Lo último
Laura Quesada
Cuatro semanas.
Veintiocho días.
seiscientas setenta y dos horas.
2.419.200 segundos.
Eso es lo que me queda.
Miro, congelada, los números rojos en la pantalla.
La verdad, no sé en qué momento se me ocurrió que este experimento era una buena idea. Investigar el envejecimiento de las células tenía que ser mi proyecto de fin de grado, y ahora, siquiera sé si estaré viva ese día.
Todo me da vueltas, y el laboratorio se hace más pequeño a momentos.
Repaso los datos, por si me he equivocado.
La muestra celular de control, división celular estable.
La muestra experimental…envejecimiento acelerado.
Mi muestra.
He vuelto a hacer las pruebas más de tres veces, pero no importa. El resultado sigue siendo el mismo.
Los telómeros aparecen marcados de rojo, demasiado cortos para mi edad. El algoritmo de predicción biológica calcula la tasa de deterioro celular y proyecta una curva descendente con la que se me pone la piel de gallina.
Amplio la imágen hasta que las secuencias ocupan toda la pantalla: una fila de símbolos genéticos que parecen interminables aparecen, y mis ojos se empiezan a nublar por las lágrimas que intentan desesperadamente borrar todo lo que acabo de ver.
Una mutación en el gen responsable de la reparación del ADN. Las células están acumulando daños sin poder corregirlos, sin poder hacer nada. Por un momento, me quedo paralizada.
Inconscientemente, no sé ni cómo ni cuándo, decido que ya es hora de irme a casa. Me levanto de mi silla, me quito la bata, cojo mi bolso y abro la puerta.
Una vez ya en la calle, me dirijo hacia el metro, avanzando pesadamente.
Me hace gracia ver a todo el mundo con tanta prisa, supongo que pretenden hacerlo todo antes de irse. Supongo que yo también pensaba que lo iba a tener todo hecho y resuelto cuando me fuese.
Una vez sentada, ya esperando a mi tren, me paro a observar a mi alrededor.
Casi todo el mundo está sentado, viendo el móvil. Siempre lo he hecho para “escapar de la realidad”, que irónico que ahora me gustaría vivir en esta realidad mucho más tiempo.
El chillido de mi tren me despierta un poco, obligándome a levantarme del asiento y meterme en el vagón, donde me vuelvo a sentar, justo en frente de la ventana.
Por un momento, me miro las manos y como cuando era pequeña, me fijo en los pequeños tejidos que la componen, esta vez, como si fuesen mucho más, como si fuese algo precioso y perfecto. Porque de alguna manera, eso era, y es.
En cuanto el vehículo se empieza a mover, fijo mi mirada en la ventana, que enseguida se vuelve negra gracias al túnel en que me adentro.
Mirando la oscuridad hasta que parece que nada más existe casi puedo sentir que toda mi mente se desmaya.
<¿Es eso?>
<¿Es eso lo que me espera el resto de la eternidad?>
Nada más preguntarme eso una imagen mía aparece en la ventana. Mi reflejo.
Veo mi pelo, mi piel, mi cara, mi cuerpo.
En ese momento, es cuando, me arrepiento de cada una de las veces que dije que lo odiaba.
Ojalá lo hubiese amado cada día hasta hoy.
-Próxima estación, Islas Filipinas.
Es la mía.
Me levanto de mi asiento y me apoyo en la pared, al lado de la puerta hasta que se abre.
Por un momento dudo:
<¿Qué pasaría si hoy no me bajase en esta estación>
<¿Y si me fuese a cualquier otro lugar?>
Inconscientemente mis pies me llevan a abandonar el vagón.
Cuando salgo del metro, camino el trayecto restante hasta mi casa que consiste en apenas dos manzanas repletas de tiendas donde tan solo van los ancianos.
ya por el supermercado, una madre con un niño pequeño en un carrito, pasean lentamente.
El niño, en cuanto me vé, me sonríe de una forma que hace mi corazón trizas casi al instante. Le devuelvo la sonrisa, completamente agotada. En sus ojos veo una piedad que sé que no encontraré en nadie más.
Ya en la puerta de mi casa, no puedo más y en vez de entrar me siento, completamente derrotada, en el escalón que da a la puerta de mi portal.
Apoyo mi cabeza entre mis manos, y con lágrimas en los ojos susurro:
-No quiero que esto acabe, tengo tantas cosas que hacer.- No sé a quién le hablo, pero me da igual, yo sigo hablando.
-Creí…- Casi me cuesta hablar.- Creí que al final todo sería más claro, que no daría miedo…-Se me escapa un sollozo, que me ayuda a descargar todo lo que llevaba aguantando.-Yo…Solo quiero irme a casa.
Veintiocho días.
seiscientas setenta y dos horas.
2.419.200 segundos.
Eso es lo que me queda.
Miro, congelada, los números rojos en la pantalla.
La verdad, no sé en qué momento se me ocurrió que este experimento era una buena idea. Investigar el envejecimiento de las células tenía que ser mi proyecto de fin de grado, y ahora, siquiera sé si estaré viva ese día.
Todo me da vueltas, y el laboratorio se hace más pequeño a momentos.
Repaso los datos, por si me he equivocado.
La muestra celular de control, división celular estable.
La muestra experimental…envejecimiento acelerado.
Mi muestra.
He vuelto a hacer las pruebas más de tres veces, pero no importa. El resultado sigue siendo el mismo.
Los telómeros aparecen marcados de rojo, demasiado cortos para mi edad. El algoritmo de predicción biológica calcula la tasa de deterioro celular y proyecta una curva descendente con la que se me pone la piel de gallina.
Amplio la imágen hasta que las secuencias ocupan toda la pantalla: una fila de símbolos genéticos que parecen interminables aparecen, y mis ojos se empiezan a nublar por las lágrimas que intentan desesperadamente borrar todo lo que acabo de ver.
Una mutación en el gen responsable de la reparación del ADN. Las células están acumulando daños sin poder corregirlos, sin poder hacer nada. Por un momento, me quedo paralizada.
Inconscientemente, no sé ni cómo ni cuándo, decido que ya es hora de irme a casa. Me levanto de mi silla, me quito la bata, cojo mi bolso y abro la puerta.
Una vez ya en la calle, me dirijo hacia el metro, avanzando pesadamente.
Me hace gracia ver a todo el mundo con tanta prisa, supongo que pretenden hacerlo todo antes de irse. Supongo que yo también pensaba que lo iba a tener todo hecho y resuelto cuando me fuese.
Una vez sentada, ya esperando a mi tren, me paro a observar a mi alrededor.
Casi todo el mundo está sentado, viendo el móvil. Siempre lo he hecho para “escapar de la realidad”, que irónico que ahora me gustaría vivir en esta realidad mucho más tiempo.
El chillido de mi tren me despierta un poco, obligándome a levantarme del asiento y meterme en el vagón, donde me vuelvo a sentar, justo en frente de la ventana.
Por un momento, me miro las manos y como cuando era pequeña, me fijo en los pequeños tejidos que la componen, esta vez, como si fuesen mucho más, como si fuese algo precioso y perfecto. Porque de alguna manera, eso era, y es.
En cuanto el vehículo se empieza a mover, fijo mi mirada en la ventana, que enseguida se vuelve negra gracias al túnel en que me adentro.
Mirando la oscuridad hasta que parece que nada más existe casi puedo sentir que toda mi mente se desmaya.
<¿Es eso?>
<¿Es eso lo que me espera el resto de la eternidad?>
Nada más preguntarme eso una imagen mía aparece en la ventana. Mi reflejo.
Veo mi pelo, mi piel, mi cara, mi cuerpo.
En ese momento, es cuando, me arrepiento de cada una de las veces que dije que lo odiaba.
Ojalá lo hubiese amado cada día hasta hoy.
-Próxima estación, Islas Filipinas.
Es la mía.
Me levanto de mi asiento y me apoyo en la pared, al lado de la puerta hasta que se abre.
Por un momento dudo:
<¿Qué pasaría si hoy no me bajase en esta estación>
<¿Y si me fuese a cualquier otro lugar?>
Inconscientemente mis pies me llevan a abandonar el vagón.
Cuando salgo del metro, camino el trayecto restante hasta mi casa que consiste en apenas dos manzanas repletas de tiendas donde tan solo van los ancianos.
ya por el supermercado, una madre con un niño pequeño en un carrito, pasean lentamente.
El niño, en cuanto me vé, me sonríe de una forma que hace mi corazón trizas casi al instante. Le devuelvo la sonrisa, completamente agotada. En sus ojos veo una piedad que sé que no encontraré en nadie más.
Ya en la puerta de mi casa, no puedo más y en vez de entrar me siento, completamente derrotada, en el escalón que da a la puerta de mi portal.
Apoyo mi cabeza entre mis manos, y con lágrimas en los ojos susurro:
-No quiero que esto acabe, tengo tantas cosas que hacer.- No sé a quién le hablo, pero me da igual, yo sigo hablando.
-Creí…- Casi me cuesta hablar.- Creí que al final todo sería más claro, que no daría miedo…-Se me escapa un sollozo, que me ayuda a descargar todo lo que llevaba aguantando.-Yo…Solo quiero irme a casa.