Lo Azul
El Gran León
Todo es azul.
—Muchas coincidencias tuvieron que pasar para que existiéramos —le dijo el anciano a su joven oyente—. Somos los únicos en conócelo todo, tienes parientes a donde vayas; pero el destino determina tu andar. Recuerda: nosotros descendemos de la unión de nuestros dos grandes maestros.
Muchas vueltas han pasado desde que el anciano conoció a Atog. Sabe que es infinitamente improbable volverlo a ver.
Es afortunado de haber presenciado lo asombroso, lo trivial, lo inexplicable. A veces el entorno se ralentiza y llega el frío. Cuando eso ocurre, medita. Siempre hay hermanos alrededor.
Una vez contó cómo recorría a toda velocidad, chocando con todo hasta que esa fuerza antigua lo jaló, separándolo de los suyos. Mientras caía entendió la grandeza del edén. Duró poco, pero fue suficiente.
Lo desconcertante vino después, sin aviso dejó de caer; rebotó primero, luego se hundió, volvió a subir; frío, calor; desorden. Con los ciclos comprendió que casi todo nace con un aura luminosa, pero el tiempo y los demás se encargan de revelar su lado salvaje. Aunque la evolución de las conciencias también puede devolverlas a la luz.
Siguió recorriendo grandes distancias, con el verde siempre a los costados, cambiando de forma y tonalidad, pero no de presencia.
Los paseos solían culminar en una gigantesca reunión familiar y era obligatorio portar un traje especial durante toda la celebración, imposible de quitar; nada dulce. Aqu nunca decidía si asistir; simplemente ocurría, y cuando ocurría, disfrutaba.
Aquella vez arribaron bajo la negrura del firmamento, lo que permitía convivir y conocer más de todo.
Le intrigaban las criaturas que jugaban alegres entre ellos hasta los grandes, que se movían silenciosos y elegantes. El anciano los llamaba los guardianes.
—¿De dónde eres?
—Del sur.
—¿Qué hay allá?
—Allá los andares son cortos, nunca hay frío. La alegría y la aflicción se confunden. Hablamos distinto y todos nos reconocen por eso.
—¿Y soportan tanto calor?
—Uno no soporta lo que lo vio nacer, te acostumbras.
El anciano sonrió.
—Hablando de calor, creo que vamos a empezar a subir. ¿Usted qué siente?
—Es como si mi cuerpo se volviera frágil, ingrávido. Todo se difumina, se vuelve translúcido y el camino ahora es hacia arriba. Es como cambiar de estado.
—Muy curioso y buena suerte a donde quiera que vayas, viejito. Búscame cuando estés por mis rumbos. Recuerda: ¡el sur!
Poco después, el ascenso comenzó.
Allá arriba todo es curvadamente gris y frío, pero alegre. Por doquier circulan buenos deseos. El año nuevo se aproxima.
Relajado, Aqu observa. Le gusta ese cosquilleo de poder dejar todo atrás y empezar de nuevo.
«¿Hacia dónde iré esta vez?»
Desde lo alto todo parece pequeño. Cada segundo recorrido equivale a mundos allá abajo. Llegan las eternas coincidencias y entonces: caída libre.
La fuerza actúa otra vez. No solo se acelera la materia; también las emociones.
Es la madre que lanza un poderoso llamado, exige que la invadan, que la bañen para que la vida se renueve.
Al llegar, Aqu contempla su alrededor. Hay poco movimiento y solo unos pocos hermanos. Cayó sobre el verde, ¡eran miles! «¡Son verdecitos!», pensó.
Siguió descendiendo y llegó a un espacio distinto. Los rebotes cesaron. El color cambió, ahora es café oscuro, rojizo, casi inmóvil. El lugar parecía tragárselo.
Sintió el golpe de los otros al caer y cómo se mezclaba gradualmente hasta perder forma.
—¿Dónde estoy?
Descendía sin velocidad. Una caída lenta es peor que una rápida; da tiempo para pensar.
«¿Uno agoniza cuando va a morir?»
«¿Qué diferencia hay entre la muerte y la soledad?»
Hubo momentos en que se sintió perder la razón. Otros en que, extrañamente, lo disfrutó. No veía nada, solo sentía. El roce de algún hermano lo avivaba por instantes.
Justo cuando el último suspiro de fuerzas estaba por consumirse, una corriente poderosa lo arrancó del letargo.
Y entonces lo vio. Millones avanzaban con él, formando algo más grande que cualquiera de ellos. Haces de luz comenzaron a filtrarse y cuando emergieron, la gran estrella los recibió con calor.
Avanzaba, esta vez extasiado de felicidad y poco a poco la tarde comenzó a caer, pero ya no temía la noche.
Entonces lo sintió. Una vibración lejana. Luego un golpe rítmico. Estallidos que hicieron temblar todo.
El entorno comenzó a distorsionarse.
—Aguanten —susurró—.
Pero esta vez no era igual. El jardín desaparecía.
Riiing.
Riiing.
Riiing.
Una mano tibia cortó el estruendo.
—Pepe… es hora de levantarse.
El azul desapareció de golpe. Pepe abrió los ojos, todavía agitado, como si hubiera estado cayendo.
—¿Qué soñabas? —preguntó su madre.
Pepe parpadeó.
—No sé…
Se vistió, desayunó, tomó su mochila.
—¡Tus papeles! —le gritó su madre.
Regresó por ellos.
—¿Sobre qué era tu exposición?
Pepe dudó un segundo. Miró hacia arriba. El cielo era de un azul inmenso.
—¡Ciencias naturales, mami!
Y salió corriendo.
—Muchas coincidencias tuvieron que pasar para que existiéramos —le dijo el anciano a su joven oyente—. Somos los únicos en conócelo todo, tienes parientes a donde vayas; pero el destino determina tu andar. Recuerda: nosotros descendemos de la unión de nuestros dos grandes maestros.
Muchas vueltas han pasado desde que el anciano conoció a Atog. Sabe que es infinitamente improbable volverlo a ver.
Es afortunado de haber presenciado lo asombroso, lo trivial, lo inexplicable. A veces el entorno se ralentiza y llega el frío. Cuando eso ocurre, medita. Siempre hay hermanos alrededor.
Una vez contó cómo recorría a toda velocidad, chocando con todo hasta que esa fuerza antigua lo jaló, separándolo de los suyos. Mientras caía entendió la grandeza del edén. Duró poco, pero fue suficiente.
Lo desconcertante vino después, sin aviso dejó de caer; rebotó primero, luego se hundió, volvió a subir; frío, calor; desorden. Con los ciclos comprendió que casi todo nace con un aura luminosa, pero el tiempo y los demás se encargan de revelar su lado salvaje. Aunque la evolución de las conciencias también puede devolverlas a la luz.
Siguió recorriendo grandes distancias, con el verde siempre a los costados, cambiando de forma y tonalidad, pero no de presencia.
Los paseos solían culminar en una gigantesca reunión familiar y era obligatorio portar un traje especial durante toda la celebración, imposible de quitar; nada dulce. Aqu nunca decidía si asistir; simplemente ocurría, y cuando ocurría, disfrutaba.
Aquella vez arribaron bajo la negrura del firmamento, lo que permitía convivir y conocer más de todo.
Le intrigaban las criaturas que jugaban alegres entre ellos hasta los grandes, que se movían silenciosos y elegantes. El anciano los llamaba los guardianes.
—¿De dónde eres?
—Del sur.
—¿Qué hay allá?
—Allá los andares son cortos, nunca hay frío. La alegría y la aflicción se confunden. Hablamos distinto y todos nos reconocen por eso.
—¿Y soportan tanto calor?
—Uno no soporta lo que lo vio nacer, te acostumbras.
El anciano sonrió.
—Hablando de calor, creo que vamos a empezar a subir. ¿Usted qué siente?
—Es como si mi cuerpo se volviera frágil, ingrávido. Todo se difumina, se vuelve translúcido y el camino ahora es hacia arriba. Es como cambiar de estado.
—Muy curioso y buena suerte a donde quiera que vayas, viejito. Búscame cuando estés por mis rumbos. Recuerda: ¡el sur!
Poco después, el ascenso comenzó.
Allá arriba todo es curvadamente gris y frío, pero alegre. Por doquier circulan buenos deseos. El año nuevo se aproxima.
Relajado, Aqu observa. Le gusta ese cosquilleo de poder dejar todo atrás y empezar de nuevo.
«¿Hacia dónde iré esta vez?»
Desde lo alto todo parece pequeño. Cada segundo recorrido equivale a mundos allá abajo. Llegan las eternas coincidencias y entonces: caída libre.
La fuerza actúa otra vez. No solo se acelera la materia; también las emociones.
Es la madre que lanza un poderoso llamado, exige que la invadan, que la bañen para que la vida se renueve.
Al llegar, Aqu contempla su alrededor. Hay poco movimiento y solo unos pocos hermanos. Cayó sobre el verde, ¡eran miles! «¡Son verdecitos!», pensó.
Siguió descendiendo y llegó a un espacio distinto. Los rebotes cesaron. El color cambió, ahora es café oscuro, rojizo, casi inmóvil. El lugar parecía tragárselo.
Sintió el golpe de los otros al caer y cómo se mezclaba gradualmente hasta perder forma.
—¿Dónde estoy?
Descendía sin velocidad. Una caída lenta es peor que una rápida; da tiempo para pensar.
«¿Uno agoniza cuando va a morir?»
«¿Qué diferencia hay entre la muerte y la soledad?»
Hubo momentos en que se sintió perder la razón. Otros en que, extrañamente, lo disfrutó. No veía nada, solo sentía. El roce de algún hermano lo avivaba por instantes.
Justo cuando el último suspiro de fuerzas estaba por consumirse, una corriente poderosa lo arrancó del letargo.
Y entonces lo vio. Millones avanzaban con él, formando algo más grande que cualquiera de ellos. Haces de luz comenzaron a filtrarse y cuando emergieron, la gran estrella los recibió con calor.
Avanzaba, esta vez extasiado de felicidad y poco a poco la tarde comenzó a caer, pero ya no temía la noche.
Entonces lo sintió. Una vibración lejana. Luego un golpe rítmico. Estallidos que hicieron temblar todo.
El entorno comenzó a distorsionarse.
—Aguanten —susurró—.
Pero esta vez no era igual. El jardín desaparecía.
Riiing.
Riiing.
Riiing.
Una mano tibia cortó el estruendo.
—Pepe… es hora de levantarse.
El azul desapareció de golpe. Pepe abrió los ojos, todavía agitado, como si hubiera estado cayendo.
—¿Qué soñabas? —preguntó su madre.
Pepe parpadeó.
—No sé…
Se vistió, desayunó, tomó su mochila.
—¡Tus papeles! —le gritó su madre.
Regresó por ellos.
—¿Sobre qué era tu exposición?
Pepe dudó un segundo. Miró hacia arriba. El cielo era de un azul inmenso.
—¡Ciencias naturales, mami!
Y salió corriendo.