LO QUE ELEGIMOS OLVIDAR
Claudia
LO QUE ELEGIMOS OLVIDAR
Elena despertó aquella mañana sin saber que había tomado la decisión más
importante de su vida. El despertador sonó demasiado pronto, como siempre, y al abrir
los ojos sintió de nuevo ese nudo en el estómago que no la abandonaba desde hacía
meses. Cada día era igual. Cada mañana comenzaba con la misma sensación de
angustia, con el recuerdo constante de aquel día que no lograba borrar de su mente: el
día en que perdió a su hermano.
─Mierda...otra mañana que llego tarde al trabajo─ murmuró mientras se
incorporaba de la cama.
Se levantó con prisas, tratando de ignorar el cansancio que arrastraba. No había
dormido bien. Otra vez. Las pesadillas se repetían constantemente, impidiéndole
descansar. Antes, de camino a su consulta, solía detenerse en la misma floristería a
comprar flores para sus pacientes. Era un gesto sencillo, pero importante para ella. Le
recordaba por qué había decidido convertirse en psicóloga: ayudar a los demás cuando
el dolor les ahogaba.
Aquella mañana, sin embargo, pasó de largo. Llegaba demasiado tarde para
permitirse ese pequeño ritual.
Su primera consulta era con Lucas. Cuando Elena llegó, él ya estaba sentado en
la sala de espera, con la mirada fija en el suelo y las manos temblorosas. Al verla entrar,
levantó la vista lentamente.
─ Perdóname, Lucas, no sé qué me ha pasado hoy ─ dijo ella con tono
apresurado mientras dejaba sus cosas.
─ Tranquila ─ respondió él ─. Yo también he dormido mal. Esto cada vez va a
peor.
Lucas intentó sonreír, pero se le quebró la voz. Elena lo observaba en silencio.
Reconocía en él el mismo agotamiento emocional que ella misma sufría. Con el tiempo,
la relación entre ambos había ido más allá de lo profesional. Compartían un vínculo
especial, marcado por el dolor y por una esperanza común: que aquella máquina
funcionara.
Lucas y Elena estaban cada día más unidos. Ambos deseaban que aquel invento
pudiera borrar de sus mentes los recuerdos que los atormentaban. Aquellas pesadillas
que no les permitían avanzar, que los mantenía atrapados en el pasado.
Elena...no soporto lo que hice aquella noche ─ confesó Lucas una vez más,
conteniendo las lágrimas ─. No puedo vivir con esta amargura.
Lo sé ─ respondió ella con suavidad ─. Fue un accidente horrible. No estabas
consciente y así ocurrió. No disponemos de segundas oportunidades, pero podemos
aprender a vivir con ello. Ya solo nos queda la esperanza de que esta máquina funcione.
Y funcionó.
Lucas yacía tumbado sobre la camilla, con los ojos cerrados. Sus brazos y
piernas permanecían sujetos por unos tubos metálicos que impedían su movimiento. La
máquina emitía un zumbido constante mientras realizaba su trabajo. Elena observaba el
proceso atentamente, conteniendo la respiración. Cuando todo terminó, Lucas abrió los
ojos a cámara lenta. Ya no recordaba nada. El peso que había cargado durante tanto
tiempo había desaparecido.
Elena se sentía orgullosa. Observaba la máquina con fascinación. Una creación
tan simple había borrado aquello que elegimos olvidar. Sin pensarlo dos veces, decidió
usarla ella también. No se detuvo a reflexionar sobre las posibles consecuencias. Estaba
centrada, tal vez obsesionada, con una sola idea: olvidar la muerte de su hermano.
Llegó a la instalación de manera sigilosa, sin que nadie la viera. Estaba cerrada,
pero disponía de la clave de acceso. Se tumbó en la camilla, activó la máquina y cerró
los ojos. Deseaba despertar sin dolor, sin recuerdos, sin culpa.
─ ¡Oye! ¿Qué haces aquí tan pronto? ─ exclamó Lucas al verla ─. ¿Has dormido
aquí hoy?
Elena se levantó despacio, algo desorientada.
─ Solo venía a darte las gracias por haber eliminado el peso que me asfixiaba ─
respondió con calma.
Lucas la miró confundido.
─ ¿Qué peso? ¿Cómo dices que has logrado eliminarlo? ─ preguntó ella,
observándolo con curiosidad.
Lucas frunció el ceño, pensativo.
Pero...¿no recuerdas lo que hicimos ayer? El milagro...Ah, ya lo entiendo. Tú
también la has usado. Y, por lo que veo, ha funcionado.
Elena no comprendía nada. No recordaba de qué hablaba. No recordaba a su
hermano. No recordaba el dolor. Había utilizado la máquina para borrar del todo su
conciencia y empezar de cero. No quería seguir viviendo con aquel sufrimiento. Sin
saberlo, había cometido un grave error.
Los errores pueden destruirnos o hacernos más fuertes. A través de ellos
aprendemos, crecemos y construimos nuestra identidad. Pero Elena jamás llegaría a
entenderlo. Para ella, todo había comenzado de nuevo.
Y aún así, siguió viviendo como si nada hubiese sucedido. Como si acabara de
nacer, ignorando que, al borrar su dolor, también había borrado una parte esencial de sí
misma: lo que elegimos olvidar.
Elena despertó aquella mañana sin saber que había tomado la decisión más
importante de su vida. El despertador sonó demasiado pronto, como siempre, y al abrir
los ojos sintió de nuevo ese nudo en el estómago que no la abandonaba desde hacía
meses. Cada día era igual. Cada mañana comenzaba con la misma sensación de
angustia, con el recuerdo constante de aquel día que no lograba borrar de su mente: el
día en que perdió a su hermano.
─Mierda...otra mañana que llego tarde al trabajo─ murmuró mientras se
incorporaba de la cama.
Se levantó con prisas, tratando de ignorar el cansancio que arrastraba. No había
dormido bien. Otra vez. Las pesadillas se repetían constantemente, impidiéndole
descansar. Antes, de camino a su consulta, solía detenerse en la misma floristería a
comprar flores para sus pacientes. Era un gesto sencillo, pero importante para ella. Le
recordaba por qué había decidido convertirse en psicóloga: ayudar a los demás cuando
el dolor les ahogaba.
Aquella mañana, sin embargo, pasó de largo. Llegaba demasiado tarde para
permitirse ese pequeño ritual.
Su primera consulta era con Lucas. Cuando Elena llegó, él ya estaba sentado en
la sala de espera, con la mirada fija en el suelo y las manos temblorosas. Al verla entrar,
levantó la vista lentamente.
─ Perdóname, Lucas, no sé qué me ha pasado hoy ─ dijo ella con tono
apresurado mientras dejaba sus cosas.
─ Tranquila ─ respondió él ─. Yo también he dormido mal. Esto cada vez va a
peor.
Lucas intentó sonreír, pero se le quebró la voz. Elena lo observaba en silencio.
Reconocía en él el mismo agotamiento emocional que ella misma sufría. Con el tiempo,
la relación entre ambos había ido más allá de lo profesional. Compartían un vínculo
especial, marcado por el dolor y por una esperanza común: que aquella máquina
funcionara.
Lucas y Elena estaban cada día más unidos. Ambos deseaban que aquel invento
pudiera borrar de sus mentes los recuerdos que los atormentaban. Aquellas pesadillas
que no les permitían avanzar, que los mantenía atrapados en el pasado.
Elena...no soporto lo que hice aquella noche ─ confesó Lucas una vez más,
conteniendo las lágrimas ─. No puedo vivir con esta amargura.
Lo sé ─ respondió ella con suavidad ─. Fue un accidente horrible. No estabas
consciente y así ocurrió. No disponemos de segundas oportunidades, pero podemos
aprender a vivir con ello. Ya solo nos queda la esperanza de que esta máquina funcione.
Y funcionó.
Lucas yacía tumbado sobre la camilla, con los ojos cerrados. Sus brazos y
piernas permanecían sujetos por unos tubos metálicos que impedían su movimiento. La
máquina emitía un zumbido constante mientras realizaba su trabajo. Elena observaba el
proceso atentamente, conteniendo la respiración. Cuando todo terminó, Lucas abrió los
ojos a cámara lenta. Ya no recordaba nada. El peso que había cargado durante tanto
tiempo había desaparecido.
Elena se sentía orgullosa. Observaba la máquina con fascinación. Una creación
tan simple había borrado aquello que elegimos olvidar. Sin pensarlo dos veces, decidió
usarla ella también. No se detuvo a reflexionar sobre las posibles consecuencias. Estaba
centrada, tal vez obsesionada, con una sola idea: olvidar la muerte de su hermano.
Llegó a la instalación de manera sigilosa, sin que nadie la viera. Estaba cerrada,
pero disponía de la clave de acceso. Se tumbó en la camilla, activó la máquina y cerró
los ojos. Deseaba despertar sin dolor, sin recuerdos, sin culpa.
─ ¡Oye! ¿Qué haces aquí tan pronto? ─ exclamó Lucas al verla ─. ¿Has dormido
aquí hoy?
Elena se levantó despacio, algo desorientada.
─ Solo venía a darte las gracias por haber eliminado el peso que me asfixiaba ─
respondió con calma.
Lucas la miró confundido.
─ ¿Qué peso? ¿Cómo dices que has logrado eliminarlo? ─ preguntó ella,
observándolo con curiosidad.
Lucas frunció el ceño, pensativo.
Pero...¿no recuerdas lo que hicimos ayer? El milagro...Ah, ya lo entiendo. Tú
también la has usado. Y, por lo que veo, ha funcionado.
Elena no comprendía nada. No recordaba de qué hablaba. No recordaba a su
hermano. No recordaba el dolor. Había utilizado la máquina para borrar del todo su
conciencia y empezar de cero. No quería seguir viviendo con aquel sufrimiento. Sin
saberlo, había cometido un grave error.
Los errores pueden destruirnos o hacernos más fuertes. A través de ellos
aprendemos, crecemos y construimos nuestra identidad. Pero Elena jamás llegaría a
entenderlo. Para ella, todo había comenzado de nuevo.
Y aún así, siguió viviendo como si nada hubiese sucedido. Como si acabara de
nacer, ignorando que, al borrar su dolor, también había borrado una parte esencial de sí
misma: lo que elegimos olvidar.