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Lo que Lepanto le quitó, la huida no se la impidió

Sofía Serra Silvano

Recuerdo aquel siete de octubre como si fuera ayer. Esos tres disparos que atravesaron mi brazo izquierdo fueron los que me dieron el apodo “El manco de Lepanto”. Luego, solo recuerdo que estaba cautivo en un barco de los corsarios berberiscos rumbo a Argel. Y sin darme cuenta estaba en una celda abierta a un patio comunitario junto a otros tres cristianos. Desde ese momento no llevo la cuenta de los días aquí
–¿Qué escribe vuestra Merced?–pregunté a Sosa, un clérigo portugues.
–Pues la muerte de otro mártir–respondió él.
–Les aseguro que algún día esos martirios que escribe se harán conocidos–le dije con seguridad.
–¿Dónde Miguel?¿En está prisión?–dijo Diego Castellano con ironía.
–Tiene razón. Si fuera vos me quedaría esperando en una silla a que nos vinieran a rescatar–añadió mi hermano Rodrigo.

Se cortó la conversación y la luna cayó sobre nosotros. Por la noche era cuando mejor pensaba y tenía que pensar en cómo escapar. Sé que era descabellado debido a que lo había intentado ya dos veces pero tenía que actuar. Era consciente de que había tres posibles caminos. El primero nos llevaba a un alcantarillado y medía cinco metros; El segundo nos llevaba a la orilla y medía veinte metros; Y el tercer camino no tenía conocimiento de donde desembocaba pero diría que mide aproximadamente 1500 metros. Sabía esta información porque como castigo los corsarios nos mandaban a trabajar por aquellos recorridos.

Al día siguiente se lo comenté a mis compañeros.

–¡Ni hablar!¡¿Te has vuelto majara?!–exclamó Castellano.
–La última vez no salió bien–añadió Rodrigo.
–Lo sé. Pero el único castigo fue trabajar duro durante un mes porque no había trabajadores que se encargaran y aún sigue sin haber. No hay nada que perder. Por mi y por mi hermano piden 900 escudos y mi familia no podrá pagarlo.
Dirigiéndome a Antonio–Vuestra Merced no tiene familia que pueda ayudarle. Y Diego, nadie querrá pagar su rescate. Los malos rumores sobre vos corren en España. Además, es solo cuestión de tiempo de que nos degollen a nosotros. Estos árabes son capaces de torturarnos si les place.
–Bueno, si lo planteas así entonces habrá que investigar cuanto antes los caminos–dijo Sosa.

A regañadientes Rodrigo y Diego cedieron. Aprovechamos que los guardias no estaban mirando, salimos al patio y nos dirigimos a los caminos. A la hora y media pasada nos reunimos.

–El primer camino tiene muchas infraestructuras, habría que ir con cuidado–dijo Castellano.
–El segundo tiene mucha seguridad encima–dijo Rodrigo.
–Y el tercero nos lleva a la plaza. Los habitantes árabes podrían delatarnos–dijo Antonio de Sosa.
–Buen trabajo señores. He estado observando y sé a qué hora hacen el cambio de guardias y cuanto tardan. Por lo que tengo el tiempo exacto al que habría que ir en cada camino. Pero siento que me falta un dato…
–La velocidad–dijo rápidamente el clérigo.–Estuve estudiando en la universidad de ciencias de Madrid, como mozo, pero aprendí mucho.
–¿A qué os referís?–pregunté
–A que hay que aplicar la fórmula: velocidad es igual a distancia partida de tiempo. Y además, como los caminos son rectos se aplica el movimiento rectilíneo uniforme–dijo Antonio entusiasmado.

Aunque no entendíamos nada de lo que decía, procedimos a realizar los cálculos. En el primer camino, si era una distancia de cinco metros y había que tardar treinta segundos, tendríamos que ir a dieciséis metros/segundos. En el segundo tendríamos que ir a cinco metros/segundo. Y en el tercero habría que ir a dos metros/segundo.

–Bien mañana empieza todo–dijo Rodrigo.
–Pero, ¿qué camino elegimos?–preguntó Castellano.
–Es complicado pero creo que el que nos lleva a la orilla es el mejor porque mantendremos una velocidad adecuada. Además, con suerte podremos encontrar algún barco.–le respondí.

El sol se escondió por el oeste y salió por el este. Nuestro plan había comenzado. Todo iba según lo acordado. No podía creer que la física nos estaba ayudando a escapar. Siempre pensé que la estrategia y la lógica eran la clave. A continuación, mis ojos divisaron la libertad.
–¡Somos libres!–gritó Castellano.
–Miguel gracias, en serio, no sé cómo puedo agradecer–me dijo mi hermano.
–No hay de qué, pero la física también ha tenido un gran papel–le dije.
–Cierto–dijo Sosa.
–¡Mirad! Puedo ver un barco–dijo Diego.

Seguidamente cogimos el barco y navegamos hacia nuestra España, gobernada en ese momento por Felipe II. Sin embargo, me dí cuenta de que se me había olvidado la novela que empecé a escribir, una sobre viajeros y molinos de viento. Pero bueno, ni que fuese a ser tan relevante. Ya escribiré otra, de hecho se me acaba de ocurrir un título para la próxima: El ingenioso hidalgo Don Hernando de León.