Me llamo Crinita
Ericaria
Me llamo Crinita. Este es mi segundo nombre, con el que me siento identificada. El primero me lo habéis cambiado demasiadas veces. Qué si Cystoseira, qué si Treptacantha. ¡Malditos estudios moleculares! Total, que ahora me llamáis Ericaria. Suena mejor. Ericaria crinita.
En el bosque de algas atrapo las miradas. Mis cauloides, morenos y estilizados, contrastan con mis ramas, rubias y suaves. Por lo que me ha llegado, si la madre de los dragones de Juego de Tronos fuera un alga, se parecería bastante a mí.
Tengo la suerte de vivir en un sitio único. La mayoría de humanos no sabéis que existe. ¡Un Lagoon Mediterráneo! Para que lo entendáis, es como una piscina. Está muy bien orientado: protegido del viento y las corrientes. Por un lado, está la playa y, por el otro, el arrecife, así que casi nunca entran las olas y las aguas son muy tranquilas. Ya lo sé, os pensáis que los arrecifes sólo están en zonas tropicales y que siempre son de coral. ¡Me sorprende que conozcáis mejor las zonas remotas que vuestra propia costa! Aquí, el arrecife está formado por Posidonia. Pero no cualquiera, ¡la Posidonia del Lagoon crece hasta la superficie! Es una pena que no queden muchos sitios así, al menos por esta zona.
Aunque vivir aquí, más que a la suerte, se lo debo a mi madre. Las de mi grupo somos algas muy familiares. Nos gusta estar cerca y vivir en comunidad. El cigoto que fui se asentó a tan solo unos centímetros de mi madre, mi abuela, mis tías y mis primas. Aunque, sinceramente, no tengo claro quién es quién. Pero eso no importa, se trata del bien común. Aquí he vivido siempre y aquí me quedaré. Estoy comprometida con el territorio y no pienso emigrar.
Tengo casi veintiséis años y, aunque te pueda parecer joven, nosotras alcanzamos una sabiduría inmensa porque somos muy observadoras. Vosotros todavía no sabéis cuánto tiempo podemos vivir y a mí me encanta mantener ese misterio. Todo a su tiempo. Tenéis que observar un poco más. Eso sí, te puedo adelantar que estoy en la flor de la vida y que, si me dejáis, me queda mucho por delante.
Ahora que empiezas a conocerme, te quiero contar una historia. Una de esas que te abren la mente, que cambian tu vida.
El día que cumplí veintiún años vino a casa un grupo de seres humanos. Tomaron notas y nos hicieron fotos. Volvían con frecuencia, cada vez con algo nuevo: cintas métricas, cuadrados… A veces, venían con más humanos, en plan tour. Y, aunque nos pisaban un poco, tenían interés en nosotras. Yo no sabía qué hacían, pero me cayeron bien. Nunca había recibido tanta atención y tengo que reconocer que me sentí importante.
Pero todo cambió el día que les acompañó el humano que sabía muchísimo. Les explicó nuestra vida y nos hizo mil fotos. También dijo algo que no entendí. Dijo que nuestra casa será una buena zona donante para restaurar sitios degradados. Y sentí que eso nos traería complicaciones.
Efectivamente, empezaron a actuar diferente. Un mes de mayo, a varias primas les quitaron el ápice de dos ó tres ramas. Sin su consentimiento y justo cuando sus cigotos estaban a punto de salir. Luego vino el taladro. Atornillaron placas de arcilla en casa. Sólo en un par de sitios, pero esta vez me tocó a mí, y colocaron una placa donde crecerían algunas de mis hijas. ¿Por qué nos hacían esto?
Estábamos indignadas, pero somos sabias y no perdemos los nervios. Así que observamos y debatimos hasta que, por fin, lo entendimos.
Aunque aquí vivimos bien, en otros sitios nuestras primas están desapareciendo, cosa que yo no sabía. Por eso, estos seres humanos están intentando que algunas de nuestras hijas les ayuden a resistir, pero no es una tarea sencilla. Por cierto, ¡por fin entendí lo de las zonas donantes! Al final, es algo así como una reproducción asistida. Todo sea por el bien común.
Ahora tenemos una nueva misión y todo tiene sentido. Necesitamos recuperar los bosques submarinos que se están perdiendo. Si lo hubiéramos sabido antes, nos habríamos ahorrado el mal trago. Pero la única manera en que algas y humanos nos podemos comunicar es observándonos ¡y esto lleva su tiempo!
Si hoy he hecho una excepción y te expliqué mi historia con palabras, es porque quiero que la hagas tuya. Quiero que descubras tu papel en esta misión y que actúes.
Y, sobre todo, quiero que hables de nosotras y que todo el mundo nos conozca.
En el bosque de algas atrapo las miradas. Mis cauloides, morenos y estilizados, contrastan con mis ramas, rubias y suaves. Por lo que me ha llegado, si la madre de los dragones de Juego de Tronos fuera un alga, se parecería bastante a mí.
Tengo la suerte de vivir en un sitio único. La mayoría de humanos no sabéis que existe. ¡Un Lagoon Mediterráneo! Para que lo entendáis, es como una piscina. Está muy bien orientado: protegido del viento y las corrientes. Por un lado, está la playa y, por el otro, el arrecife, así que casi nunca entran las olas y las aguas son muy tranquilas. Ya lo sé, os pensáis que los arrecifes sólo están en zonas tropicales y que siempre son de coral. ¡Me sorprende que conozcáis mejor las zonas remotas que vuestra propia costa! Aquí, el arrecife está formado por Posidonia. Pero no cualquiera, ¡la Posidonia del Lagoon crece hasta la superficie! Es una pena que no queden muchos sitios así, al menos por esta zona.
Aunque vivir aquí, más que a la suerte, se lo debo a mi madre. Las de mi grupo somos algas muy familiares. Nos gusta estar cerca y vivir en comunidad. El cigoto que fui se asentó a tan solo unos centímetros de mi madre, mi abuela, mis tías y mis primas. Aunque, sinceramente, no tengo claro quién es quién. Pero eso no importa, se trata del bien común. Aquí he vivido siempre y aquí me quedaré. Estoy comprometida con el territorio y no pienso emigrar.
Tengo casi veintiséis años y, aunque te pueda parecer joven, nosotras alcanzamos una sabiduría inmensa porque somos muy observadoras. Vosotros todavía no sabéis cuánto tiempo podemos vivir y a mí me encanta mantener ese misterio. Todo a su tiempo. Tenéis que observar un poco más. Eso sí, te puedo adelantar que estoy en la flor de la vida y que, si me dejáis, me queda mucho por delante.
Ahora que empiezas a conocerme, te quiero contar una historia. Una de esas que te abren la mente, que cambian tu vida.
El día que cumplí veintiún años vino a casa un grupo de seres humanos. Tomaron notas y nos hicieron fotos. Volvían con frecuencia, cada vez con algo nuevo: cintas métricas, cuadrados… A veces, venían con más humanos, en plan tour. Y, aunque nos pisaban un poco, tenían interés en nosotras. Yo no sabía qué hacían, pero me cayeron bien. Nunca había recibido tanta atención y tengo que reconocer que me sentí importante.
Pero todo cambió el día que les acompañó el humano que sabía muchísimo. Les explicó nuestra vida y nos hizo mil fotos. También dijo algo que no entendí. Dijo que nuestra casa será una buena zona donante para restaurar sitios degradados. Y sentí que eso nos traería complicaciones.
Efectivamente, empezaron a actuar diferente. Un mes de mayo, a varias primas les quitaron el ápice de dos ó tres ramas. Sin su consentimiento y justo cuando sus cigotos estaban a punto de salir. Luego vino el taladro. Atornillaron placas de arcilla en casa. Sólo en un par de sitios, pero esta vez me tocó a mí, y colocaron una placa donde crecerían algunas de mis hijas. ¿Por qué nos hacían esto?
Estábamos indignadas, pero somos sabias y no perdemos los nervios. Así que observamos y debatimos hasta que, por fin, lo entendimos.
Aunque aquí vivimos bien, en otros sitios nuestras primas están desapareciendo, cosa que yo no sabía. Por eso, estos seres humanos están intentando que algunas de nuestras hijas les ayuden a resistir, pero no es una tarea sencilla. Por cierto, ¡por fin entendí lo de las zonas donantes! Al final, es algo así como una reproducción asistida. Todo sea por el bien común.
Ahora tenemos una nueva misión y todo tiene sentido. Necesitamos recuperar los bosques submarinos que se están perdiendo. Si lo hubiéramos sabido antes, nos habríamos ahorrado el mal trago. Pero la única manera en que algas y humanos nos podemos comunicar es observándonos ¡y esto lleva su tiempo!
Si hoy he hecho una excepción y te expliqué mi historia con palabras, es porque quiero que la hagas tuya. Quiero que descubras tu papel en esta misión y que actúes.
Y, sobre todo, quiero que hables de nosotras y que todo el mundo nos conozca.