Las curvas en el camino
Alejo
Amelia era la amiga de todos cuando tocaba Matemáticas en aquel colegio de Córdoba, y era normal, se le daban genial… Pero a ella lo que más le entusiasmaba era ir al campo con su abuelo Carlos después de terminar sus deberes escolares. Siempre fue muy observadora, por lo que tenía a su abuelo harto de sus curiosas preguntas como si de una enciclopedia viviente se tratase. El viejo Carlos respondía siempre con paciencia y esa calma que transmiten las personas de su edad a las elocuentes dudas de su nieta. Aunque sabía que el tiempo con su nieta no iba a durar más de unos años debido a su vejez, el entusiasmo en las cuestiones de Amelia era suficiente para seguir adelante con ese pensamiento.
En uno de sus frecuentes paseos familiares por el prado, Amelia se detuvo para observar detenidamente un caracol que se deslizaba lentamente por la tierra al lado del riachuelo por el que el abuelo y su nieta hacían su ruta. Estaba asombrada por la forma de la concha del molusco, preguntándose a sí misma como era posible que la naturaleza hubiese dado lugar a esa forma enroscada. Al encontrarse en ese desconcierto, estaba más claro que las aguas del riachuelo de la ruta en la que paseaba que iba a correr sin reparos hacia su abuelo. El hombre, ya con solo escuchar a sus espaldas los pasos retumbar sobre la hierba, esbozaba una ligera sonrisa mientras se acomodaba su boina. Intentó girarse, lentamente para no hacer mucho esfuerzo en sus lumbares, pero fue innecesario; Amelia ya estaba enfrente de él con la concha de caracol en las manos. “¿Por qué la concha de los caracoles tiene esta forma tan rara, Abu?”, le preguntó la chica. Carlos agachó la cabeza con cuidado de que no se cayesen sus gafas, mientras sus arrugas formaban una expresión de cariño hacia su nieta.
Amelia puso el caparazón de tierra en las manos sedosas de su abuelo, ansiosa por escuchar la sabia respuesta. El anciano acomodó sus gafas y se dispuso a observar la concha, apreciando la rugosidad del objeto, mientras pasaba su pulgar por la espiral con cautela, dejando un ligero rastro viscoso por su dedo. Tras analizarlo detenidamente, tragó saliva y procedió a explicarle. Como sabía lo bien que se le daban a su nieta las matemáticas, le habló sobre una secuencia que recordó de sus tiempos de antaño en la universidad, descubierta por cierto matemático italiano. Comenzó a darle la explicación mientras ilustraba a la pequeña con la forma. Le contó que un caracol nace pequeño y se hace grande, pero su concha es dura. Ella le preguntó cómo hacían entonces para no romper su casita mientras crecían, a lo que Carlos respondió: “el caracol construye su casa en una espiral que siempre mantiene la misma forma. Se hace más ancha y más larga al mismo tiempo.”
Al volver a casa, el abuelo le dio a su nieta un libro: ‘Liber abaci’. Se lo dejó en su mesita de noche junto a la concha del caracol, y le dijo lo siguiente: “Cuando vayas a la universidad, y te sigan apasionando las matemáticas, que no dudo en que sea así, recuérdame en este libro y en esta secuencia”.
Años más tarde, Amelia ya se encontraba en la universidad, a punto de comenzar su primer año de carrera. Y antes de entrar por aquella puerta cargada de libros, sujetó con firmeza en su mano su colgante, que llevaba el caparazón de un caracol, con el nombre de Carlos escrito.
En uno de sus frecuentes paseos familiares por el prado, Amelia se detuvo para observar detenidamente un caracol que se deslizaba lentamente por la tierra al lado del riachuelo por el que el abuelo y su nieta hacían su ruta. Estaba asombrada por la forma de la concha del molusco, preguntándose a sí misma como era posible que la naturaleza hubiese dado lugar a esa forma enroscada. Al encontrarse en ese desconcierto, estaba más claro que las aguas del riachuelo de la ruta en la que paseaba que iba a correr sin reparos hacia su abuelo. El hombre, ya con solo escuchar a sus espaldas los pasos retumbar sobre la hierba, esbozaba una ligera sonrisa mientras se acomodaba su boina. Intentó girarse, lentamente para no hacer mucho esfuerzo en sus lumbares, pero fue innecesario; Amelia ya estaba enfrente de él con la concha de caracol en las manos. “¿Por qué la concha de los caracoles tiene esta forma tan rara, Abu?”, le preguntó la chica. Carlos agachó la cabeza con cuidado de que no se cayesen sus gafas, mientras sus arrugas formaban una expresión de cariño hacia su nieta.
Amelia puso el caparazón de tierra en las manos sedosas de su abuelo, ansiosa por escuchar la sabia respuesta. El anciano acomodó sus gafas y se dispuso a observar la concha, apreciando la rugosidad del objeto, mientras pasaba su pulgar por la espiral con cautela, dejando un ligero rastro viscoso por su dedo. Tras analizarlo detenidamente, tragó saliva y procedió a explicarle. Como sabía lo bien que se le daban a su nieta las matemáticas, le habló sobre una secuencia que recordó de sus tiempos de antaño en la universidad, descubierta por cierto matemático italiano. Comenzó a darle la explicación mientras ilustraba a la pequeña con la forma. Le contó que un caracol nace pequeño y se hace grande, pero su concha es dura. Ella le preguntó cómo hacían entonces para no romper su casita mientras crecían, a lo que Carlos respondió: “el caracol construye su casa en una espiral que siempre mantiene la misma forma. Se hace más ancha y más larga al mismo tiempo.”
Al volver a casa, el abuelo le dio a su nieta un libro: ‘Liber abaci’. Se lo dejó en su mesita de noche junto a la concha del caracol, y le dijo lo siguiente: “Cuando vayas a la universidad, y te sigan apasionando las matemáticas, que no dudo en que sea así, recuérdame en este libro y en esta secuencia”.
Años más tarde, Amelia ya se encontraba en la universidad, a punto de comenzar su primer año de carrera. Y antes de entrar por aquella puerta cargada de libros, sujetó con firmeza en su mano su colgante, que llevaba el caparazón de un caracol, con el nombre de Carlos escrito.