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Obelisco I

JSM

El ascensor que llevaba al secretario a la cima de la torre Obelisco I había superado el piso cincuenta, desde la ventana se podía apreciar el manto tóxico de nubes que cubría la ciudad hasta perderse en el horizonte. La impresión de fetidez que transmitían los diferentes tonos de marrones se acercaba bastante a la sensación de ahogo irrespirable que se vivía por debajo. Ya no eran ni buenos ni aires los que ofrecía la ciudad, pensaba el secretario. Podía distinguir a la distancia torres similares a la que se encontraba, que se elevaban hasta alcanzar los cien e incluso ciento cincuenta pisos; pequeñas ciudades en sí mismas, los habitantes de los pisos superiores eran los únicos privilegiados que seguían viendo el sol.
Como secretario privado del primer ministro recordaba cuando se había comenzado la construcción de esas moles, en el mayor de los secretos, de cara al público la excusa era de qué se trataba de un plan de modernización urbana: la ciudad del futuro. En cierto modo lo era, aunque habían omitido algunos detalles. Tal vez por eso nadie sospechó cuando las semanas previas a la catástrofe comenzaron las mudanzas: miembros de alto nivel del estado y sus familias, jerarquía militar y eclesiástica, magnates y empresarios de gran poder; los movimientos se hacían en un secretismo absoluto, si algún caso salía a la luz la propaganda se encargaba de venderlo como una muestra más del apoyo que recibía el proyecto por los miembros relevantes de la sociedad.
No iba a poder borrar nunca de su memoria el día que cayeron las bombas. A diferencia de las convencionales, que arrasaban con el impacto y la onda expansiva, esta vez se habían empleado proyectiles de polución: uno de los secretos que habían ocultado al secretario, junto a la razón de porque no se había hecho evacuar la ciudad en lugar de construir las torres.
Estas armas tenían un solo objetivo y lo cumplían a la perfección: la toxina liberada contaminaba la atmósfera en varios kilómetros a la redonda, volviéndola pesada, irrespirable y mortal; además el aire corrompido formaba una gruesa capa de nubes que obstruía por completo al sol. La infraestructura quedaba intacta haciendo del arma una forma eficiente y despiadada de vaciar una ciudad.
El caos de ese amanecer en medio de una nube tóxica fue total, para la mayoría ya era tarde cuando descubrieron que no se trataba de un incendio o un derrame tóxico. Los pocos que comprendieron la situación y se agolparon en las puertas de las torres se encontraron con los accesos sellados. De todos modos su intento hubiera sido en vano, los primeros diez pisos de cada torre habían sido fortificados, grupos de tropas seleccionadas tenían como misión evitar cualquier acceso no autorizado.
Solo sobrevivieron los que lograron refugiarse en la extensa red de subterráneos que recorría la ciudad, esos túneles se convirtieron en las arterias de los nuevos suburbios: la supervivencia se aferraba en cada vía, andén y estación.
Precisamente de ese sitio volvía el secretario. Durante las últimas semanas habían restablecido el contacto por órdenes del ministro, con el fin realizar un análisis de la situación y ofrecer ayuda; no era necesario aclarar la falta de cierta mano de obra calificada en las torres y la idea de intercambiar ese esfuerzo por recursos. El secretario se había encontrado con un panorama que en un principio calificó como desolador, pero con el tiempo pudo comprender la fuerza de voluntad y resistencia de esas personas. Tenía grabada a fuego la postal del grupo de niños, que con una pelota hecha de trapos viejos, habían armado un partido de fútbol en plena vía entre medio de dos formaciones detenidas: sin importar la tragedia que sucedía unos cuantos metros sobre su cabeza, ni que seguramente varios de ellos habían perdido a uno, sino ambos padres, corrían a los gritos entre durmientes y piedras con ganas de meter un gol.
El secretario estrujaba nervioso el sobre con la respuesta de ese pueblo relegado. Cuando llegó al último piso los guardias de seguridad le franquearon el acceso a la oficina del ministro, que tomó con ojos esperanzados el sobre y lo abrió. Su cara se desfiguró en un gesto de ira y arrojó la carta, que contenía un no gigante y en mayúsculas, al rostro de su secretario, exigiéndole explicaciones. Pero lo que más desconcertó al ministro, fue la sonrisa en el rostro de su secretario que parecía disfrutar la situación.
El pequeño sacudón de la torre no le dio tiempo a pensar en nada. Cuando sus guardias entraron a la oficina ignoraron la orden que dio de detener al secretario, los gritos de los soldados se impusieron: «¡Volaron la entrada principal y están subiendo señor! ¡Son demasiados, no los podemos detener!».