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LA SEGUNDA MUERTE DE SIR ISAAC NEWTON

Les Paul

Hasta entonces, todos los retornados, las eminencias históricas clonadas mediante ingeniería genética, habían gozado de largas —segundas— vidas, y contribuido a una nueva era de esplendor para la humanidad al combinarse sus mentes privilegiadas con avances tecnológicos quiméricos en su tiempo.
Pero el clon de Newton apenas pudo alcanzar la madurez.

Existía unanimidad en la comunidad científica sobre la imperiosa necesidad de recuperar al físico inglés. Sus aportaciones a los campos de la física, la óptica y las matemáticas fueron claves en su época, y seguían constituyendo la base de muchos logros científicos del presente, así que su genialidad podía resultar del todo decisiva y dar un espaldarazo definitivo a la conquista del Sistema Solar y de la Galaxia.
Los retornados crecían aislados de la sociedad contemporánea, en una burbuja temporal que emulaba su época natal y evitaba su exposición a avances entonces inexistentes. De ese modo se aseguraba que su desarrollo fuera parejo al original, y no contaminado por influjos externos que pudieran desnaturalizarlo. Por ello, se recrearon los escenarios de su complicada infancia en la Inglaterra rural del siglo XVII y los de su juventud en la villa de Grantham, que moldearon su personalidad, y se pusieron a su disposición los libros que habían marcado al Newton original: The Mysteries of Nature and Art, de John Bate, la Geometría de Descartes, la obra de Píndaro y Ovidio…
El proceso de formación básica había resultado del todo exitoso, y había llegado la hora de explotar aquella burbuja para exponerlo a esa nueva realidad, para que su genialidad pudiera bullir en la Universidad de Cambridge. Sin embargo, días después de haber iniciado el proceso progresivo de adaptación, había fallecido, víctima de un infarto fulminante.
¿Por qué?, se preguntaban los investigadores. Se había adentrado embelesado en ese nuevo mundo; el avance de la ciencia lo tenía hechizado; se había maravillado con los medios de los que ahora disponía. Su sed de conocimiento y descubrimiento parecía insaciable; su ilusión era infinita, la de un niño ante una Navidad eterna. ¿Qué lo había alterado, pues, de esa mortal manera?
Una de sus innovaciones predilectas fue Internet. Y navegando en ella había hallado la muerte. «Prodigioso compendio del conocimiento universal», lo había llamado cuando le describieron su funcionamiento. «Una herramienta que elevará a la humanidad hasta sus más altas cotas», añadió a continuación. Así que los investigadores, desconcertados, quisieron conocer qué estaba viendo cuando le sobrevino el fin y despertaron al ordenador suspendido.
El historial no dejaba lugar a la duda. Había visitado, durante horas, foros y redes sociales, páginas y blogs. Leyó largo y tendido, al parecer, sobre lo dañino de esas «vacunas» que se le habían antojado un regalo divino, sobre lo falso del cambio climático cuya base científica él mismo había podido corroborar, sobre cómo esas asombrosas máquinas voladoras emponzoñaban a la población a plena luz del día, sobre lo fantasioso de la brillantísima Teoría de la Evolución de ese tal Darwin, sobre cómo el agua gozaba de memoria y era capaz de sanar cualquier mal. Hasta «La gravedad no existe, es solo diferencia de densidad», tuvo que leer. Donde esperaba hallar un ágora en la que todas las mentes de la Tierra se aunaban en aras de un objetivo común, no encontró sino glorificación de la ignorancia, insultos, vejaciones, amenazas. Bailes que se asemejaban más a posesiones demoníacas, bromas pesadas, retos absurdos, mortales, que parecían refrendar una vez más las tesis de Darwin.
El monitor aún mostraba su última visión, el contenido que parecía haber desencadenado el ataque cardiaco. Era Twitter. En concreto, una cuenta seguida por decenas de millones de personas de todo el mundo. «La Tierra es plana», se llamaba.