen los expurgos, la selección y retirada de libros anticuados para su donación o destrucción. Las bibliotecarias se habían dejado la puerta abierta. Allí, en una estantería, como esperándome, descansaba un viejo libro de física del que caían algunas escamas de papel. Entiéndanme, no me esperaba, había otros libros allí. Pero el caso es que recogí justo aquel libro y le eché un vistazo. Encontré unas anotaciones hechas a mano en sus páginas de alguien que ya pasó por esto, un profesor de una universidad del norte del país.
Ví que el libro había sido donado hacía décadas, tras vaciar una biblioteca personal de una viuda, ya fallecida. En las anotaciones, el profesor hablaba de cómo estuvo atrapado en un bucle casi diez años y consiguió mantenerse cuerdo y reparar el tiempo. Dejaba este mensaje para el futuro, por si alguna vez volviese a ocurrir. Las instrucciones y notas que había dejado parecen bastante completas, y podrían ayudarme a volver a poner el universo en orden, e incluso sin saber del tema creo que es relativamente fácil de conseguir, pero…
Pero…
Pero el caso es que me encanta venir aquí, leer, salir a calentar en el microondas de la gasolinera de enfrente los tuppers que he traído de casa y comer tranquilamente, para luego volver a la biblioteca a leer en una de las butacas.
Por fin tengo tiempo para leer.
Lo acabaré arreglando, claro. Sería injusto para tanta gente que pudiendo hacerlo lo aprovechara para mis fines. Además, quién sabe lo sano que puede ser para mi salud mental vivir atrapada en un bucle, sin progresar, sin crecer como persona, siempre haciendo lo mismo, eternamente, sin capacidad de sorprenderme excepto con algún libro que aún no haya abierto.
Sólo un poquito más…
Calculo que hace ya cinco años que el universo se reinicia cada mañana y vuelve a ser 24 de octubre. En su momento me asusté, me desesperé, lloré, pataleé, y ahora sencillamente paso. He aceptado que mi destino es vivir el mismo día en bucle.
Cada día me despierto y hago perezas. Como cuando era niña, mi madre me llamaba para que me levantara e ir a la escuela, y mi adormilada respuesta siempre era "sólo un poquito más". Finalmente salgo de la cama, me pongo el jersey ancho y los vaqueros y voy a por el desayuno.
Mis compañeras de piso repiten exactamente las mismas frases y acciones en el mismo orden. Las noticias de la radio son exactamente las mismas. Yo me encojo de hombros, tomo mi café y preparo un almuerzo, que me llevo en tuppers. A veces no preparo nada y asumo que ya comeré por ahí. Voy a la biblioteca, me siento en una butaca y leo todo el día. Sin más. En estos años he leído a Dumas, a Stephen Hawking, a Silvia Plath, a Terry Pratchett, a Elvira Lindo, a Cervantes, a Jack London, a Victor Hugo, a Isabel Allende. Cientos de libros de todo tipo.
Hay veces que, por variar un poco, he ido al parque de atracciones, o me he comprado un billete de tren y me he ido a la costa. He visitado museos, lugares de mi ciudad que ni sabía que existían. He llamado diez veces al chico que me gustaba en el instituto, hemos tomado café siete de ellas y en un par de ocasiones le he convencido para cenar y tener una noche de amor. He ido a ferias, a encuentros de solteros, me he colado en congresos. He ido a trabajar un total de doce días no consecutivos. Que no se diga. Sin embargo, el plan que más veces repito es, con diferencia, ir a la biblioteca de mi barrio a leer. Silencio el móvil, claro está, y siempre me encuentro al final del día varias llamadas de mi jefe, amén de decenas de mensajes exigiendo que vaya ipso facto a la oficina o incluso comunicándome el despido (a veces con unas formas verdaderamente brutales).
Da lo mismo, a la mañana siguiente me despierto nuevamente en mi cama, el día 24 de octubre. Día de las Bibliotecas, por cierto.
No hago la colada. Si un día me mancho el jersey o los vaqueros tomando un chocolate, al día siguiente ya no está la mancha. Si se me rompe una lente de las gafas, al día siguiente vuelve a estar intacta. Como lo que quiero, siempre peso exactamente lo mismo al despertarme. Hay muchas cosas que, sencillamente, han dejado ya de importarme porque se corrigen solas, al empezar cada nuevo día.
Hace meses encontré en un oscuro y polvoriento pasillo de la biblioteca el departamento donde se hacen los expurgos, la selección y retirada de libros anticuados para su donación o destrucción. Las bibliotecarias se habían dejado la puerta abierta. Allí, en una estantería, como esperándome, descansaba un viejo libro de física del que caían algunas escamas de papel. Entiéndanme, no me esperaba, había otros libros allí. Pero el caso es que recogí justo aquel libro y le eché un vistazo. Encontré unas anotaciones hechas a mano en sus páginas de alguien que ya pasó por esto, un profesor de una universidad del norte del país.
Ví que el libro había sido donado hacía décadas, tras vaciar una biblioteca personal de una viuda, ya fallecida. En las anotaciones, el profesor hablaba de cómo estuvo atrapado en un bucle casi diez años y consiguió mantenerse cuerdo y reparar el tiempo. Dejaba este mensaje para el futuro, por si alguna vez volviese a ocurrir. Las instrucciones y notas que había dejado parecen bastante completas, y podrían ayudarme a volver a poner el universo en orden, e incluso sin saber del tema creo que es relativamente fácil de conseguir, pero…
Pero…
Pero el caso es que me encanta venir aquí, leer, salir a calentar en el microondas de la gasolinera de enfrente los tuppers que he traído de casa y comer tranquilamente, para luego volver a la biblioteca a leer en una de las butacas.
Por fin tengo tiempo para leer.
Lo acabaré arreglando, claro. Sería injusto para tanta gente que pudiendo hacerlo lo aprovechara para mis fines. Además, quién sabe lo sano que puede ser para mi salud mental vivir atrapada en un bucle, sin progresar, sin crecer como persona, siempre haciendo lo mismo, eternamente, sin capacidad de sorprenderme excepto con algún libro que aún no haya abierto.
Sólo un poquito más…